Policía
  • Cambió un coche por un kilo de cocaína y la frontera hizo el resto: lo convirtió en pollero y traficante

El Reclusorio Preventivo Varonil Norte guarda múltiples historias, entre ellas la de aquel hombre que logró perderse a él mismo | Antonio Texta

Un disparo lo obligó a huir. La frontera le ofreció una segunda oportunidad, un mundo donde el crimen era el camino más fácil. Esta es la historia de un hombre que terminó perdiéndose a sí mismo.

Milenio M logo
Únete al canal de Milenio  

DOMINGA.– Cómo se construye la vida de una persona, cómo se desarrolla y en qué momento un joven se convierte en el hombre que será. Son preguntas antiguas, quizá imposibles de responder por completo. El ser humano es una suma de circunstancias, accidentes, heridas, afectos y ausencias. A veces son años de pequeñas elecciones las que terminan empujando a alguien hacia un lugar que jamás imaginó habitar. Aquí les ofrezco un pequeño asomo a la vida íntima de Paulo, un hombre al que conocí en prisión y cuya vida parecía estar hecha de contradicciones: violencia y generosidad, dureza y ternura, lealtad y extravío.

Fue pollero, traficante y criminal. Conocí a Paulo en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte de la Ciudad de México. En diciembre de 2014, llevaba cuatro años en prisión. Un hombre fuerte, alto, de venas prominentes dibujadas en la piel, de manos enormes. Podía pasar como adinerado sin problema alguno. Amenazaba a uno que otro con que el siguiente golpe sería con la mano cerrada, después de haberles propinado una bofetada. Justificaba que se lo merecían.

Pollero, traficante y criminal, Paulo mostró nobleza en la celda que habitó en el Reclusorio Norte
Pollero, traficante y criminal, Paulo mostró nobleza en la celda que habitó en el Reclusorio Norte | Antonio Texta


Llegó a prisión porque en los alrededores del centro del entonces Distrito Federal le dio un balazo en una pierna a alguien que le debía dinero. Dijo que se vio obligado a darle una lección para imponer el respeto. No lo cuenta alardeando, sino reflexivo. Quizá porque detrás de aquella apariencia intimidante existía una persona distinta. Paulo era noble, a todo decía que sí, le gustaba cocinar, preparaba todo rápido, amante de la buena comida. Podía imitar el acento norteño de frontera, hablaba un inglés cortado sin importar los tiempos verbales. Se carcajeaba largo, hacia adentro, hasta el grado de que por un par de segundos no emitía sonido alguno, como si su carcajada lo ahogara. No paraba de hablar, era un compendió de anécdotas.

Vivía en otro dormitorio, en otra estancia, pero pasaba la mayor parte del día con nosotros. Había llegado invitado por uno de los compañeros de la celda 4-2 del Anexo 3. Al principio, varios desconfiamos. En prisión la confianza es una moneda demasiado costosa para entregarla con facilidad. Poco a poco fue ganándose su lugar. Primero la tolerancia. Después la confianza. Finalmente la amistad.

El joven aprendió a ganarse la confianza de compañeros de una celda distinta a la suya
En prisión la confianza y la privacidad son un privilegio | Antonio Texta


Antes de nuestra convivencia, había ocupado puestos importantes dentro de la economía informal del penal. Durante algún tiempo administró un restaurante en la zona de visitas y también coordinó el área de visita íntima. Su tamaño, su personalidad y capacidad para relacionarse con los demás lo convertían naturalmente en un líder. Le gustaba el dinero. Le gustaba mucho. Pero le gustaban todavía más las drogas. Su frase favorita: “un desayuno de campeón: un toque y un jalón”. Marihuana y cocaína. Las drogas que lo habían llevado a la quiebra afuera y adentro de prisión.

