DOMINGA.– Antes de llegar ahí había escuchado esa palabra –rancho– en los barrios de la Ciudad de México, en las conversaciones de sobremesa en las que se habla en voz baja, y en las cárceles en donde entrevisté a distintos personajes. Pero la primera vez que tomé verdadera conciencia fue cuando me lo comí, sentado en la zona de ingreso del Reclusorio Preventivo Varonil Norte, ya como interno, como preso, como recluso, una sombra más de aquel lugar que devoraba identidades.
Siempre me gustó escribir esa palabra en mis textos, quizá porque producía un efecto inmediato: colocaba a la persona entrevistada en su contexto. Bastaba nombrarla para que se entendiera que ese individuo tenía historia carcelaria. Era una palabra que contenía mundos enteros.
Aunque etimológicamente rancho se refiere a personas que se reúnen para comer algo, la Real Academia dice que se refiere a la comida de soldados y presos. Y como yo ahora estaba preso y no quisiera aceptarlo del todo, también me nombraba a mí. Ya no era sólo un término: era un espejo.
Por eso pensé que esa comida de cárcel –ese rancho áspero y sin gloria– merecía un espacio en mis escritos, porque no sólo definía a una persona, sino que arrastraba consigo un vocabulario entero: hambre, necesidad, pobreza, aceptación forzada, impotencia, robo, corrupción, desigualdad, ingenio, supervivencia.
Rancho era una biografía colectiva sumergida en un guiso horrible. Escribir sobre esto había sido placentero mientras yo no pisaba prisión; pensar en él desde la distancia era casi un juego antropológico. Pero comerlo –digerirlo de verdad, con todas sus letras, con su olor, su textura incierta, su historia dudosa– era otra cosa.
Recuerdo abril de 2011: estaba sentado en el piso frío de una celda cuando un compañero me acercó el plato. Lo observé como quien analiza una amenaza. En el fondo del recipiente había un caldo turbio, una especie de acelga flotaba como un náufrago cansado, y bajo la superficie se asomaba un cuadrado de papa.
“Ah, un consomé calientito”, pensé, con esa ingenuidad que a veces nace del hambre. No debí probarlo. El sabor era un golpe seco, una mezcla de nada con nada y una pregunta inmediata sobre su origen.
Durante esos primeros días decidí anular el rancho de mi vida: le pedía a mi madre que me llevara tortas o comida para meter en bolillos y sobrevivir sin sacrificar el paladar. A veces compraba algo en los puestos improvisados que los internos del Reclusorio Norte montaban entre pasillos y rincones.
En aquel entonces creí en la buena voluntad. “Somos muchos –en 2011 éramos más de 11 mil presos—, no alcanza para todos”, pensaba. Pero aunque lo evitaba, siempre me enteraba de lo que habían dado de rancho.
El famoso Huevo Radioactivo –huevo inflado con harina en agua verde–, el atole con bolillo o el café aguado como calcetín exprimido; el temido Gato Molido, carne picada incomible; la carne de puerco nadando en un caldo transparente donde rara vez alcanzaba la porción prometida; salchichas que parecían tallos marchitos; mole con pollo diluido hasta la agonía, con huacal o ala y unos cuantos trocitos miserables de pechuga; carne de soya repudiada por todos; lentejas –las menos peores–, y los eternos frijoles y arroz para llenar el estómago.
Pero todo carecía de sabor, de alma, de lo que recordara que aquello alguna vez fue comida. No había ajo, no había casi casi nada de jitomate o tomate, no había especias, no había intención.
El movimiento de la comida en el reclusorio
Con el tiempo empecé a trabajar en el área de talleres, un espacio privilegiado dentro de lo posible, sobre todo porque en la cocina laboraba el compañero de celda del jefe de mi taller, y ese vínculo nos regalaba cubetas repletas de carne de puerco o de pollo, según el día. Así fue como conocí la cocina del penal.
Quería entender cómo diablos se cocinaba para miles y por qué la comida no era nada buena. Vi los enormes calderos que parecían ollas de presión gigantes y se inclinaban sobre un eje para vaciar torrentes de comida. Vi el abasto de insumos, interminable en apariencia. Y como colaboraba escribiendo para la gaceta del Reclusorio Norte, para un artículo pedí autorización para saber cuánta materia prima se necesitaba para alimentar a los más de 11 mil internos diariamente.
