DOMINGA.– Los primeros que se dieron cuenta que algo olía extraño en aquel cargamento fueron los perros de la Secretaría de Marina. Mandy, una belga malinois, hizo el primer marcaje al olfatear y sentarse muy quieta frente dos enormes contenedores –jamás ladró, como sucede en las películas– y la secundó Tomás, un pastor alemán. Bastó ese discreto movimiento para que los marinos encendieran las alertas: un posible flete de drogas había llegado hasta su base de trabajo, en la terminal de contenedores del puerto de Progreso en Yucatán.
Lo más sencillo hubiera sido abrir las cerraduras de ese par de contenedores con la bandera de la República de las Islas Marshall , un país insular ubicado en Oceanía, pero estaban sellados al vacío. Y peor aún: formaban parte de varios contenedores en cadena fría, es decir, productos cuya baja temperatura no puede modificarse o se pone en riesgo la calidad y seguridad del producto.
Si los marinos abrían los contenedores, y los perros habían fallado en la detección de droga, el puerto tendría que hacerse responsable de la pérdida de millones de pesos en mercancía descompuesta.
Sólo quedaba corroborar las sospechas con rayos X, así que los dos contenedores fueron trasladados hasta un arco detector con la delicadeza necesaria para no alterar los 27 grados bajo cero que debían mantenerse a toda costa. Tras el escaneo, la radiografía despejó cualquier duda: había decenas de tiburones congelados que en su interior llevaban láminas recubiertas con cinta adhesiva. En la descripción del producto se leía que esa sustancia era un conservador para su posterior uso en gastronomía de lujo, pero los agentes ya intuían el verdadero contenido.
Los marinos entraron al contenedor, descargaron y destazaron a los tiburones desde las branquias hasta las aletas caudales. Entre vísceras y cartílago encontraron decenas de “ladrillos” con polvo blanco hasta sumar 750 kilos de cocaína. El hallazgo se trasladó a una bitácora con una fecha exacta: 16 de junio de 2009.
Las investigaciones posteriores arrojaron que los dueños del cargamento perdido era el Cártel de Sinaloa, que el año anterior había entrado en una guerra interna tras la separación de los hermanos Beltrán Leyva. Necesitaban dinero para la guerra y estaban en modo creativo: traficaban cocaína en latas de chiles, plátanos, peluches y hasta estatuas religiosas. Y por lo visto en el interior de tiburones.
La noticia llegó hasta los medios internacionales por lo inusual del escondite. Y entre los marinos y agentes federales se leyó como una buena noticia: la “guerra contra el narco” declarada por el entonces presidente Felipe Calderón llevaba apenas 19 meses y, creyeron, el entonces cártel más poderoso del país ya estaba en problemas, pues tenía que recurrir a métodos absurdos para mantener el flujo de cocaína, que parecía ser desplazada por las metanfetaminas y otras drogas sintéticas hechas con precursores químicos provenientes de Asia.
Los tiburones congelados, se pensó, eran la muestra de la decadencia del imperio de la cocaína. Los estertores de un negocio que había llegado a su cumbre en los años ochenta y noventa. La droga de la élite se volvía plebeya. El polvo blanco que movía al mundo ahora parecía envejecer sin dignidad.
Todos esos pronósticos de hace veinte años se estrellaron con la realidad: hoy la cocaína sigue siendo la monarca de un imperio que no parece tener fin.
La cacería de Estados Unidos por la cocaína
La cocaína, como los capos de las drogas, tiene muchas actas de defunción. La desahucian, declaran su muerte y luego resucita. El polvo blanco que entra por las narices de millones bien podría ser, en realidad, cenizas del Ave Fénix.
Para hablar de su muerte primero hay que traer al presente su nacimiento: es un alcaloide de la planta de la coca (Erythroxylum coca), que fue aislado por primera vez en 1859 por el químico alemán Albert Niemann, quien impulsó su comercialización en 1882 como un medicamento en Estados Unidos enfocado en el dolor odontológico. Una paradoja vista desde la mirada actual: calmaría el dolor personal a cambio de la violencia grupal. Sin embargo, el verdadero descubridor de sus propiedades analgésicas fue el padre del psicoanálisis Sigmund Freud.