Un kilo de cocaína de la marca Escorpión Negro

El hombre cambió un vehículo por un kilo de cocaína
La historia de Paulo comenzó en los años noventa con un peculiar vehículo | Antonio Texta


Paulo terminó refugiándose en nuestra estancia. La celda se convirtió para él en una especie de sala de recuperación. Un lugar para alejarse del sí mismo destructivo. Allí dormía, cocinaba, comía y trataba, aunque fuera por temporadas, de mantenerse alejado de los excesos. Sin embargo, para entender quién era Paulo había que viajar mucho más atrás. Su historia comienza a finales de los años noventa, cuando conducía un cochecito negro, un sedán cuatro puertas al sur poniente del distrito.

El auto aunque pequeño era bonito, elegante, incluía estatus de barrio, rines de aluminio y quemacocos. Y precisamente a bordo de ese cochecito, un muchacho de dieciocho años convencido de que era invencible, tomó una decisión que cambiaría para siempre el rumbo de su vida. Una noche un hombre le hizo una propuesta: un kilo de cocaína con el sello del Escorpión Negro –calidad y garantía reconocida en los barrios populares de la Ciudad de México– a cambio del automóvil. Paulo probó la mercancía. Aceptó. Con ese kilo hizo dos kilos.

El hombre cambió un vehículo por un kilogramo de cocaína
La decisión que cambió la vida de Paulo pesaba un kilogramo y llevaba la marca de un escorpión negro | Antonio Texta


Vendió una parte en un solo trato. Semanas después se compró otro auto, pero con los días alguien que se hizo pasar por comprador de coca le puso una trampa. Paulo sacó su pistola, lesionó a tres y escapó. Una señora que lo conocía llamó a su madre, le dijo que Paulo estaba loco, que había herido a los tipos y ya lo andaban buscando para matarlo. “¡Mamá, cómo me van a matar si yo traigo el power!”, le dijo.

Era de noche, muy noche, así que la madre lo dejó dormir. Ella intentó hacerlo pero no pudo y apenas vio la luz del alba lo despertó:

–Paulo, vámonos.
–¿A dónde?
Al aeropuerto, si te quedas aquí te van a matar —le dijo su madre.

Paulo le regaló dinero y le dijo que se quedara con el auto nuevo. Ambos se presentaron en el mostrador de Aeroméxico.

–¿Destino?
–El próximo vuelo.
Hermosillo, Sonora.
El joven se despidió de su madre y partió con rumbo a la frontera
El joven se despidió de su madre y partió con rumbo a la frontera | Antonio Texta


Abrazó a su madre.
Y ésta, tras darle la bendición, lo vio alejarse del otro lado de los filtros de inspección, quizá con la satisfacción de que le estaba salvando la vida. Quizá también en ese momento había comprendido que no podía cambiar el pasado de su hijo, pero aún estaba a tiempo de salvarle el futuro.

Sin saberlo, Paulo acababa de cruzar una frontera aún más peligrosa. Llevaba consigo sus dieciocho años, una maleta con ropa que le preparó su madre, 50 mil de efectivo y una tarjeta bancaria. Horas después, aterrizó en Hermosillo, salió del aeropuerto. Por vez primera sintió el peso de la soledad. Nadie lo esperaba. No conocía una sola calle, ni un solo nombre, ni tenía un sitio al cual llegar. Tomó un taxi colectivo rumbo a Nogales. No sabe por qué.

Durante el trayecto observó un paisaje completamente distinto al que conocía. La Ciudad de México desapareció de su imaginario y poco a poco fue sustituida por un horizonte inmenso, seco, polvoriento. El desierto fronterizo parecía no terminar nunca. Y un poco decepcionado pensó que tal vez ahí podría empezar de nuevo.


En Nogales caminó hacia un hotel barato, no pidió un cuarto, lo primero que hizo fue ordenar una milanesa muy grande, pagó una semana de alquiler por adelantado, abrió y cerró la puerta de su habitación y se echó en la cama. Se sintió seguro, pensaba en lo que había dejado atrás, nunca supo si los tipos a los que había herido habrían muerto o no, pero se durmió con la esperanza de encontrar una nueva vida.

