Policía
  • Compartir la celda con extraños y luego perderlos sin duelo: así es la vida en prisión

La hostilidad de prisión hace a los internos ser discretos con sus historias pese a la constante convivencia | Milenio

En prisión conocer a las personas puede ser peligroso y las preguntas, una amenaza. Los vínculos se quedan en la superficie. Hasta que un día alguien deja un vacío que nadie sabe nombrar.

DOMINGA.– La inquietud nos despertó una mañana de diciembre de 2011. No fue un ruido, ni un grito, ni el estruendo de la cadena de la puerta de la celda. Fue algo más sutil, una ausencia. El custodio no nombró a uno de los compañeros de nuestra celda en la lista matutina. ¿Qué pasó con El Doc?, pensé. En este lugar donde todo se nombra, donde cada cuerpo cuenta, la omisión pesa más que cualquier palabra.

Conforme transcurrió la mañana no soportamos la curiosidad y un compañero corrió la cortina del camarote de El Doc. Entonces vimos que estaba vacío. Ni una cobija. Ni el vaso con el cepillo ni la pasta de dientes. Ni un solo pantalón que heredar. Ni un rastro. Fue como si él nunca hubiera estado ahí. Se había ido sin siquiera un adiós.

Fue hasta entonces que me di cuenta que, a pesar de vivir casi un año juntos, no lo conocía. Recordé que hacía días escuché la vida de alguien moverse dentro de la celda. Eran como las seis de la mañana. Abrí ligeramente la cortina de mi camarote: era El Doc, de espaldas. Por primera vez en casi un año observé su dorso desnudo. Había decenas de cicatrices que parecían hechas a cuchillo, sin prisa, con saña.

Hacer preguntas puede ser peligroso
Hacer preguntas en prisión puede ser peligroso | Milenio


Unos segundos después se volteó para secarse el rostro con una pequeña toalla y su pecho reveló lo mismo: cortes, hendiduras. Su cuerpo parecía un mapa de violencia. ¿Qué le habrá sucedido?, pensé. ¿Tortura? Pero en prisión algunas preguntas están prohibidas. Sin saber por qué, imaginé una cena navideña, en la pierna de cerdo perforada con un cuchillo para que la salsa penetre. Esta imagen absurda, doméstica, fue lo único que encontré para entender lo que estaba viendo.

Mientras pensaba en esto, también pensé en la ausencia de las relaciones humanas dentro de una celda. Y lo del Doc me lo confirmaba. La intuición de que convivir no es lo mismo que conocerse, y compartir el aire no implica compartir la vida.


Parecía absurdo pero en 12 metros cuadrados la intensa cotidianidad se vuelve una lupa implacable. En pocos días puedes ver los defectos o virtudes de los otros: el que ronca, el que roba, el que miente, el que limpia, el que no emite un solo mal olor. Pero todo eso pertenece a la superficie. A las actitudes externas, no a las internas. A las de acción. A los hábitos. Nunca al pensamiento. Nunca al fondo.

Les cuento que lo único que sabía de El Doc eran sus apellidos porque los decían en el pase de lista diaria de la prisión y eso era demasiado. Y digo lo único porque en los dormitorios donde conviven internos que trabajan para el propio sistema penitenciario existen reglas invisibles pero inquebrantables.

Nunca preguntes. Nunca indagues. Nunca quieras saber. Códigos que nadie escribe pero la mayoría obedece. Nunca debes preguntar directamente a un compañero qué le pasó, a qué se dedicaba en la calle, por qué delito viene y, mucho menos, si es inocente o culpable. La curiosidad, ahí adentro, es una forma de sospecha. Y la sospecha se puede convertir en una sentencia.

Una sociedad de silencios en prisión

La convivencia entre internos es limitada
Un único acto le dio un apodo al interno que lo acompañó durante el resto de su reclusión | Milenio


“No te enteres”
, decían hace diez años cuando me tocó estar en ese dormitorio del Reclusorio Varonil Norte. Era una consigna pero también una forma de protección. Una complicidad muda entre hombres que comparten el encierro pero no la historia. Es una sociedad de silencios. Nada que ver con la vida afuera, donde conocer es casi un requisito para confiar. En la cárcel, en cambio, el desconocimiento es la única manera de coexistir. Ahora que lo escribo, lo entiendo mejor: en cinco años de prisión nadie me preguntó qué hice para estar en prisión. Nadie.

Bueno… casi nadie. Recuerdo a uno. El único que rompió la regla. Tenía poder. Un estatus que lo colocaba por encima de los demás. Fue el primer día que llegué al área de Población, ese lugar a donde van a parar los que no saldrán pronto. Era un capo de dormitorio y cuando le dije que me dedicaba a escribir historias, me respondió así: “Te voy a investigar y si no es cierto vas a bailar”. En ese momento no entendí del todo. Con el tiempo sí.

Pero vuelvo a la historia del tasajeado, la de El Doc. Lo único que yo conocía de él también era el origen de su apodo: una vez inyectó a otro interno y con eso bastó para que lo bautizaran así. Nunca lo escuchamos hablar de medicina. Trabajaba en el almacén donde se concentraban los insumos que llegaban al penal; él y su gente los redistribuían y vendían a los internos de manera clandestina, siempre con la “bendición” de las autoridades del penal.


Cuando estaba de buen humor (porque era voluble, lo que ahora llaman bipolar) mostraba un rollo de billetes que a propósito ponía sobre su camarote, como quien presume un trofeo, para que todos los vieran. Invitaba y mandaba a comprar comida, refresco, frituras para todos. Hacía planes para arreglar la celda. “Ustedes olvídense, yo traigo la pintura, brochas, lo que se necesite”, decía. Esa era su manera de imponer su autoridad.