“Inicialmente, la probó él mismo y comprobó una mejoría en su estado depresivo, además de una mayor seguridad y capacidad de trabajo. En el transcurso de sus ensayos, comprobó que la lengua y los labios quedaban insensibilizados después de haber consumido cocaína, así como que calmaba los dolores de la mucosa bucal y la gingivitis”, escribió Cecilio Álamo, catedrático farmacológico.
La cocaína se usó entonces como un medicamento eficaz para las molestias e, incluso, como suplemento contra la fatiga. Se incluyó en bebidas energizantes como el vino Mariani o las primeras formulaciones del refresco de cola, que se promovía como un trago medicinal, intelectual y para el temperamento. Pero su poder adictivo rápidamente salió a la luz y las empresas abandonaron sus recetas originales, temiendo sanciones por arriesgar la salud de sus consumidores.
Surgió así el primer intento de homicidio de la cocaína: la Convención Internacional del Opio de La Haya, que en 1912 incluyó restricciones a las derivaciones ilícitas de morfina y opio. El primer tratado global contra los narcóticos pretendía restringir estas fórmulas al campo medicinal, pero la llegada de la Primera Guerra Mundial arruinó el objetivo final. Un mundo en guerra siempre necesitará drogas que alivien el dolor y que aceleren el sistema nervioso central.
Luego, vino la segunda muerte de la cocaína: la Segunda Guerra Mundial. La heroína y las anfetaminas parecían dominar el mercado de las drogas. La cocaína ya no era una droga popular. Los especialistas dictaron, de nuevo, su salida del mundo: para 1950 la ONU impuso su uso terapéutico por debajo de las dos toneladas y, en 1961, la prohibición se consolidó con la Convención Única sobre Estupefacientes.
Pero la cocaína sobrevivió. Su consumo mantuvo un bajo perfil en los años setenta frente a los alucinógenos y ganó fuerza en los ochenta y noventa, cuando alcanzó su mejor momento en el siglo pasado. Los cárteles colombianos, como el de Medellín y Calí, industrializaron el envío de polvo blanco hacia Estados Unidos. Las cadenas de droga iban de Perú y Bolivia a la refinación en Colombia para luego parar en México hasta llegar a ciudades ricas, como Miami o Los Angeles.
La cocaína “lavada” iba a los barrios ricos; el residuo, llamado crack, a los barrios negros y latinos. Nada se desperdiciaba. Faltaban narices en Estados Unidos para despolvar antros, bares, fraccionamientos, hoteles, escuelas, hospitales, iglesias.
El gobierno de Estados Unidos emprendió una brutal cacería contra quien designaron el enemigo número uno, el zar de la cocaína, Pablo Escobar. Y tras un asedio en coordinación con el presidente colombiano Ernesto Samper, la ofensiva culminó con su muerte en 1993. La Casa Blanca celebró su caída como la fractura del tráfico de cocaína. Tercera acta de defunción. En realidad, lo único que hizo la DEA fue fragmentar el negocio y darle mayor poder a los cárteles mexicanos y capos como Joaquín El Chapo Guzmán. “La caspa del Diablo” no dejó de cubrir el continente.
La cuarta acta de defunción de la cocaína ocurrió en la llamada “guerra contra el narco” en América Latina: Estados Unidos invirtió millones en el Plan Colombia en el año 2000 y luego en la Iniciativa Mérida en México en 2008. El esfuerzo militar, más un despliegue inédito de tecnología y fumigación de campos agrícolas, resultaría en la muerte de la cocaína. Y aunque los esfuerzos fueron intensos, la cocaína prevaleció: El Chapo llegó a la lista de la revista Forbes y el Cártel de Sinaloa se expandió por el mundo, desde Canadá hasta España.
La última gran esperanza vino con los opioides, una crisis marcada en 2015: las drogas sintéticas suponían que “el pase” perdería relevancia. La atención mediática y policial se fue hacia el fentanilo, y mientras el mundo estaba distraído Colombia alcanzó récords históricos con el cultivo de cocaína. De vuelta, las apuestas fallaron.
