Policía
  • Cuatro toneladas en la hielera: el barco que desnudó la red marítima del Cártel de Tijuana

La organización delictiva encabezada por los hermanos Arellano Félix operó rutas marítimas para el tráfico de cocaína | Antonio Texta

En abril de 2001 un viejo tiburonero fue interceptado con casi cuatro toneladas de cocaína. De sus bodegas salió, años después, el mapa de cómo los Arellano Félix metían droga por el Pacífico.

DOMINGA.– Tolteca I, un barco tiburonero, soltó las amarras el 16 de marzo de 2001. Era temprano cuando salió del Puerto San Carlos, en Baja California. Antes de enfilarse mar adentro, debían recoger un nuevo regulador de velocidad en Los Cabos, que unos días antes había comenzado a fallar. La embarcación con doce tripulantes al mando del capitán José Carlos Gutiérrez, a 9.8 nudos de velocidad, salió un día después con destino al Pacífico. Los pescadores recuerdan que a las nueve de la noche hicieron el primer lance, con el que sólo capturaron seis tiburones. Ocho días estuvieron en el mar y la pesca hasta entonces había sido un fracaso.

Pero el 24 de marzo la pesca sería el menor de sus problemas: el babor, el lado izquierdo de la embarcación, empezó a calentarse, y el barco quedó a la deriva. Los jefes de máquinas, Amador Hernández y Santiago Vázquez, intentaron repararlo pero se dieron cuenta que el problema era más grave de lo que creían: el pistón, una pieza dentro del motor, estaba roto. Así que en seis días la embarcación quedó sin energía eléctrica. Dejaron de funcionar todos los sistemas internos, como la refrigeración, las planchas para cocinar, el sistema de agua dulce, etcétera. “Nos encontrábamos en una situación grave”, dirá meses después el capitán.

La embarcación presentó fallas técnicas.
Las fallas técnicas de la embarcación comenzaron a presagiar la caída de la operación | Especial


Así estaban cuando el 31 de marzo de ese 2001, a las 8:11 de la mañana, recibieron un llamado por radio de otro navío. Era un buque estadounidense, el Rodney M. Davis, que había peleado en la Guerra del Pacífico y ahora la Marina lo utilizaba para misiones en mar abierto. “Hicieron preguntas relacionadas con la documentación del barco [...], con el número de tripulantes”, contará el capitán. Los estadounidenses sin mayor explicación dijeron que iban a abordar la embarcación.

Los tripulantes del Tolteca I no supieron qué hacer. Siete elementos de la Armada de Estados Unidos subieron portando armas de fuego cortas y largas. Pusieron a todos en la proa mientras tres de ellos vigilaban y los cuatro restantes inspeccionaban el barco. Los marineros mexicanos nunca habían visto los aparatos que usaban los estadounidenses: les iban pegando unas tiritas de papel en el cuerpo, en la ropa y en el barco, y algunos de los estadounidenses al ver su cara de angustia les explicaron de mala gana que servían para detectar si habían tenido contacto con alguna droga. A las nueve de la noche, tras no encontrar nada, el capitán José Carlos Gutiérrez se exasperó y, con la poca autoridad que le quedaba, les ordenó que descendieran de su barco: su situación estaba al borde del naufragio. Podían convertirse en el Titanic en cualquier momento.

Un oficial norteamericano les dijo que no podían hacerlo: ya se habían comunicado con autoridades en México, a quienes externaron sus sospechas de que en el tiburonero se transportaba droga. Éstas pidieron el favor de no soltar a los marineros hasta que llegara un guardacostas mexicano. “¡Deja descansar a mi tripulación en sus camarotes, no son animales!”, le gritó el capitán en respuesta.

La embarcación operaba para el Cártel de los Arellano Félix
Autoridades estadounidenses alertaron a una fragata mexicana sobre la posibilidad de que en el buque tiburonero se transportaba droga | Especial


Los estadounidenses los acompañaron a su camarote y permitieron que el Tolteca avanzara hacia aguas mexicanas. En costas mexicanas fueron interceptados por el buque fragata Hermenegildo Galeana, de la Armada de México.

