Policía
  • Un cadáver de 15 millones de dólares: el secuestro fallido que hundió al ‘Mochaorejas’

  • Daniel Arizmendi y su banda siguieron cada paso de Joaquín Giménez. El operativo salió mal, el empresario murió y el ‘Mochaorejas’ quiso cobrar por un cadáver, una jugada que aceleró su caída.
PORTADA | El secuestro que hundió al ‘Mochaorejas’ y rompió sus propias reglas /MILENIO
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Este es un fragmento de ‘El Mochaorejas. Conversaciones desde el infierno’, de Olga Wornat, que publica Trillas este 2026. Disponible en librerías de México.

DOMINGA.– Aquel miércoles 5 de agosto de finales del verano de 1998, el servicio meteorológico informó que la temperatura en Santiago de Querétaro alcanzaría los 21 grados [...]. El aroma de las flores y el cielo transparente presagiaban un día apacible. Se levantó al amanecer y se dirigió al establo para disfrutar con sus caballos; una pasión y rutina que cumplía cada mañana. Desayunó con su esposa, hicieron planes para el fin de semana y se preparó para marcharse. Antes de salir abrazó a sus hijos que, alborotados, se colgaron de su cuello para besarlo*.

Les prometió que regresaría para la comida. Caminó sin apuro al estacionamiento y subió a su Porsche rojo, uno de sus carros preferidos; además de caballos, coleccionaba automóviles de alta gama. Cuando necesitaba despejarse salía a la autopista y se perdía sin rumbo con el velocímetro al máximo mientras escuchaba música. Amante del rock, había mandado a adaptar estéreos multi CDs en cada uno de sus carros para escuchar a sus bandas favoritas. Recordó de golpe que había olvidado saludar a su madre, pero lo haría a su regreso. Atravesó el portón, saludó con la mano a los veladores de la caseta de seguridad y se dirigió al corporativo familiar, acompañado por el sonido de U2.

Joaquín tenía 37 años y una familia que adoraba. Era el primogénito y el consentido de su padre, José Giménez –fundador de una de las empresas más importantes del Bajío–, y de Margarita de la Cruz. Se había graduado en Administración de Empresas en la sede queretana del Tecnológico de Monterrey y junto a su padre, que lo preparaba para ser su heredero, trabajaba en la compañía.

Amaba los caballos, había crecido entre ellos; su padre los criaba para hacerlos competir en certámenes internacionales de equitación. A pesar de la dificultad que tenía en la pierna izquierda (más corta que la derecha debido a una poliomielitis que sufrió de niño), era un excelso jinete y había participado en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Originarios de Celaya, los Giménez habían creado un imperio; se dedicaban a varios rubros y eran fundadores de la Universidad de Celaya.

Daniel Arizmendi "El Mochaorejas" (Cuarto Oscuro)
Daniel Arizmendi "El Mochaorejas" (Cuarto Oscuro)

Esa mañana Joaquín llegó a la empresa de buen humor. Tenía un trato cálido con el personal y sus colaboradores recuerdan su carácter alegre, siempre sonriente. Diez minutos antes de las 2 de la tarde se despidió de su secretaria y caminó hacia el estacionamiento. Subió al Porsche, arrancó y salió del estacionamiento rumbo a su casa, como le había prometido a su familia.

“Staring at the Sun” surgió del estéreo apenas encendió el carro y subió el volumen para que U2 acompañara su regreso. Nunca intuyó que minutos más tarde lo aguardaba un salto mortal, una caída al vacío más tenebroso e inimaginable.

Daniel Arizmendi era el capo del cártel de secuestros más poderoso

Hacía varias horas que lo esperaban. Esa tarde no podían fallar, como les había pasado a la mañana que la presa se fue por otro camino y no pudieron alcanzarlo. El 4 de agosto habían realizado dos simulacros, uno a la mañana y otro por la tarde para estar seguros. Daniel Arizmendi y sus cómplices aguardaban en silencio.

En su vocho blanco, Arizmendi dio un par de vueltas por la ciudad hasta pasado el mediodía, cuando llegó la hora se ubicó a la salida del corporativo y el resto se apostó en un tramo de la carretera Querétaro-Celaya, en un sitio donde se encontraba un retorno. Daniel Arizmendi vio salir el Porsche rojo del edificio y se comunicó con Miguel Armando Morgan Hernández, para que ocupen sus puestos.

—Salió —dijo—. Prepárense.

El automóvil de Joaquín pasó por delante del sedán blanco como un rayo. Daniel apretó el acelerador y comenzó a seguirlo por la autopista, que extrañamente se encontraba despejada. A los pocos minutos, el Porsche cambió de carril, pero el secuestrador no se despegó del carro. Sospechó que el empresario se había dado cuenta de que lo seguían, no se equivocó.


