El Estado se gesta en la ley, la nación en la imaginería. Los Estados Unidos Mexicanos existen porque tenemos territorio, pueblo y gobierno definidos en una Constitución. México existe porque millones de personas nos asumimos mexicanas, una suma de percepciones subjetivas nacidas de la imaginación. Nos imaginamos compatriotas —nunca me cansaré de invocar a Benedict Anderson— porque sentimos compartir algo con otros que viven más allá de nuestro hábitat y cuyos rostros no conocemos, y eso nos hace proyectar en nuestras cabezas un mapa con gente y paisajes que hacemos nuestro. En efecto, en un país tan diverso, cada uno de nosotros se apropia de naturalezas y costumbres distantes a aquellas en las que vive.
En la construcción de esa subjetividad colectiva inciden muchos factores. La historia, los símbolos, la comida, la música, desde luego, pero además, para desazón de ideólogos culteranos, la selección de futbol. En este México polarizado, donde hay quien dice que “adentro del estadio están los ricos y afuera están los mexicanos”, la realidad refuta el sectarismo. La alegría por los triunfos no repara en clases sociales ni filiaciones políticas ni regiones geográficas; nadie queda al margen del festejo. Y aunque se dan deplorables tragedias producto de un relajo catártico que suspende compromisos morales y evade la realidad —Jorge Portilla dixit—, el gozo se contagia.
Se trata de una evidencia más de que, efectivamente, aún existe México. Hay una comunidad imaginada que, con sus desmadres y sus injusticias, pero también con su voluntad de persistir y sublimarse, nos alberga a todos. Sé que el hecho de ver a tantos y tan distintos mexicanos uniformados en camisetas verdes y en el deseo de ver el triunfo del mismo equipo irrita a quienes tienen visiones excluyentes y se creen poseedores del sello de la mexicanidad. Es su problema. A mí me ilusiona que la selección gane y me emociona más saber que nuestra sociedad conserva la capacidad de creerse una, que se rehúsa a partirse en dos. Ojo: sin nación no puede haber cohesión social.
Yo vi por televisión la Copa de 1970 y viví en el estadio Azteca la de 1986, y no recuerdo celebraciones como las de ahora. Se vaticinaba un Mundial desangelado, erosionado por la corrupción de la FIFA, pero el futbol es tan maravilloso que ni las peores prácticas directivas pueden echarlo a perder. Algo similar ocurrió con el Tri: muchos pronosticábamos su fracaso por la ausencia de las estrellas de antaño, y resulta que nos equivocamos de paradigma. No necesitábamos cigarras sino hormigas, un conjunto ordenado y solidario que se plantara con su bravura en ristre frente a las figuras. Para hacer una selección cenicienta Javier Aguirre era el entrenador indicado, y los jugadores lo entendieron: Raúl, el admirable goleador resucitado, Quiñones, el hermano naturalizado hecho en casa, Mora, el genial joven abuelo, todos esos muchachos marginados de los grandes clubes europeos que se crecen ante rivales millonarios. ¿Pípilas, zacapoaxtlas y un niño héroe haciendo patria futbolística?
Escribo estas líneas antes del partido contra Inglaterra, pero me basta lo que el fenómeno del futbol ha hecho en estas semanas. ¿Y si sí? Pues sí, un balón nos recordó que México existe y es de todos los mexicanos.