Internacional
  • Damnificados otra vez. La Guaira revive el bucle de una tragedia habitacional

  • Veintiséis años después del deslave de Vargas, un doble terremoto volvió a destruir La Guaira. Miles de venezolanos enfrentan un nuevo éxodo entre ruinas, refugios e incertidumbre.
Portada: Los sismos de La Guaira reviven el bucle de una tragedia habitacional/ AP

DOMINGA.– La Guaira es el lugar de playa y escape más accesible para los venezolanos, pero también el escenario del mayor de los desastres naturales de los que se tenía cuenta. Hasta que el 24 de junio de 2026, un miércoles feriado, una dupleta de terremotos de 7.2 y 7.5 sobrepasó cualquier drama antes visto en esta región que vive el bucle de una tragedia que se repite con más fuerza y más víctimas.

Hace casi veintiséis años La Guaira, también conocida como Vargas, vivió un enjambre de inundaciones y aludes que atraparon a miles de personas. La cifra de muertos y desaparecidos nunca fue clarificada y se habló de entre 10 mil y 30 mil vidas perdidas. Esa fue la puerta por la que entró el chavismo al país caribeño.

La huella de esa tragedia de 1999 ya no se notaba a simple vista, el daño fue reparado, se construyeron nuevos edificios, casas y avenidas, Se restauró lo posible y se crearon espacios atractivos para el turismo. Pero basta escudriñar un poco en las mentes de los que hoy vuelven a estar en la calle, sin hogar, para notar que el dolor y el miedo era un fantasma que rondaba esperando salir a flote.

Veintiséis años después del deslave de Vargas, un doble terremoto volvió a destruir La Guaira. Miles de venezolanos enfrentan otra vez un nuevo éxodo.
Un edificio dañado por los terremotos permanece en pie tres días después de que estos sacudieran La Guaira | AP

Aidé Rivas es guaireña. Con 72 años y un malestar crónico en sus piernas se las arregló la tarde del 24 de junio para bajar los cuatro pisos que la separaban de la puerta de la calle. Vivía en el edificio OPP 25, de la Misión Vivienda, uno de las decenas de urbanismos creados por un programa público para otorgar casas a los damnificados de Vargas. Ella ya conocía del “desespero de la gente”, de los riesgos de “aferrarse a lo material” y de las complicaciones posteriores de cualquier desastre natural, pero nada la preparó para vivirlo de nuevo.

“Aquí estoy otra vez, en la calle. Viendo dónde puedo cocinar la comida que me regalan, porque una cocina ya no tengo. Viendo qué voy a hacer si llueve, porque el techo ahora es el cielo y tengo que esperar la caridad de todo el pueblo y la atención del gobierno”, dijo la señora que tenía 46 años cuando el llamado “deslave” de Vargas acabó con su vivienda por primera vez.

Dos días después de los dos terremotos devastadores y casi simultáneos, Aidé tenía puesta la misma bata y seguía descalza, tal como salió en medio de la contingencia. Su casa, en el urbanismo hecho por el gobierno de Nicolás Maduro, “se quebró como una galleta”. La fragilidad evidenció la veracidad de las cientos de denuncias de oenegés que durante años reportaron corrupción, fallas estructurales, materiales de mala calidad en las construcciones y falta de revisión de los terrenos sobre los que se edificaban los urbanismos de la llamada “Gran Misión Vivienda Venezuela”.

Pero el drama de Aidé es más pragmático y no sabe de culpables: “Perdí todo, yo dejé todo. Todo está ahí y yo otra vez sin nada”. Ella vivió, siempre desde La Guaira, el sismo de 1968, la tragedia de 1999, la vaguada del 2010 y, ahora, el doble terremoto que también eligió esta zona costera como su centro de impacto.


En cuestión de segundos edificios se vinieron abajo, al cierre de edición Naciones Unidas estima 50 mil personas desaparecidas, el gobierno informa de más de 2 mil 500 fallecidas y más de 15 mil damnificados. Ha sido una tragedia con la que el chavismo parece despedirse tras la captura de Nicolás Maduro, hace apenas meses.

La destrucción recorre el litoral de La Guaira

Los grandes edificios con vista al mar que se levantaron tras las inundaciones de La Guaira en 1999, y que sirvieron para revivir el atractivo turístico del estado, fueron justamente los que cayeron como naipes durante los movimientos de tierra que sacudieron esta región y otras seis de la zona central del país.