—¿Y estos cabrones qué onda? —exclamó Joaquín y metió más presión al acelerador. Por el espejo retrovisor podía ver las sombras de los carros detrás suyo.
—¿Quiénes son estos cabrones? ¡Qué quieren!

Recordó de golpe que su esposa, sus amigos y su familia le habían advertido varias veces: “¿Por qué no vas con custodia?”, “Cuídate Joaquín, mira cómo está el país con tantos secuestros”. México vivía el final de una era de oscuras turbulencias políticas y económicas: era el ocaso del presidencialismo autoritario, del partido único, y el país estaba desgarrado por la criminalidad, la violencia y la crisis económica. Más de cien bandas armadas azotaban el territorio nacional y, sólo en 1998, se contabilizaron 600 plagios.

Daniel Arizmendi López había alcanzado la fama sexenal por la brutalidad que aplicaba a sus víctimas: cortaba sus orejas y las enviaba a sus familias en bolsas o frascos de vidrio; si pagaban las liberaba, si pedían rebaja, las mataba. Los testimonios de las víctimas que lograban sobrevivir y se animaban a hablar eran espeluznantes. El tema ocupaba el primer lugar en la agenda política y los empresarios, y los mexicanos en general, vivían aterrados.

Daniel era el capo del cártel de secuestros más poderoso y el gobierno de Ernesto Zedillo Ponce de León, acorralado, decidió ponerle precio a su cabeza. Joaquin subestimó la situación, creyó que nunca le tocaría.

Detención de Daniel Arizmendi
Detención de Daniel Arizmendi López "El Mochaorejas" | Foto: Victoria Valtierra/Cuartoscuro

¿Y si es Arizmendi? ¿Si es el Mochaorejas el que me sigue?, pensó temblando; lo que creyó imposible estaba sucediendo. Frenético apretó el acelerador. Corría sobre el asfalto como un caballo desbocado y se decidió a resistir hasta el final. Su vida entera pasaba frente a sus ojos, a los saltos, contra la sentencia que se había autodictado: “a mí nunca me va a pasar”. Sentía la boca seca y un nudo en el estómago, su camisa estaba mojada por la transpiración. Aceleró más…

La combi que conducía Armando Morgan Hernández le cerró el paso; lo mismo hizo la RAM 2500 azul y la camioneta Cheyenne, con Rogelio Noguez Yáñez al volante, que se clavó detrás del Porsche. Atrás también se colocó el Volkswagen blanco que conducía Arizmendi, acompañado por Ernesto Mendoza Carbajal, el Niño. Encerrado, no tuvo opción y frenó.

Daniel observó que de la camioneta bajaron Morgan Hernández, que empuñaba una 9 mm, y uno de Los Patanes –peligrosa banda de expresidiarios que Arizmendi había contratado–, con un AK-47, un cuerno de chivo. Lo mismo hicieron Juan Ramón y Miguel Ángel Frutos Aguilar. El primero con una Beretta 9 mm, el segundo con una Taurus del mismo calibre. Se pararon al costado del carro de Joaquín y le apuntaron con las armas.

—¡Bájate pinche cabrón! ¡Bájate o te quemamos! —gritaron casi al unísono.

En ese instante Joaquín confirmó que no era un robo, era algo peor:¿es un secuestro? La pregunta se clavó en su pecho como una aguja oxidada. Realizó un último intento y metió reversa para salir, pero chocó contra el carro de Arizmendi, que sintió una fuerte sacudida, pero permaneció inmóvil.


—¡Bájate hijo de tu puta madre o te vuelo la cabeza! —gritó Morgan y se acercó a Giménez de la Cruz.

El empresario, paralizado, lo observó detrás del vidrio mientras un escalofrío recorría su cuerpo, con un nudo en el estómago y ganas de vomitar. Pensó en sus niños y en su esposa que lo esperaban para comer. Seguramente en esos pocos segundos pensó en él. La vida le sonreía hasta ese fatídico 5 de agosto de 1998.

Joaquín Giménez nunca presintió que sus movimientos cotidianos atraían a las bandas de criminales que inundaban el país de rojo. Sus amigos, dicen hoy, que no le temía a nada y que ese día quizá “creyó que se trataba de un robo”. Cuando se dio cuenta era tarde. Una jauría de hienas sanguinarias seguía sus pasos desde hacía un mes y medio.

No lo dejarían escapar.

La primera vez que Daniel Arizmendi emergió de las tinieblas

Cuando Daniel Arizmendi llegó a Querétaro, a finales de mayo de 1998, huía del polvorín de Cuernavaca, minado de policías y agentes de inteligencia que lo buscaban, donde quedaban retazos de su poderosa organización.

