M+.- El olor llega antes que las palabras. Llega antes de ver los edificios colapsados, antes de escuchar las historias y antes de contar las ausencias. En La Guaira, el aire cambió; ahora huele a muerte.
Entre el polvo, el calor, los escombros y la esperanza, comenzó a aparecer el rastro más cruel de la tragedia: el que dejan los cuerpos en descomposición, tan penetrante que parece impregnarse en la ropa, según pudo constatar MILENIO.
A más de 50 horas de los dos terremotos que sacudieron la costa venezolana, la escena en distintos puntos de la entidad es la misma: estructuras colapsadas, calles cubiertas de escombros y familias que no se mueven del lugar donde esperan una respuesta.
Los cuerpos sepultados entre toneladas de concreto comienzan a entrar en proceso de descomposición, un factor que el intenso calor de las últimas horas ha acelerado de forma dramática.
Debido a esto, el cubrebocas volvió a convertirse en una necesidad obligada; esta vez no para evitar una enfermedad, sino para soportar la peste que se ha instalado entre las ruinas y que acompaña cada movimiento de los equipos de rescate.
Familias, pendientes del rescate de personas atrapadas
El trabajo de remoción continúa sin pausa en diferentes puntos del área afectada. Sin embargo, cada maniobra confirma una realidad que golpea a los socorristas y a los familiares por igual: la tragedia no terminó con el colapso, apenas comenzó.
Entre las ruinas, las familias permanecen en el sitio. No se retiran, no descansan. Observan cada movimiento de las grúas y cada ingreso de los rescatistas con la dolorosa esperanza de recibir una noticia distinta. Algunos no duermen; otros han dejado de hablar.
La espera se ha convertido en su única rutina. "Aquí está una niña, aquí arriba está un señor, ahí está mi mamá, y están sacando al vecino de mi mamá, que se llama Omar, un muchacho de 27 años", relata Andrés Monis, quien aguarda noticias de su madre sepultada en lo que fue su casa.
Para Monis, la realidad se vuelve difícil de asimilar: "Eso será un poco difícil y no será de un día para otro. Mira, no es tanto la reconstrucción de un edificio, sino la reconstrucción de uno emocionalmente", añade con gravedad.
Una herida no cerrada en La Guaira
Cada edificio caído guarda una historia. El dolor se vuelve más lento, más pesado y más difícil de nombrar. José Rafael Cabrera, otro de los afectados, vive el peor cumpleaños de su vida:
"Estoy cumpliendo años hoy; la tristeza que me da porque tengo a mi hijo, mi único hijo, desaparecido junto con su esposa, sin poder ni siquiera sacarlo de donde está".
Para algunos habitantes de La Guaira, esta catástrofe no es un escenario nuevo, sino la continuación de una herida que nunca terminó de cerrarse. En 1999, un deslave marcó profundamente a esta misma región.
Hoy, el detonante cambia, pero el dolor se repite en las mismas calles. "Inclusive, no quiero hablar así, pero estoy empezando a odiar a mi pueblo; a este territorio lo estoy odiando porque aquí han pasado muchas cosas. El territorio de La Guaira se ha llevado a mucha gente inocente", confiesa Cabrera.
Pese al panorama adverso, el cansancio extremo y las condiciones ambientales, una luz de esperanza mantiene activos a los rescatistas. En varios puntos de los derrumbes se han reportado posibles signos de vida bajo el concreto, un murmullo subterráneo que renueva las fuerzas de quienes se niegan a rendirse.
ksh