Decomisos históricos de cocaína porque el consumo es mayor
El 27 de julio de 2022, la policía de la Ciudad de México anunció el mayor decomiso de cocaína en la historia de la capital: mil 680 kilos que habían llegado al país desde Puerto Escondido, Oaxaca, y que fueron interceptados en el Anillo Periférico antes de que llegaran a Tepito y fueran enviados hacia la Costa Oeste de Estados Unidos.
Tres años más tarde, en 2025, el gobierno de México presumió un decomiso también histórico: 4.2 toneladas de cocaína habían sido incautadas en dos operativos realizados por la Secretaría de Marina en las costas de Guerrero. Hasta este marzo, la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum acumula más de 60 toneladas de cocaína interceptadas, un número récord. No hay sexenio con esas cifras.
En febrero de este 2026, el presidente colombiano Gustavo Petro anunció un decomiso histórico para su país en colaboración con fuerzas de seguridad mexicanas, francesas y salvadoreñas: 17 toneladas. “Creo que es el mayor decomiso en un sólo día de la historia del tráfico ilegal de cocaína”, aseguró Petro.
Lo mismo ha dicho Canadá: el 21 de enero de este año, la Policía aseguró la incautación de 835 kilos de cocaína con un valor cercano a los 83 millones de dólares. El cargamento, aseguró el jefe policiaco Myron Demkiw, era propiedad del Cártel Jalisco Nueva Generación. Costa Rica, Alemania, Francia… todos presumen decomisos históricos ante una realidad innegable: la cocaína no sabe perder terreno. Decomisan más porque su consumo es mayor con los años.
La cocaína crece por tres factores, según los expertos de la Interpol y de la DEA: primero, durante la última década la superficie para cultivar hoja de coca ha alcanzado niveles históricos debido a los altos precios atractivos para los agricultores y su adaptación las campañas de erradicación; segundo, aunque Estados Unidos sigue siendo un destino importante, el crecimiento más dinámico está en Europa, donde los precios son más altos y el poder adquisitivo permite sostener una demanda creciente.
Pero lo más importante es el tercer factor: la normalización cultural del consumo. A diferencia de los opioides, asociados con imágenes denigrantes como los zombies que deambulan en las calles por consumo problemático, la cocaína mantiene una reputación que oscila entre una droga recreativa vinculada al ocio nocturno y al éxito económico. Una droga que hace rendir largas jornadas de trabajo no tiene el estigma del fracaso o la flojera y contribuye a una demanda relativamente estable, especialmente en entornos de alto ingreso, donde la policía no quiere hacer operativos por miedo al costo político.
El informe más reciente de Naciones Unidas confirma lo que en los territorios ya se percibe desde hace años: la cocaína vive su mayor expansión contemporánea. Estos son sus tiempos dorados: de droga VIP en Estados Unidos y Europa ha pasado a narcótico común en América Latina, África y Asia. La producción global ha superado las 3 mil 700 toneladas de 2023 con un crecimiento calculado de 3% anual.
Un salto que no responde únicamente al aumento de cultivos de coca, sino también a una mayor eficiencia de los laboratorios clandestinos y a mejoras en los rendimientos de la hoja. La tecnología sirve para 25 millones de usuarios recurrentes en el mundo, una clientela diaria que ya quisieran las principales empresas legales del mundo. La demanda exige una diversificación geográfica y logística, nuevas rutas, mejores intermediarios y más mercados finales.
Cuando un mercado logra expandirse simultáneamente en producción, transporte y consumo, se vuelve extraordinariamente resistente a cualquier prohibición. Y ese es el secreto de la cocaína: una vez alcanzada una escala inédita, parece invencible.
Hay decomisos históricos, incautaciones imposibles, millones de dólares usados para frenar la cocaína… y cada esfuerzo parece fortalecer a ese polvo blanco que descoloca al mundo. Su historia es la de una promesa que nunca se cumplió: gobiernos, policías y tratados internacionales han proclamado su muerte o declive, pero este un negocio mundial, no expira, se adapta, logrando sobrevivir a todos sus funerales anunciados.
GSC / MMM