Daniel Vanegas Martínez, hermano de su amante y tercero en la estructura delictiva, que había sido detenido el 9 de enero, suministró información importante a la policía; su hermano Aurelio, el segundo al mando, cayó el 30 de junio al sur de Ciudad de México; su esposa Carmen Pilar Arias y sus dos hijos fueron capturados en la casa de Cuernavaca el 21 de mayo, poco antes de su arribo a Querétaro. Lo mismo pasó con casi todos sus cómplices.

Daniel Arizmendi López, alias El Mochaorejas
'El Mochaorejas' se hizo conocido a finales de los noventa por la mutilación de sus víctimas | Cuartoscuro

Se había quedado solo y un páramo de brumas lo rodeaba. Su hermano Aurelio no perdió el tiempo y en su primera declaración ministerial, mientras lo internaban en el Hospital Militar para reponerse de las heridas de un AK-47 en ambas piernas, contó todo lo que sabía: entregó datos claves y se convirtió en sapo. A pesar de haberse curtido dentro de las pandillas de cuchilleros de ciudad Neza, esta vez, el Tigre se quebró. Su esposa y sus hijos hicieron lo mismo.

Pilar le entregó a la policía el número de su esposo; la policía le llamó tres veces para convencerlo de entregarse, pero en la última, con la mente descarriada, Arizmendi amenazó: Sé lo que hicieron hijos de la chingada. Balacearon a mi hijo, cobardes. ¡Me voy a vengar! Van a saber de mí muy pronto…

Daniel conocía bien la expresión colombiana volver sobre sus pasos, sin embargo, la llevó a la práctica desde que huyó de Cuernavaca.

Su fotografía estaba en todas las televisoras y periódicos de México, la policía le pisaba los talones y cualquier estratega del delito frente a tal descalabro descomunal habría desaparecido y desactivado la actividad. Arizmendi no lo hizo. Su exacerbado narcisismo lo encegueció y fue por más excitación, por más sangre. Cayó en la trampa que le tendió la Procuraduría General de la República (PGR) cuando –y por consejo de psiquiatras– distribuyó información en los periódicos que lo describían como un “criminal inteligente”. Apenas lo leyó, se sintió importante, poderoso.

Cebado como una bestia herida fue tras una presa mayor. No entendió que su derrumbe era cuestión de días, que los mismos policías y comandantes antisecuestros que lo protegieron por años y a los que había corrompido hasta los huesos, le habían bajado el pulgar. Ya no lo necesitaban, era un estorbo. El 3 de junio de 1998, en actitud desafiante, llamó al periódico Reforma, que tenía un equipo de investigación que seguía sus pasos desde su primer asesinato y pidió hablar con el director.

—Soy Daniel Arizmendi —se presentó. Atendió Roberto Zamarripa y le pidió una clave secreta para confirmar su identidad.
—¿Cuál es el nombre del perrito de su amante Luz María?
—Pelusa —respondió Arizmendi.

Era la primera vez que emergía de las tinieblas. Entre otras cosas, dijo:

Yo mismo les cortaba las orejas, porque a pesar de tener mucho dinero no lo querían dar. Les dije que Dios los iba a castigar por avaros, y a mí por ambicioso. […] Yo meto presión para que me den dinero y los policías meten presión para que me entregue a cambio de mi familia que tienen secuestrada.
[…]Pienso que hice como 20 secuestros… Otra de las cosas que dicen es que no les daba de comer. Yo les decía que podían comer lo que quisieran, pero es como cuando estás preso, cuando te tiene la policía, pues… no te da hambre y entonces no querían comer.
Agarran a mi familia y quieren echarle la culpa de todo. Balacean a mi hijo, que estaba desarmado, para que me presente, para rendirme y acabarme. Pues lo logran, ¿No? Moralmente lo logran[…]. Otra cosa que dicen es que soy drogadicto. Falso. Mienten. Ni cocaína, ni heroína. Alcohólico… sí. Seguido hago juramentos, pero no puedo.
No me entrego a cambio de mi familia, quiero que sepan que no. A la muerte no le tengo miedo, a la cárcel y a la pobreza sí, mucho miedo, no sabe cuánto […].
[…] A la policía les deseo suerte, ojalá un día me puedan agarrar. No se cuándo y ojalá el día que me agarren, me detengan y me maten.

Le preguntan si será difícil que lo atrapen, a lo que responde:

Con suerte se les puede hacer muy fácil, porque aunque México es muy grande, se puede hacer muy chico cuando el destino quiere. Algún día quizá me pueden agarrar; no sé cuándo, pero ni modo, ¿verdad? Así es la vida, me metí en esto, es una salida que no tiene camino [sic].

Sin pensar mucho selló el destino de Joaquín Giménez de la Cruz

Cuando llegó a Querétaro utilizó una credencial falsa con su fotografía, a nombre de Salvador Gómez Martínez; al poco tiempo cambió por otra: Aldo Almazán Lara. Ambas le sirvieron para instalarse y comprar propiedades.

