Política

De sueños y pesadillas mundialistas

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M+.- La Copa del Mundo globaliza el fenómeno social del futbol. Se denuesta a la FIFA durante cuatro años por su corrupción, su avaricia y su hipocresía —castigar el “grito homofóbico” mexicano, por ejemplo, y dar la sede a países donde la homofobia alcanza rango constitucional—, pero en cuanto se inaugura una nueva justa mundialista las inconformidades se diluyen en un tsunami lúdico y pasional. Y es que el vendedor es execrable pero el producto, que Ángel Fernández llamaba “el juego del hombre”, es maravilloso. En el Mundial, por cierto, no juegan clubes sino países, y el ingrediente nacionalista agudiza emociones y arrebatos identitarios.

México es hoy, por tercera vez, anfitrión de la Copa del Mundo, y millones de fanáticos futboleros mexicanos nos hemos metido al tobogán. Con la camada de jugadores menos cotizados en mucho tiempo, entramos al túnel de escepticismo-esperanza-optimismo-ilusión-risa-llanto-depresión que tantas veces nos ha tragado. Si bien hay jóvenes con gran potencial, como la Hormiga y especialmente nuestro nuevo niño de oro Gilberto Mora, y veteranos dignos de admiración vivencial como Raúl Jiménez, estamos lejos del talento individual reunido en 1986 o en 1998, por citar sólo dos casos. Ah, pero ya estamos convenciéndonos de que la localía nos sublimará y daremos la sorpresa. ¡Viva México, cabrones!

Es una ruta catártica inevitable e incluso saludable mientras no se salga de madre. Yo me subí el pasado jueves a la montaña rusa con las precauciones racionales de rigor, aunque sé que pronto me marearé y pagaré las consecuencias. Ni modo, hay que alegrarnos un poco, que buena falta nos hace. Vivimos tiempos de enojo y polarización y no debemos desaprovechar la oportunidad de probar que, más allá de ideologías, los mexicanos podemos coincidir al menos en el relajo que se suscita en torno a nuestra Selección y el desmadre que emerge alrededor de los partidos del Mundial. Una nación es una comunidad imaginada, decía Benedict Anderson; si dejamos de imaginarla se desdibuja, digo yo.

Las Copas del Mundo, como los Juegos Olímpicos, son un escaparate nacionalista. En ningún otro evento se deslindan de manera tan clara las identidades nacionales. Un Mundial es una fiesta de estereotipos, una yuxtaposición de idiosincrasias en pleno ludismo. Gocemos este a nuestra manera. El paladar futbolero mexicano está hecho al sabor del mole; el futbol gambetea entre nuestras papilas gustativas y nos sabe dulce por ilusión, salado por realismo, notoriamente amargo y subliminalmente picante. Entrémosle con fruición, olvidemos por un momento las sombras que nos acechan y metabolicémoslo. Total, no se trata de perder la conciencia sino de darle un descanso para despertarla en otro contexto. Nadie puede negar la posibilidad de que, en un venturoso descuido, nos despertemos del sueño mundialista con una mejor sensación de nuestra mexicanidad.

Por lo pronto, a empatar con Corea y a ganarle a Chequia. Luego, ya enrachados, a vencer a Inglaterra y al que nos pongan enfrente. Ahora que, si nos vuelve a alcanzar el mal fario que nos ha perseguido desde 1930 y llega la pesadilla, pues a adoptar un hermano mexicano como hicimos con la selección de Brasil en 1970. Al fin y al cabo tendremos otra oportunidad en cuatro años, ¿qué no? 


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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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