La Avenida Soublette permite recorrer el llamado litoral central de punta a punta y regala a sus visitantes las más coloridas imágenes del atardecer. Ahora muestra la destrucción generada en menos de un minuto. Cuadras enteras de edificaciones en el piso, inclinadas o parcialmente derrumbadas son el paisaje actual, al que se suma el “olor de la muerte”, como los lugareños dicen para hacer alusión al aroma de putrefacción de los cadáveres que permanecen bajo los escombros. En total, 855 edificios se dañaron en todo el país, 666 de ellos sufrieron daños graves o colapsaron de forma parcial y 189 se derrumbaron completamente, 158 de estos últimos estaban en La Guaira.

Veintiséis años después del deslave de Vargas, un doble terremoto volvió a destruir La Guaira. Miles de venezolanos enfrentan otra vez un nuevo éxodo.
Miembros del equipo UK ISAR (Búsqueda y Rescate Internacional) aparecen en Caraballeda | AP

Los rescates contabilizados y difundidos por el gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, dan cuenta de una merma en las posibilidades de sobrevivencia, pues la cifra pasó de un conteo diario de más de 2 mil personas rescatadas sólo el jueves 25 de junio, a un bebé de dos años de edad como el único registrado entre los sobrevivientes de las labores del sexto día tras los sismos.

En las primeras horas tras la dupleta sísmica fueron los propios familiares, vecinos y los voluntarios que lograron llegar hasta La Guaira, a media hora de Caracas, los que se dieron a la tarea de rescatar sobrevivientes. Con el atardecer a cuestas, decenas de personas usaron sus manos para sacar personas de entre los escombros y llevarlas, en sus carros y motos, a los hospitales más cercanos.

La gente usó cobijas y sábanas que hallaban en los alrededores para tapar los cadáveres y ubicarlos en las banquetas, a un cortado de los derrumbes. Consiguieron palas y cinceles para empezar a abrir placas y encontrar a los tapiados. No habían pasado las primeras veinticuatro horas cuando el litoral central era un río de motorizados y carros que transportaban agua, frutas, comida y herramientas, mientras los únicos funcionarios desplegados eran policías que trataban de ordenar el tráfico y bomberos de algunos cuerpos universitarios o regionales que, sin herramientas, corrían de un derrumbe a otro tratando de ayudar a todos cuanto lo pedían.


Dos días después se militarizó la región y comenzaron a llegar cuerpos de rescate internacionales con el apoyo de más de 45 naciones que también enviaron ayuda humanitaria. Entonces se hizo común ver rescatistas profesionales entre los voluntarios que no se han ido desde el instante en que la tierra dió el primer sacudón. Hasta el viernes 3 de julio, las cifras oficiales hablan de más de 2 mil 500 fallecidos y al menos 12 mil 400 personas heridas que han sido atendidas en unos ocho hospitales del sistema público venezolano que tratan los casos del terremoto o en las doce clínicas privadas habilitadas para atender la emergencia.

Como ocurrió en 1999, los ciudadanos, las oenegés locales y los organismos internacionales temen que nunca se conozca la cifra real de una tragedia que apenas empieza a mostrar sus dimensiones. La ONU considera que el número de fallecidos ofrecido subestima la magnitud real de la situación. Para el coordinador residente de Naciones Unidas en Venezuela, Gianluca Rampolla, “sin duda, estamos hablando de una cifra superior a la ya reportada”. Su indicador para hacer tal afirmación es el visible colapso de cientos de edificios y el dato de que, “en coordinación” con las autoridades locales, el organismo adquirió 10 mil bolsas para cadáveres. La ONU estima que hasta 50 mil personas permanecen desaparecidas.

Entretanto, los cuerpos hallados son dispuestos en un espacio del puerto de La Guaira fácil de reconocer para los habitantes porque justo allí se ubican Los Silos, una edificación de más de 30 metros de alto intervenida por el artista venezolano Carlos Cruz-Diez. El referente arquitectónico es ahora el escenario de filas en las que los familiares esperan su turno para revisar el álbum fotográfico de los cadáveres y reconocer a alguien entre los cuerpos.

Una más fuerte para no olvidar otra tragedia

Para los venezolanos, “refugio” no es sinónimo de albergue o espacio de protección. En Venezuela se trata de una palabra que evoca el grave problema habitacional que arrastra el país luego de varias tragedias, en distintos períodos, y que hoy revive con los terremotos que dejaron, hasta el momento, más de 15 mil damnificados.

Veintiséis años después del deslave de Vargas, un doble terremoto volvió a destruir La Guaira. Miles de venezolanos enfrentan otra vez un nuevo éxodo.
Vista aérea de Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela | AP


Las inundaciones graves registradas en 2010 en La Guaira y en al menos diez estados más de Venezuela dejaron un saldo de más de 22 mil familias sin vivienda. La crisis habitacional dió paso a la conformación de por lo menos seiscientos albergues “temporales” que fueron radicados en sedes ministerios, hoteles, cobertizos, edificaciones del Estado sin utilización y hasta terrenos.