Daniel Arizmendi y su banda siguieron cada paso de Joaquín, pero el operativo salió mal: el empresario murió y el ‘Mochaorejas’ quiso cobrar por un cadáver.
Dibujo de Daniel dedicado a la autora del libro "El Mochaorejas. Conversaciones desde el infierno"| Cortesía/Olga Wornat

A trece kilómetros de la capital, en Tequisquiapan, se encontraba su amante, Luz María Vanegas Martínez, a punto de parir un hijo suyo. Se quedó con ella diez días, pasearon por las callecitas coloridas del pueblo como dos turistas enamorados, y nada en ellos despertó sospechas.

Un día, apresuradamente, Daniel se despidió de Luz y regresó a la capital de Querétaro con la intención de instalarse. Compró una casa, rentó otra y comenzó a moverse entre Querétaro y Ciudad de México.

A mediados de julio de 1998 recibió un llamado de Miguel Armando Morgan Hernández, primo hermano de Luz María, en el que le decía: En Querétaro hay un cabrón, un tal Giménez, su familia es muy rica.

Arizmendi consultó la sección blanca del directorio de propiedades y confirmó que estaba frente a una de las familias más acaudaladas del estado. En segundos y sin pensar mucho selló el destino de Joaquín Giménez de la Cruz.

Había observado el apellido a los costados de muchos acoplados de camiones que transitaban por las autopistas y se había enterado que en el Club Campestre (barrio privado donde viven las familias más ricas del estado), la familia Giménez era dueña de cinco casas. Miraba una y otra vez el apellido; así creció la obsesión por capturarlo. La adrenalina se encendió en sus venas como un fogonazo.

Uno de los hombres a los que convocó fue Ernesto Mendoza Carbajal, alias El Niño, debido a su 1.45 m de estatura. Su apodo era engañoso: había participado en una gran cantidad de robos y secuestros, se caracterizaba por su personalidad sádica y cruel. Originario de Miacatlán, Morelos, como su patrón, era uno de los cómplices más fieles de Arizmendi. Otros convocados fueron Miguel Armando Morgan Hernández, los hermanos Juan Ramón y Miguel Ángel Frutos Aguilar, alias Los Frutos, Rogelio Noguez Yáñez, que trabajó con su hermano en el robo de carros y en otros plagios, Rafael Dicante Rosales, y un grupo de exconvictos conocidos como Los Patanes.

Sus hombres vigilaron los movimientos de la víctima durante un mes y medio, diez horas al día: a qué hora salía y regresaba a su casa, quién era su esposa, sus padres, sus hermanos; a qué restaurantes acudía, a qué parques llevaba a sus hijos; qué actividades practicaba, por qué calles circulaba en sus carros.


A los tres días de llegar a Querétaro, Daniel Arizmendi compró una vivienda precaria en la colonia Santa Bárbara para utilizarla como “casa de seguridad” y rentó varias propiedades más: una pensión para guardar los automóviles que usarían el día del secuestro, otra como un segundo refugio ubicada en el poblado de La Palma, a treinta kilómetros del centro, y una casa estratégicamente ubicada sobre un cerro, en la colonia Reforma Agraria, justo atrás del Club Campestre, para vigilar desde arriba los movimientos de su próxima víctima.

Mientras se acercaba el momento del plagio, Daniel Arizmendi hacía una vida normal, recorría las calles como uno más: platicaba con boleadores de la plaza principal, compraba cigarros, leche, sopa envasada, se sentaba a tomar tequila en un bar ubicado en diagonal al Club Campestre para vigilar a su presa, utilizaba los baños públicos La Alameda, entonces muy preciados, y comió en restaurantes costosos.

La Cabaña, un sitio conocido por los queretanos, ni muy lujoso ni muy austero, ubicado cerca de la casa de Santa Bárbara, era un restaurante donde Daniel acudía para deleitarse con sus platillos, pero su aspecto desaliñado llamó la atención. El primer día, los camareros lo observaron con desconfianza.

Tenía el cabello largo y enmarañado, se veía sucio y desprolijo. Su aspecto no reflejaba los millones que había amasado durante los últimos años entre robos de autos y secuestros. Nadie imaginaba que ese hombre de mirada oscura y helada, solitario y hermético, era el jefe del cártel de plagios que aterrorizaba el país.

Un camarero se acercó, lo saludó y le dejó la carta.

—Quiero codornices —ordenó cortante después de ver el menú por encima—. Y para beber, el coñac más caro que tengan.

El mesero se marchó y se perdió detrás de la barra, donde se encontraba el dueño del restaurante, David Bonilla Dévora, que desde lejos observaba la escena.