Finalmente, el 2 de abril llegaron a los muelles de la Armada en Manzanillo, donde la tripulación fue revisada nuevamente. A diferencia de los norteamericanos, los mexicanos encontrarían residuos de droga en el camarote del cocinero, en la cocina y en el pasamanos del barco. Aún hoy se desconoce por qué, a pesar de que las pruebas fueron positivas, la PGR decidió no ejercer acción penal contra los sospechosos, bajo el argumento de que el plazo para consignarlos ya había vencido. Entonces incluso la Secretaría de la Marina dijo que “le resulta sumamente sospechosa la actitud de los agentes del Ministerio Público”.


Doce días después, las autoridades mexicanas encontrarían en un doble fondo en los frigoríficos del barco la mayor cantidad de cocaína en altamar en la historia de México: cuatro toneladas de cocaína pura. Años más tarde dos testigos protegidos revelarían que la droga había sido cargada en aguas internacionales desde Colombia y la operación fue orquestada por el Cártel de Tijuana, por entonces el más poderoso, comandada por los hermanos Arellano Félix.

Esta es una colaboración de ARCHIVERO para DOMINGA que reconstruye esta historia gracias a expedientes olvidados. Casos como este revelan que en México la verdad siempre está en obra negra.

El doble fondo del Tolteca I

La embarcación transportaba en realidad cocaína para el cártel de los Arellano Félix.
Bajo la fachada de buque tiburonero, la embarcación trasladaba cuatro toneladas de cocaína | Especial


Los capitanes Rufo García y Héctor Guerrero Yáñez, del grupo de comando de la decimocuarta flotilla naval del Pacífico, con sede en Manzanillo, integraron una comisión para inspeccionar el barco. Iniciaron el viernes 5 de abril de 2001 por la proa y la parte delantera del buque. Siguieron con las cocinas, el comedor y una bodeguita. Finalmente llegaron a los cuartos frigoríficos, un área de cuartos fríos con hielo, bodegas de víveres y, en este caso, los congeladores donde guardaban los tiburones pescados en altamar.

Durante doce días buscaron en cada rincón hasta que el 11 de abril, a las tres de la tarde, empezaron a remover el hielo apilado en esa zona. Fue entonces cuando a un integrante del operativo le llamó la atención los tornillos: los de esa parte del barco eran nuevos y aún brillaban. Al quitarlos se encontraron con un mamparo, una pared vertical sobrepuesta y fijada con plastiacero, que no debía estar ahí.

“Por la situación en que trabaja cualquier buque y el medio en que se desenvuelve, no era normal”, recordó después. Al retirarla salió toda la mercancía: 170 bultos enormes envueltos en plástico gris. El capitán Rufo García tomó un cuchillo y rompió el plástico de uno de los paquetes. Adentro había más paquetes pequeños. Acercó el polvo blanco a la nariz y supo que era cocaína. La Armada de México lo admitiría después ante un juez: en ese entonces no contaban con buques dedicados a buscar narcotráfico en el mar.


Cuando por fin la sacaron, contaron poco más de cuatro toneladas de cocaína con un grado de pureza impresionante, de acuerdo a los expedientes judiciales de la causa penal 156/2001. Sin embargo, para ese momento, los marineros habían sido liberados por dos ministerios públicos. No los detuvieron bajo el argumento de que el plazo para consignarlos ya había vencido. Pero el Estado Mayor General de la Armada, capitán de navío José María Pellit, dijo que resultaba sumamente sospechosa la actitud de los agentes. Incluso dijo en una conferencia de prensa del 18 de abril de 2001 que la experiencia de que quedaran libres los doce tripulantes por falta de méritos y que actualmente están prófugos de la justicia debe servirle a las autoridades federales como lección.

El 25 de abril, en medio del escándalo por la fuga de los marineros, Juan José Retes Razo, funcionario de alto nivel Centro de Planeación para el Control de Drogas (Cendro), presentó la detención del Tolteca I como un triunfo de la colaboración con Estados Unidos: la embajada había dado “el aviso del blanco sospechoso” y la Armada mexicana había hecho el resto. También dijo que en aquellos años el Cendro generaba apenas 40% de los reportes que terminaban en detenciones. El otro 60% venía de los gringos.