De pollero a traficante de opio en la frontera de Nogales

La frontera terminó por detonar la trayectoria criminal de Paulo
La frontera terminó por detonar la trayectoria criminal de Paulo | Antonio Texta


Nogales posee una lógica distinta. Es una ciudad donde las fronteras no sólo dividen países; también separan dos maneras de entender la vida. Entre México y Estados Unidos existe un territorio invisible gobernado por el dinero, el riesgo y la necesidad. Allí todo parece tener alto precio. Una mochila. Un migrante. Un kilogramo de droga. Incluso la vida de un hombre. Paulo tardó menos de 48 horas en descubrirlo. De aquí en adelante todo lo contaré breve, conciso.

Día 1 (marihuana). Entró a un lugar que mostraba un anuncio de renta de inmuebles. Habló con el propietario. Intercambió miradas con la secretaria. Le dijeron que esperara. Esperó. El agente de rentas lo subió a su camioneta, le mostró los alrededores de Nogales. Le dijo que aunque no lo pareciera, había muchas cosas qué hacer en Nogales. Paulo le pidió que le mostrara departamentos en un lugar bonito, que no quería algo peligroso. El señor le dijo que no se preocupara. Animado con la hospitalidad, Paulo le preguntó dónde podría comprar un “toquecito”. El hombre no entendió.

–Marihuana.
–Vamos con unos amigos.

Fueron. Lo presentó como su amigo del Distrito Federal. Le regalaron una bolsa de papas grandes llena de mota.

–No es nada, mi compa, aquí estamos para servirle lo que se le ofrezca.
Las drogas sentaron el camino en el que Paulo se perdió
Las drogas sentaron el camino en el que Paulo se perdió | Antonio Texta


Regresaron. En el camino, el propietario le dijo que, si le gustaba la secretaria, la podía pasear, que no tenía novio. Y también que si quería le podía prestar la camioneta, que le había caído bien.

Día 2 (cocaína). Paulo y el propietario de los bienes raíces suben a la camioneta rumbo al nuevo departamento. El señor, esta vez, lo lleva con otro amigo a comprar “perico”. Ahí lo deja, le dice que no se preocupe, está en confianza, que se tomen unas cervezas, le da su número y le dice que le llame cuando esté listo y regresa por él. El nuevo amigo le pone cocaína entre el dedo pulgar y el índice, sobre la mano. Esnifa. Beben cerveza, platican:

–¿Qué andas haciendo por acá?
–No más de paseo, ¿hay algo qué hacer por acá?
–¿Quieres pasar gente, pollitos?

Siguientes días (coyote). Las casas de seguridad donde tenían a los migrantes estaban frente al muro fronterizo. Hacían nuevos hoyos para pasar a las personas. “Entre más adentro los llevaras, subía más el precio. Había de cien, de 150, de doscientos, de 250 y de trescientos dólares”. Desde que llegaban a la casa de seguridad, Paulo se hacía cargo de ellos. Les daba de comer, los llevaba a las Pulgas (así nombran a los tianguis en la frontera), les compraba ropa, los vestía “fresones”. Luego vía telefónica citaba a los familiares en los pasillos de abarrotes de las tiendas de autoservicio que ya estaban dentro de Estados Unidos.

El joven se relacionó con el tráfico de migrantes y drogas
Paulo se involucró en el tráfico de migrantes y drogas en la frontera de México con EU | Antonio Texta


Mientras, Paulo esperaba en guaridas cercanas a las tiendas de autoservicio, cuando se acercaba la hora de la cita, conducía los migrantes hacia la tienda acordada, les pedía que esperara en otro pasillo. Iba con sus clientes, le pagaban, y les decía en cuál pasillo encontrar a sus familiares. Al final aprovechaba la emoción, la felicidad, los abrazos de los seres reunidos y desaparecía.