—¿Qué pidió? —preguntó con el ceño fruncido.
—Un plato de codornices asadas y el coñac más caro. ¿Qué hacemos, jefe? —respondió el mesero, con media sonrisa.
David se dirigió a la mesa que ocupaba Arizmendi.
—Disculpe señor, pero ¿tiene para pagar lo que ordenó? —preguntó con recelo—. Es mucha lana…

Daniel Arizmendi metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó varios fajos de billetes con pesos mexicanos y dólares, y los arrojó sobre la mesa.

—¿Le alcanza? —preguntó—. Si falta, tengo más…

Bonilla Dévora, impactado, miró los billetes y observó su mirada helada. Un escalofrío extraño lo recorrió y le pidió disculpas.

Arizmendi despedazó la codorniz con los cubiertos y se ayudó con las manos. Comió despacio mientras su cerebro hervía de pensamientos contradictorios; bebió la mitad de la botella de coñac y se llevó el resto; pagó, dejó una generosa propina sobre la mesa y se marchó.

Desde ese momento e incluso después del asesinato de Joaquín Giménez, cuando lo tenía sepultado en la casa, Arizmendi fue un cliente habitual de La Cabaña. Recuerda hoy, uno de los meseros que lo atendió varias veces: Llegaba y pedía lo más caro. Siempre venía solo y no hablaba con nadie. A veces nos pedía que le preparáramos para llevarse a la casa. Era cortés, no parecía un hombre violento, aunque algo en él generaba temor; nunca sospechamos quién era hasta que lo vimos en la televisión.

Daniel Arizmendi y su banda siguieron cada paso de Joaquín, pero el operativo salió mal: el empresario murió y el ‘Mochaorejas’ quiso cobrar por un cadáver.
Portada del libro escrito por Olga Wornat, periodista y escritora argentina |

Los vecinos de la casa tampoco presintieron que vivían al lado del secuestrador más buscado de México, menos que en esa vivienda estaba enterrado el cuerpo de Joaquín Giménez, el secuestrado más buscado del país.

Daniel llevaba el cabello y la barba larga y estaba más delgado, relatan algunos que a veces oían gritos de una mujer que venían de su casa. Otras veces percibieron “olor a perro muerto”, pero no le dieron mayor importancia.

Nunca imaginaron el maremoto atroz que los golpearía con sorpresa y dejaría marcas profundas que el paso del tiempo no logró borrar.

El primer intento de cacería del ‘Mochaorejas’ detrás de Joaquín

El primero de agosto de 1998, Daniel Arizmendi llamó a dos de sus cómplices: Rogelio Noguez Yáñez y Juan Ramón Frutos Aguilar para pedirles que juntaran gente para un jale. Este último sumó a Rafael Dicante Rosales.

—Hay mucha lana cabrones —dijo Frutos Aguilar levantando la voz. Se encontraban en una fiesta y las chelas corrían como el agua; una ranchera ensordecedora salía de una radio.
—Me dijo Daniel que es un güey importante. Mañana nos dará más detalles.

Rafael aceptó. Lo citaron en la calle Prosperidad, de la colonia Campestre de Aragón, y al día siguiente, Juan Ramón Frutos Aguilar y su hermano Miguel Ángel, junto a tres personas más, pasaron a buscarlo en una camioneta. Se dirigieron hacia el estacionamiento del Palacio de los Deportes de la Ciudad de México.

Daniel Arizmendi los esperaba con seis personas más; ni los hermanos Frutos Aguilar, ni Dicante Rosales los conocían. Juan Ramón se bajó del vehículo y se dirigió hacia su jefe.

—¿Dónde es el jale, patrón?
—En Querétaro.
—O sea que su familia lo extrañará lo suficiente y pagará lo que se le pida —acotó Juan Ramón.
—Sí, güey, sí —respondió Daniel, irritado.

La conversación duró menos de 15 minutos y se despidieron en silencio.

—El patrón anda de malas —comentó Frutos Aguilar, que lo conocía mucho.

No estaba errado. Mientras el asedio avanzaba sobre él, pasaba de un extremo al otro: o se veía centrado y pensativo, o se mostraba irritable, como si en la negrura de su inconsciente una voz le susurrara que el abismo, ese que tanto temía, estaba a punto de engullirlo.


En tres vehículos marcharon desde Ciudad de México hacia Querétaro. Llegaron por separado al sitio acordado: el estacionamiento de la plaza de toros de Querétaro, eran las 11 de la noche. Daniel explicó cómo y cuándo se llevaría a cabo el operativo, luego eligió a dos de sus cómplices y los llevó con él en la camioneta y dejó al resto a la espera. Regresaron a la media hora en otro carro, un sedán Volkswagen blanco. Arizmendi se bajó del auto y entregó las armas a sus compinches: dos pistolas 9 milímetros (una Pietro Beretta y una Taurus) y un AK-47 o cuerno de chivo.