Los refugios se convirtieron en una fuente inagotable de quejas y denuncias. Algunos llegaron a considerar estos espacios como un problema de salud pública, mientras que quienes los habitaban se mantenían aferrados a la promesa de obtener una casa propia, como se les anunció cuando se creó la Misión Vivienda, un año después del aluvión. Pero esa “temporalidad” se prolongó tanto que el gobierno de Hugo Chávez (1999-2013) promulgó la Ley Especial de Refugios Dignos, que dejaba sobre papel la transitoriedad de estos espacios, cuya residencia no podía extenderse por más de seis meses, y la “dignificación” de sus condiciones.

Gledimar Campos y su testimonio son la prueba de que la ley jamás se cumplió. Damnificada otra vez, esta mujer de 49 años vivió dos años y medio en un refugio en La Guaira hasta que fue adjudicada en el apartamento que habitó casi 12 años. Su estancia en esa casa, por la que tanto esperó, terminó el día que el doble terremoto se la arrebató: “No sé qué vamos a hacer. Estamos esperando que nos lleven de aquí, de esta plaza, a ver que van a hacer con nosotros [...]. Y bueno, estoy dispuesta a irme a mi refugio otra vez, mientras me den mi casa, dispuesta a todo”.

Cuando se le consulta sobre el tiempo que cree que pasará viviendo en la carpa que ahora habita junto a su perra Canela y su hija, cierra los ojos y responde “bastante”; pero inmediatamente se recompone y recuerda que su objetivo es un bien mayor: otra casita, una más fuerte para que no se la quite otra tragedia.


Por eso sigue allí, en un campo de golf que ahora es el “refugio provisional” de cientos de víctimas que pasan el día entero haciendo fila tras fila para recibir alimentos, ropa, medicinas y artículos de higiene personal.

Sin más alternativas que esperar

En las calles del Distrito Capital venezolano, que también sufrió graves afectaciones estructurales, las esperanzas de soluciones inmediatas tampoco existen. Nohemi González, residente del edificio OPP 12, dispuso de sus colchones y ahora ocupa una pequeña plazoleta en una de las entradas del Metro de Caracas.

Aunque la edificación de catorce pisos en la que vive no colapsó por completo, presenta un importante daño en los niveles más bajos y fueron desalojados los 144 apartamentos del complejo, todos pertenecientes a familias que venían de los más de seiscientos refugios que existieron hasta 2018 en Caracas. Aunque las autoridades locales les han pedido que regresen a sus casas, Nohemi insiste en que no lo harán hasta que no se concreten las reparaciones de las paredes rotas y las grietas visibles, pues tienen miedo de que un nuevo temblor pueda ocurrir.

“Uno no puede entristecerse, hay que estar con la mente positiva y pensar que esto que vivimos otra vez es circunstancial, porque yo pasé años en un refugio hasta que me salió mi apartamento y de verdad no quiero vivir eso de nuevo”, dice.
Veintiséis años después del deslave de Vargas, un doble terremoto volvió a destruir La Guaira. Miles de venezolanos enfrentan otra vez un nuevo éxodo.
Equipos de rescate se encuentran sobre edificios derrumbados, rodeados de otras estructuras dañadas, a lo largo de la costa en Caraballeda | AP

En el parque Alí Primera, mejor conocido como del Oeste por su ubicación cercana a Catia y a la autopista que conecta a la capital venezolana con La Guaira, otros cientos de desplazados intentan recuperarse de las heridas que sufrieron durante los terremotos, mientras oran por sus muertos o siguen esperando señales de sus familiares desaparecidos. Jonny Montero es uno de ellos. Vivía en un edificio de la Misión Vivienda que quedó en ruinas en un sector de La Guaira conocido como Tanaguarena, y fue rescatado en las primeras horas tras los sismos.

Ahora se recupera en esta gran zona verde caraqueña que luce abarrotada de carpas, colchones y niños jugando. Él no sabe cuándo saldrá de allí, pero no tiene esperanzas de que sea pronto porque se quedó “sin nada” y depende “de la buena voluntad de la gente, del gobierno y hasta de Dios”.

Los refugiados pasan las horas sentados en la grama, en bancos y en sus colchonetas, mientras a menos de treinta kilómetros, en La Guaira, continúan los esfuerzos por encontrar sobrevivientes en un trabajo que la propia ciudadanía encabeza y no abandona, porque sin importar la cantidad de rescatistas y maquinaria, nada es suficiente para “la tragedia” que se vive en La Guaira, otra vez.

GSC


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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