Meses después, el empleado me dio un sí finalmente: me dijo que la empresa encargada del suministro era La Cosmopolitana. Empezó a soltar cifras: “Dos toneladas y media de jitomate –o tomate, según el día–, una tonelada de cebolla…”. Apenas me acomodaba para escribir cuando alguien entró a la oficina, le hizo una seña discreta y el hombre salió. Al regresar, dijo: “Esa información no se puede dar”. Agradecí y me retiré: había entreabierto una puerta que no debía cruzarse, pero me quedé con la duda de por qué si había tal cantidad de insumos comprobados por la boca del que acababa de entrevistar y por mis propios ojos, la comida era tan simple.
Para ese momento el rancho ya era parte de mi vida. Lo había resistido, lo había odiado, lo había rechazado; pero terminé aceptándolo no por gusto, sino para evitar que mi madre y mi hermano siguieran cargando bolsas pesadas rumbo al penal. Llevábamos demasiado tiempo en esto. El rancho dejó de ser enemigo y se volvió aliado. En la celda lo comprábamos, lo cocinábamos, lo mejorábamos. Le poníamos jitomate, tomate, zanahorias, cebollas, cilantro, chiles. Hacíamos una versión remendada de dignidad.
Desde mi aceptación puse más atención al movimiento de la comida en el Reclusorio Norte. Se podía negociar con la cocina para obtener cubetas de carne. Podías comprar una por 80, 100 o 150 pesos. Otros internos recorrían pasillos y dormitorios ofreciendo cubetas con carne, pollo, pescado, o verduras: jitomate, papa, tomate, lechuga, chiles. Era un ejército de cocineros saqueando la cocina con autorización implícita, por eso en la cocina no dejaban insumos. Con 100 pesos comprabas una cubeta llena de vegetales.
Todo dependía de la comida del día: el comercio era legal por fuera, ilegal por dentro, una especie de mercado flotante que se adapta como el agua.
Para quienes tenían recursos o un trabajo interno, existían más opciones para alimentarse. Si te quedabas con hambre, aún venían los “cubeteros” de funcionarios: vendían, de manera ilegal, la comida destinada al personal del penal. Mole con pollo, espagueti con pechuga, cerdo en salsa verde, pollo a la mexicana, caldo de pescado. Esos platos sí tenían ajo, tomate, sabor. Muslos enteros, piernas, trozos generosos de pechuga.
El carrito que reparte cubetas de carne
Recuerdo que alrededor de la una de la tarde salían 16 carritos de comida ya preparada rumbo a cada dormitorio. Una vez seguí a uno. El ‘ranchero’ y sus ayudantes empujaban y atracaban pero nunca se detenía, era como una misión de película. Recordé alguna de Fast and Furious –no sé cuál– donde roban una pipa en movimiento. Algo así pasaba aquí, pero con carne y pan. Un ayudante recibía cubetas y las llenaba de carne para esconderlas en la parte baja del carro.
Otro sacaba una bolsa negra y extraía pan para entregarlo a alguien que se perdía entre la multitud. Mientras tanto, el ‘ranchero’ principal empujaba el carrito por el Kilómetro, ese pasillo interminable que conducía a todos los dormitorios. Cuando llegaba al lugar asignado, las entregas clandestinas se repartían a los internos que las encargaban anticipadamente.
Pero mientras el carro se acercaba al dormitorio, la movilización del hambre empezaba. Los internos salían de sus celdas con trastes, jarras, platos, charolas, tuppers, vasos. Los de las partes altas bajaban corriendo las escaleras y los de abajo corrían a la explanada a formar una fila inmensa.
“El que alcanzó, alcanzó”. Ahora entendía completamente el por qué de la escasez de comida y de la falta de insumos para sazonarla.
Aun así, en la explanada del dormitorio, el carrito manejaba la fila como si tuviera voluntad propia. Si se movía a la derecha, toda la fila –esa serpiente humana– se movía a la derecha; si se movía a la izquierda, todos iban hacia allá. Decenas de compañeros, algunos con más hambre que fuerza, defendían su lugar como si se tratara de la vida misma. Muchas veces había heridos por la comida.
Muchas veces me formé en esa fila, pero también pensé si realmente valía la pena arriesgarme por algo que llegaba completamente saqueado, allanado.
Durante mis primeros días en prisión, no fui consciente del valor de la comida de mi madre. El impacto de estar encerrado ocupaba cada rincón de mi mente. Con el paso del tiempo poco a poco comprendí que en este contexto una sopa o un guisado de ella eran como unas palmaditas en la espalda o una caricia de amor inolvidables.
GSC/ATJ