En medio de la oscuridad, la mole de cemento de la plaza de toros era testigo silencioso de la planificación de uno de los secuestros más atroces y macabros, el que marcaría un antes y un después en la vida criminal de Daniel Arizmendi López y el que provocó su derrumbe. Aunque él, en su delirio sociopático, como me confesaría 25 años después, creía estar en “la cima de la montaña”.

Finalmente llegó el día y la banda se acomodó en cuatro vehículos. Uno de los grupos iba a bordo de una camioneta tipo combi, de marca Volkswagen, conducida por Morgan Hernández, donde se llevarían a la víctima. El segundo grupo viajaba en una camioneta azul, conducida por Rafael Arturo Dicante Rosales; su tarea era cubrir la combi del lado izquierdo. El tercer grupo en una Cheyenne, conducida por Rogelio Noguez Yáñez, que impediría que Giménez huyera.

Lideraba la caravana el Volkswagen blanco, conducido por Daniel Arizmendi.

Estacionaron al costado de la calzada, agazapados, a la espera. Arizmendi miraba obsesivamente el reloj en su muñeca. Las diez… Las diez y cinco… Las diez y diez… El carro de Joaquín Giménez no aparecía. En ese momento la radio del auto de Arizmendi comenzó a hacer ruido de estática; hablaba El Niño Carbajal, encargado de vigilar la ruta de la víctima.

—Conduce un Porsche rojo —dijo—, pero no va en dirección al Puente Zaragoza, va para otra parte…
—Pásame las coordenadas del carro —pidió Arizmendi al Niño sin perder la calma y este le pasó la ubicación.

Arizmendi habló por la radio al resto de los vehículos de la caravana e indicó que intentaran cazarlo, sin embargo, no encontraron un buen lugar para interceptarlo, las autopistas que entraban y salían de Querétaro estaban congestionadas y necesitaban que Joaquín Giménez condujera por un lugar despejado.

Daniel Arizmendi suspendió el operativo. Habló por radio a sus cómplices y ordenó: “Vamos a intentar a las dos de la tarde, cuando este güey salga de la empresa”.

Dormir con un cadáver

La tarde del 5 de agosto se sentía aterradora como una noche de lobos, el aire estaba saturado de olor a muerte. Sofocados por los malos augurios, los hombres avanzaron hacia la casa de Santa Bárbara. El Volskswagen blanco de Arizmendi iba a la cabeza de los sicarios que cargaban con los despojos de Joaquín Giménez. La mente afiebrada de Daniel planificaba atropelladamente una estrategia de salida. Su rostro no transmitía el fuego que ardía en su interior, tenía la mirada clavada en el camino mientras hablaba consigo mismo. Acababa de quebrar un código que se prometió no romper apenas se inició en el negocio de los secuestros.

Daniel Arizmendi siendo transferido a la prisión de Puerto Grande (AP)
Daniel Arizmendi siendo transferido a la prisión de Puerto Grande | AP

“No negociaremos con un secuestrado muerto”, estableció con su hermano Aurelio. “No lo haré, porque soy una ‘persona honorable’”, repetía una y otra vez.

No cumplió. Quizá en ese instante pensó en su hermano Aurelio y lo necesitó a su lado, porque de golpe cayó en cuenta de que estaba solo, rodeado de delincuentes improvisados de poca monta a los que había contratado en pleno subidón del vicio adrenalínico que no lo dejaba frenar. Durante el trayecto reinaba un mutismo viscoso, pesado. En un semáforo, la combi que conducía Morgan Hernández se quedó entre dos patrulleros.

—¡Silencio! —susurró, pálido y atemorizado de que las voces del fondo del vehículo se filtraran a oídos de los policías, pero el tráfico avanzó y los patrulleros se alejaron; entonces respiró.

En el piso sucio del vehículo estaba el cuerpo sin vida de Joaquín Giménez, un charco espeso y púrpura rodeaba su cadáver.

¿Cuál habrá sido su último pensamiento antes de que el balazo le destrozara la aorta? ¿Sintió miedo, rabia, o se entregó vencido a los criminales? ¿Rezó una oración?

La única certeza es que lo último que vio fue el rostro de su asesino. Sus verdugos quedaron reflejados en sus pupilas mientras la muerte lo arrastraba hacia el vacío; sus piernas no le respondían y se desvanecía en una neblina gris.

Apenas llegaron a la casa de Santa Bárbara, Daniel se acercó a la combi donde estaba Joaquín para comprobar si vivía. Inalterable, miró el enorme charco de sangre y le tomó el pulso en el cuello, después en la muñeca.