Raúl y Juan López, dos testigos protegidos del Cártel de Tijuana

La familia estaba al frente del también llamado Cártel de Tijuana
El Cártel de Tijuana, bajo el liderazgo de la familia Arellano Félix, se consolidó como una de las organizaciones criminales más poderosas de México | Especial

Raúl y Juan López se llamaban realmente Óscar Eduardo Gómez Angarita y Sergio Rodríguez Tapia. Habían sido integrantes del cártel de los Arellano Félix, el Cártel de Tijuana, y se habían vuelto testigos protegidos. Desde el anonimato hundieron, declaración tras declaración, a toda la estructura marítima de la organización.

Lo que contaron, leído hoy en los expedientes, es la cartografía del negocio. Aseguraron que la cocaína venía de Colombia y se entregaba en alta mar, en aguas internacionales, “a la altura de Oaxaca”. Los barcos mexicanos se encontraban con los barcos colombianos y, de cubierta a cubierta, pasaban el cargamento. De ahí, las lanchas se dirigían hasta las costas de Michoacán, la droga avanzaba por tierra a la sierra de Tepalcatepec, y en pistas de aterrizaje arregladas con militares salían aviones hasta Ensenada. Cinco toneladas por viaje movían, en promedio. Las operaciones se hacían siempre en barcos con permisos de pesca que les servían como tapadera. Además, revelaron que los barcos “se descomponían” en altamar y había que rescatarlos con todo y cargamento, “sin que alguna embarcación de la Armada hubiera hecho algo en su contra”.


Juan López
 tenía una labor dentro de la organización: controlar a la Armada. Su trabajo era conseguir, por sus contactos en la Marina, la posición de las fragatas y las corbetas, y pasársela a los capitanes de los barcos para que esquivara la intercepción. Por cada viaje cobraba hasta cuatro mil dólares. Raúl, por su parte, manejaba el dinero y la logística: coordinó embarques de mil 800 y 2 mil 200 kilos, se entendía por radio con los capitanes desde una oficina en Ensenada, y movió cerca de un millón de dólares a Panamá y a Estados Unidos a través una casa de cambio.

Fue Raúl quien cerró el círculo. En una de sus declaraciones, que reaparece en la sentencia de Manuel Aguirre Galindo, El Caballo, otro operador financiero del cártel, contó que la organización de Ismael Higuera Guerrero, El Mayel, planeaba montar un negocio de importación de pescado como fachada, y que para eso compró dos embarcaciones: uno se llamaba Paloma, de Mazatlán, y el otro, Tolteca, de Ensenada.

Un marinero que cayó ocho años y medio después

El proceso judicial de los tripulantes del buque tiburonero que transportaba la cocaína tuvieron múltiples deficiencias
El proceso judicial de los tripulantes del buque tiburonero que transportaba la cocaína tuvieron múltiples deficiencias | Especial


A los marineros del Tolteca los detuvieron unas semanas después del hallazgo. El capitán José Carlos Gutiérrez peleó su condena hasta el final. En diciembre de 2009 un tribunal colegiado de Toluca, Estado de México, le negó el amparo y confirmó su sentencia por transporte de cocaína, no por pertenecer al cártel, que eso nunca se les probó. Lo mismo, casi al pie de la letra, les pasó a los demás.

Los jueces, en parte, les creyeron. O mejor dicho, no pudieron desmentir lo esencial. Como el barco había salido del norte y lo agarraron en el sur, en sentido contrario a la ruta del narco, y como nadie pudo probar dónde ni cuándo subieron la droga, el tribunal concluyó que el transporte de cocaína “se verificó al menos” desde el punto donde los interceptaron, “y no a partir del puerto de salida, pues éste se trata de un dato menos certero”. Traducido: sabemos que el barco llevaba cuatro toneladas, no sabemos de dónde salieron ni a dónde iban. Quedaba probado el transporte. Nada más. Ni de quién era la droga ni para quién. Sobre el papel, el Tolteca era un misterio flotante: un barco de una pesquera fantasma, lleno de cocaína, navegando en sentido contrario al sentido común.