Del Doc sabía por la convivencia que era exigente en la limpieza, pero era el más sucio de la celda, se lavaba los dientes y se sonaba la nariz y dejaba los restos flotando en una vasija que nunca vaciaba. Tiraba su basura en la cubeta de los trastes. Imponía normas pero él no las cumplía.

Los días malos que parecían ser la mayoría, llegaba directo a su camarote y sin responder saludos cerraba su cortina. Cuando llegaba de buen humor me daba palmaditas en la espalda. Si te atrevías a hacer alguna pregunta sólo obtenías una mirada profunda como respuesta. Eso era todo. Ese era El Doc.

La ausencia de El Doc se notó.
Los demás habitantes de la celda se entaron de la liberación de 'El Doc' únicamente por su ausencia en la celda | Milenio


Y aun así, cuando se fue dejó un hueco. Se fue libre un día de visita. Nadie lo notó. Su camarote permaneció cerrado como si aún estuviera ahí… quizá poco a poco se había ido llevando sus cosas o regalándolas. Y fue hasta la mañana siguiente que nos dimos cuenta de su ausencia total. Nunca se despidió. Nunca dijo una sola palabra sobre su libertad. Cuando ví esa vaciedad. La sentí por fuera, pero también por dentro. Era una forma abrupta de irse, incluso grosera. Es como si hubieras vivido intensamente con alguien que nunca estuvo en tu vida.

A pesar de todo, recordé las primeras palabras que El Doc me dijo cuando llegué al Dormitorio 8: “aquí no se pregunta de dónde vienes, ni a dónde vas, ni qué hiciste, ni que te hicieron. A nosotros [refiriéndose a él y a otros cinco compañeros] no nos interesa nada de lo que hayas hecho tú, ese es tu problema”.

Tenía razón. Con el tiempo comprendí que en la cárcel la información es un arma y el silencio un escudo. La discreción era muy valiosa, te protege, porque aquí todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra. Y otra cosa muy importante, como muchas de las veces no sabes claramente con qué persona estás hablando o durmiendo (me refiero al perfil criminal), en el mismo espacio te debes cuidar a tí mismo y con eso también cuidas a tu familia de pasar un mal momento. Si tienes una riña y llegan a saber dónde vivías, en la calle alguien podría acercarse a tus familiares para hacerles daño.

Decir que vienes de tal barrio o colonia resulta contraproducente, y mucho más decir que conoces a fulano o a zutano se vuelve más riesgoso. No sabes si los contactarán para obtener más información de ti o de tu familia. Tampoco sabes si los que dices conocer son o fueron enemigos de los que te están escuchando en prisión.

En prisión la información es un arma y el silencio un escudo

Durante su estadía, el autor despidió a varios compañeros de celda ya sea por liberación o traslado
Durante su estadía, el autor despidió a varios compañeros de celda ya sea por liberación o traslado | Milenio


También saber demasiado puede costarte caro. Puede exponerte. Nunca sabes quién escucha, quién anota, quién conecta hilos. Además hay algo más riesgoso aún: entre más sepan de ti o de conocidos tuyos en las calles, alguien podría conseguir un número de alguien de tu familia y se lo darán a los extorsionadores de la cárcel para sacarle dinero a tu familia. Por eso uno aprende a callar. A no preguntar. A no saber. Pero el precio es alto. Porque también aprendes a encariñarte con sombras. A compartir la vida con desconocidos. A perderlos sin duelo final, sin despedida, sin cierre.

Lo mismo que ocurrió con El Doc, lo sentimos con Cruz: una tarde llegó diciendo que se había enterado de que lo iban a trasladar a otro penal. Ya era de noche.

—Ya me voy carnales pero a otro penal —dijo y abrió su camarote, tomó papel higiénico y fue directo al baño.

Salió, se sentó en el camarote pensativo, quieto. Como esperando algo que ya sabía. De pronto se levantó y comenzó a cambiarse rápido como si alguien le hubiera advertido en silencio: “ya vienen por ti”. Minutos después se escuchó la voz de un custodio que decía su nombre, se abrió la celda y nunca más lo volvimos a ver.

Además del Doc y de Cruz, vi a varios irse así.


Quizá en las calles, en la vida fuera de la cárcel, te puedes acercar a las personas y, si hay oportunidad, sin temor a nada, les puedes preguntar qué les pasó, qué hicieron. O viceversa. A lo mejor en el caso de El Doc hubiera podido contar una experiencia de vida: o lo estimas, o lo compadeces o lo odias. O lo comprendes más, como ocurre normalmente con las relaciones humanas.

Pero que la gente se vaya sin más resultaba doloroso. Y a pesar de no conocer lo profundo de cada ser, se vivía un duelo porque realmente era como si esa persona muriera. Cada que alguien se iba, ya sea libre o por traslado, algunos comenzaban a decir que el liberado o trasladado era buena persona, pero sabían que era muy seguro que no lo volverían a ver: nadie, salvo muy contadas excepciones, dejaba algún número.

Siempre, siempre, que alguien se iba, había un largo silencio, y cada quien en la intimidad de su camarote sufría la pérdida del que pudo haber sido un amigo.


GSC/ATJ

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Alejandro Suverza
  • Alejandro Suverza
  • Relator callejero. Cronista mental y grafológico. Productor de contenido para documentales.
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