—¿Respira? —preguntó Morgan, impaciente.
—Está muerto. Bájenlo y pónganlo en el cuarto del fondo de la casa.
—¡Nos chingamos a este güey! ¿Y ahora? ¡No vale nada! —exclamó Morgan Hernández fuera de sí, en un reclamo directo a su jefe.
—Déjame pensar qué hacer, respondió Daniel. Frutos Aguilar se quedó pensativo unos momentos.
—¿Nunca has exigido rescate por una persona muerta? —le preguntó al jefe.
—No, nunca lo hice —contestó y se fue a la cocina.

Tomó un cuchillo con mango negro y hoja plateada de 30 cm, se dirigió al cuarto donde estaba el muerto, lo sujetó del cabello y con la práctica de un experto le rebanó de raíz las dos orejas, fueron segundos. Siempre lo hacía con unas tijeras para destazar pollos que cercenaba con gran facilidad el cartílago; esa vez no la llevaba con él. Colocó las aurículas en una bolsa de palomitas de Cinépolis y ordenó a sus hombres:

—En la habitación hay un agujero, entierrenlo ahí, pero caven más y pongan cal…

Mientras sus secuaces cumplían la tarea, él se dispuso a realizar otra: con el mismo cuchillo cebollero con el que mutiló al muerto, le cortó la camisa y el pantalón empapados en sangre y orina y lo envolvió con una sábana. Sus cómplices lo colocaron sobre una colchoneta y lo arrastraron hasta el pozo, para proceder a enterrarlo. Al rato, Arizmendi tomó una decisión en solitario: pediría rescate por la víctima, aunque estuviera muerto. Nunca lo había hecho pero estaba seguro de que era la mejor estrategia. Con las manos manchadas de sangre seca marcó el número de la familia en el Club Campestre. Llamó desde un celular que había mandado comprar para ese plagio. Atendió una mujer.

El Mochaorejas.
Daniel Arizmendi López, alias "El Mochaorejas", fue detenido el 17 de agosto de 1998 en el Estado de México | Especial

—¿Bueno? ¿Quién habla?
—¿Josselín San Esteban de Giménez?
—Sí, ella habla… ¿Quién habla? —preguntó con angustia—. ¿Quién habla? —repitió la mujer.

De fondo se oían voces de niños jugando.

—Soy Daniel Arizmendi, secuestré a su esposo —dijo sin muchas vueltas—. Si quiere verlo con vida vale 15 millones de dólares.

La esposa de Joaquín se quedó helada. No podía hablar.

Durante algunos segundos solo se escucharon las voces de los niños de fondo, hasta que estas también se apagaron. La mujer ahogó un grito y rogó:

—Por favor, ¡no lo lastime! —imploró—. ¿Está bien? ¿Puedo hablar con él?
—Está bien —respondió seco—. No hable con la policía y espere mis instrucciones.

Cortó y se dirigió a la habitación.

Su rostro no trasmitía ningún sentimiento, ni siquiera ira por el feroz fracaso de la operación. Su estrategia no había funcionado y caminaba en una cuerda floja.

A su alrededor, la casa miserable acumulaba basura en todos los rincones; restos de comida en descomposición inundaban el ambiente de olor a podrido. Lo sabía porque Morgan le había dicho, pues él no sentía nada, sus sentidos estaban anulados.

Tenía sed todo el tiempo, pero ni el alcohol podía apagar el incendio que ardía en su interior. Observó fijamente el hoyo, era cuadrado, adentro había una hielera donde guardaba dinero de los últimos secuestros; mucho dinero. Para que el cuerpo pudiera caber, sus hombres lo manipularon y lo metieron doblado, en posición fetal. Taparon el pozo con una losa de cemento y emparejaron el suelo; arriba colocaron un camastro para disimular la mezcla fresca.

Después de enterrar el cadáver le preguntaron a Arizmendi qué harían, y él les indicó que irían hasta el poblado de La Palma, donde estaba otra de las casas que había rentado para el plagio; allá los esperaba el resto del grupo. Cuando llegaron inquirieron con la mirada al patrón, esperaban noticias.

—El ‘tiro’ no salió como planeamos. El pendejo está muerto—respondió.

Tras un breve intercambio de palabras regresó con Morgan Hernández a la casa de Santa Bárbara. Mientras el cemento se secaba lento sobre la fosa, ordenó a Morgan que llamara a la esposa de la víctima. Nunca fue de delegar una negociación. Él era el jefe, el mejor negociador, el hombre de la voz que infundía terror, el que se ocupaba de lo más importante. Rompió otra regla.


—¿Tienen el dinero? —preguntó Morgan.
—No, señor, todavía no —respondió la mujer con la voz quebrada.
—Por favor, no le hagan daño, le suplico.
—Si no pagan, lo matamos.
—Señor, por favor llámeme mañana y daré una respuesta, pero no… por Dios, no…

Josselín no pudo más y se largó a llorar con el teléfono enquistado en el oído.