Más días (traficante de goma de opio, marihuana y cocaína). Resulta que otro día uno de los coyotes con los que Paulo trabajaba desapareció. Y a las cuatro semanas apareció con una casaca, un pantalón lleno de bolsas y unas botas. La border patrol lo había detenido con bolsas de goma de opio. Cuando le preguntaron qué llevaba en las bolsas dijo que no sabía, que lo único que quería era pasar al “otro lado”, que unas personas a las que les había pagado le dijeron que lo pasarían pero que se metiera esos paquetes en las bolsas. Lo sentenciaron a treinta días de prisión y le quitaron las bolsas. Paulo ya sabía qué decir en caso de que lo detuvieran. Por cada paquete que pasaba le pagaban quinientos dólares.

El joven aprendió a eludir autoridades migratorias
En la frontera Paulo también aprendió a evadir a autoridades | Antonio Texta


Más días (vendedor de burros).
En Nogales se había hecho amigo del propietario de un puesto de burritos, un antojo típico de los estados fronterizos envuelto en tortillas de harina. El hombre le tenía aprecio porque lo veía solo:

–¿No quieres trabajar? –le dijo un día.
–¿En dónde?
–Aquí en el puesto, nada más hay que cobrar y estar trucha porque aquí la raza te roba –le dijo.

Ahora tenía tres trabajos. Funcionaba. Por un lado podía pasar como el cajero del puesto de burros y, por el otro, ofrecía a los clientes los servicios de entrega de migrantes y de entrega de droga.

El traficante que aprendió a ganarse la vida caminando entre dos países

El hombre tuvo más oportunidades ilegales en la frontera
En la frontera las oportunidades ilegales llegaron antes que las legales para Paulo | Antonio Texta


Siempre decía que en la frontera había mucho qué hacer y así era, en otra ocasión Paulo contó que estaba en la calle con una sexoservidora, fumando crack, cuando de repente llegaron algunos integrantes del Grupo Beta –una estructura de auxilio para migrantes del gobierno federal–. Llegaron acompañados de la policía municipal.

–¡Ya se los cargó la verga compas! –les advirtieron.

Se les salieron los ojos. Después los Beta y los municipales se voltearon a ver y soltaron la carcajada: “¡orale ahí está este pinche paquete para que lo vendan, llevan comisión!”. En la frontera las oportunidades ilegales suelen presentarse antes que las legales, pero el dinero nunca llega solo. Siempre viene acompañado del riesgo. Y cuanto más fácil parece ganarse, más caro termina cobrando.

Con los años llegaron más negocios. Más dinero. Más armas. Más drogas. Más huidas. La frontera terminó por enseñarle que toda fortuna ilegal es pasajera y que el dinero ganado con facilidad siempre exige un precio desproporcionado. A veces se paga con la libertad. A veces con la familia. A veces con la vida.


Paulo creyó durante mucho tiempo que era intocable. Había sobrevivido a balaceras, engaños, traiciones y persecuciones. Cruzó personas, transportó droga, hizo dinero con una velocidad que muy pocos jóvenes de su edad podían imaginar. Cada nuevo golpe reforzaba la misma ilusión: la de pensar que el destino siempre estaría de su lado. Pero el destino tiene una paciencia infinita. Nunca olvida. Sólo espera.

Y al final creo que eso lo entendió. Por eso, cuando pienso en Paulo, no recuerdo primero al muchacho que cambió un automóvil por un kilo de cocaína, ni al coyote que cruzaba migrantes, ni al traficante que aprendió a ganarse la vida caminando entre dos países. Recuerdo al hombre de las manos enormes que preparaba el desayuno para toda la celda. Recuerdo su risa con una intensidad casi infantil. Paulo descubrió, demasiado tarde, que aún conservaba algo de humanidad.

Y quizá por eso decidí escribir de él, del hombre que encontré cuando todo lo demás ya le había sido arrebatado. Porque al final, la historia de Paulo no trata sobre el narcotráfico. Trata sobre la extraordinaria capacidad del ser humano para perderse.


GSC/ATJ


Google news logo
Síguenos en
Alejandro Suverza
  • Alejandro Suverza
  • Relator callejero. Cronista mental y grafológico. Productor de contenido para documentales.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.