Por el buque fueron procesados pocas personas.
Las sanciones por el tráfico de cocaína en el buque tiburonero llegaron años después y a medias para los involucrados | Especial


Otro de los tripulantes del Tolteca no estuvo presente en ese proceso. Lo detuvieron el 17 de noviembre de 2009, ocho años y medio después de aquel abril en Manzanillo. Lo sentenciaron a once años, once meses y siete días de prisión por transporte. En 2017 otro tribunal de Toluca le negó el amparo. El mar tiene su tiempo y la burocracia el suyo: a este hombre lo alcanzó casi una década más tarde por subirse a un barco averiado en el año 2001.

Los testigos que hundieron al cártel de los Arellano Félix corrieron suertes distintas. Juan López, Sergio Rodríguez Tapia, el que sabía dónde estaban las fragatas, está hoy preso en el penal del Altiplano. En un expediente de 2019 ya no aparece como el operador que burlaba a la Armada, sino como un interno que pelea por su correspondencia: reclama una circular que le restringe el correo con el exterior, se queja de la comida del penal, pide atención médica por un dolor de estómago que no se le quita.

El mar se las cobra

El Tigrillo fue uno de los últimos líderes del Cártel de Tijuana en ser arrestado.
Francisco Javier Arellano Félix, El Tigrillo, fue uno de los últimos hermanos que encabezaron el Cártel de Tijuana en ser arrestado | Especial


El Tolteca cayó en abril de 2001. Pocos meses antes, en marzo de 2000, había caído su dueño: Ismael Higuera Guerrero, El Mayel, brazo derecho de Benjamín Arellano Félix, detenido por el Ejército en su mansión de la carretera Tijuana-Ensenada. El Mayel intentó alcanzar su pistola. La borrachera no lo dejó. Lo encerraron en el Altiplano, lo sentenciaron en México a dieciocho años y medio, y en enero de 2007 lo extraditaron a Estados Unidos. En diciembre de ese año, ante una corte de San Diego, lo único que dijo antes de escuchar su condena fue: "En nombre de Cristo, pido perdón por mis pecados". Le dieron cuarenta años.

Higuera y su hermano Gilberto, El Gilillo, negociaron: cooperaron contra sus antiguos jefes, los Arellano Félix, y en septiembre de 2021 un juez de California aprobó su libertad supervisada. Hoy, según la revisión de su expediente, viven en Estados Unidos. El dueño del barco que desnudó la red pactó y la libró.


Y queda el jefe del clan. Cinco años después del Tolteca, en agosto de 2006, Francisco Javier Arellano Félix, El Tigrillo, el último de los hermanos en pie, fue capturado a bordo de su yate de pesca deportiva, el Dock Holiday, a unas quince millas náuticas de La Paz, en aguas internacionales, por la Guardia Costera de Estados Unidos. Andaba de paseo. Lo condenaron a cadena perpetua. Después, como El Mayel, como casi todos, cooperó y la perpetua se le redujo a veintitrés años. Los jefes negociaron su libertad en cortes extranjeras mientras en México los marineros enfrentaban su condena.

La fragata que hizo aquel récord, el Rodney M. Davis, fue dada de baja en 2015 y el 12 de julio de 2022 hundida a cañonazos como blanco de tiro en un ejercicio naval frente a Hawái. Hoy descansa en el fondo del Pacífico, en la misma agua por la que persiguió a los barcos de la droga.

La reconstrucción de esta historia se basa en los expedientes judiciales de la causa penal 156/2001, instruida ante el Juzgado Sexto de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales en el Estado de México.


GSC/ATJ


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Laura Sánchez Ley
  • Laura Sánchez Ley
  • Es periodista independiente que escribe sobre archivos y expedientes clasificados. Autora del libro Aburto. Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo (Penguin Random House, 2022).
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