Morgan Hernández escuchó el llanto y cortó.

Daniel se dirigió a la habitación donde estaba enterrado el cadáver, en sus manos llevaba un pico y una pala. De golpe se frenó y permaneció unos minutos en silencio; se le acababa de ocurrir que si cobraba ese rescate se retiraría. Luz María ya había dado a luz al hijo de ambos, el pequeño Martín. Había dejado muchos cabos sueltos y algunos de los cómplices que estaban libres podían hablar si la policía los torturaba. Se vio a sí mismo como una persona ordinaria, viviría en Querétaro, quizá trabajaría… un negocio inmobiliario podría ser.

Rezó en voz baja a su Niña Blanca, su deidad preferida: “Santísima Muerte querida de mi corazón no me desampares con tu protección”.

Fue apenas un frágil instante de distracción. Tomó el pico y golpeó con fuerza sobre el cemento, aún fresco. Logró hacer un agujero y metió la mano; sintió algo frío y duro, era el tobillo de Joaquín. Había pasado casi un día desde el asesinato y el cuerpo había alcanzado el rigor mortis. Hizo fuerza para extraerlo y sólo pudo sacar una pierna. No aguantó más, el cuerpo era pesado y, exhausto, se dejó caer en el suelo.

—¡Chinga tu madre! ¡No puedo! —exclamó.

Pidió ayuda a Morgan y a otros dos, y entre los cuatro lograron desenterrarlo.

Apenas lo apoyó sobre una colchoneta, lo llevó a rastras hasta el baño, donde abrió la regadera y dejó correr el agua hasta que la sintió bien caliente. Necesitaba ablandar las articulaciones. Dejó el cadáver debajo del agua y esperó un momento, y cuando lo sintió blando lo bañó con suma delicadeza. Cerró la regadera, lo secó despacio con una toalla ante la mirada atónita de sus hombres.

Lo colocaron sobre la colchoneta y lo llevaron hasta una cama. Arizmendi se ocupó de recostar el cuerpo desnudo de Joaquín, lo tapó con una sábana hasta la mitad del pecho y le colocó cinta canela sobre los ojos. Llamó a Morgan y le pidió que fuera al supermercado.

—¿Qué necesita, patrón?
—Maquillaje —ordenó Arizmendi—. También trae vendas, suero fisiológico, una sábana y una cámara de fotos. Y compra un periódico del día.

Mientras aguardaba el regreso de Morgan, observó el rostro del muerto: blanco-grisáceo, helado, con la boca semiabierta en una mueca de dolor o de espanto; un extraño derribado por las garras negras de la muerte. Sus garras.

Daniel Arizmendi y su banda siguieron cada paso de Joaquín, pero el operativo salió mal: el empresario murió y el ‘Mochaorejas’ quiso cobrar por un cadáver.
Texto creado por Daniel Arizmendi | Cortesía/Olga Wornat

Le tocó la frente y percibió el gélido entumecimiento. Su mente estaba inflamada de emociones que no podía definir; sintió admiración y placer por el trabajo que realizaba. Cerró los ojos y rezó de nuevo: Santísima Muerte, poderosa madre de la noche, protégeme de mis enemigos, quita los traidores de mi camino. Te imploro protección y benevolencia…

Ajustó la cinta canela sobre los ojos de Joaquín y ordenó con sus dedos el cabello revuelto y húmedo después del baño. Se veía casi perfecto. Morgan regresó con el pedido y Arizmendi se encargó de completar la tarea.

Con cuidado desparramó sobre el rostro polvo facial, coloreó con lápiz labial los labios mustios y en el brazo izquierdo le clavó una aguja y acomodó el catéter conectado al suero para hacer creer a la familia que solo estaba lesionado. A un costado dejó el periódico del día. Se alejó unos pasos y lo miró. “Parece dormido”, dijo sin esperar respuesta. Tomó la Polaroid y empezó a sacarle fotos desde diferentes ángulos: de costado, de frente, desde arriba.

Miró al Niño Carbajal y ordenó:

—Cabrón, sácame una foto con el muertito.
—¿Está seguro, patrón? No es de buena vibra sacarse fotos con los muertos, trae desgracias… —dijo Carbajal en un intento por frenar a su jefe, al que nunca antes vio en ese estado de alucinación.

Daniel le clavó una mirada lacerante.

—¿Quién pidió tú opinión, pinche pendejo? Sácame una foto con el muertito…

* Algunos relatos están basados en testimonios de Enrique, Daniel y Aurelio Arizmendi a partir de entrevistas que realizó la autora, cartas que recibió y declaraciones e información hemerográfica de libros, periódicos y expedientes judiciales; así como de diferentes vecinos que los conocieron.


GSC


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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