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  • El negocio de los saqueadores con el dolor ajeno. Su historia queda bajo los escombros

  • Un recuerdo del temblor del ‘85, un video viral en Venezuela y décadas de cobertura de desastres se entrelazan en una reflexión sobre la cara más incómoda de las tragedias: los saqueadores.
PORTADA | La otra historia de las tragedias: los que roban entre los escombros| Especial
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DOMINGA.– A propósito del terremoto que sacudió a Venezuela hace unas semanas y del video de un policía que, en lugar de buscar sobrevivientes entre los escombros, protegía con fuerza una pequeña caja de seguridad de la que asomaban dólares, me devolvió de golpe a otra tragedia ocurrida cuarenta años atrás y a más de cuatro mil kilómetros de distancia.

El 19 de septiembre de 1985, cuando el terremoto de magnitud 8.1 devastó la Ciudad de México, yo vivía a unas cuantas calles de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco. Tenía apenas diecisiete años. Si cierro los ojos aún puedo ver el polvo, los edificios desplomados, personas heridas, conmocionadas. Montañas de escombros, y debajo de éstos más heridos y muchos muertos.

Décadas después, un estudio elaborado con registros del Registro Civil de la Ciudad de México estimó que las defunciones relacionadas con el terremoto superaron las doce mil personas, una cifra muy por encima del saldo oficial difundido en aquellos días. Esa misma tarde del jueves 19 septiembre, varios amigos de mi calle y yo intentábamos ayudar a la madre de uno de ellos. Su edificio había quedado como casa de muñecas, sin paredes y el interior estaba completamente expuesto. Desde la calle podía verse su sala, su comedor, los cuadros, incluso el baño. El edificio también había quedado inclinado, pero sin importar el riesgo teníamos que actuar rápido porque el edificio podría colapsar.

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Las tragedias llevan a las personas a sus límites. | Especial

Aún recuerdo que el piso de madera estaba ligeramente hacia el precipicio de un quinto piso, pero aún así sacamos lo que la señora nos indicaba. Ella nos pedía rescatar fotografías, ropa, documentos, una vajilla, cualquier objeto que hubiera sobrevivido. Para nosotros parecían cosas insignificantes, para ella representaban algo.

Mientras nos organizábamos para regresar por otra carga, ocurrió algo que jamás olvidaría: Vi caminar apresurados a varios hombres del barrio. Todos los conocíamos. Robaban autopartes, vaciaban casas, desaparecían durante días y luego reaparecían como si nada. Esa tarde llevaban cubrebocas, pero aún así varios de nosotros los reconocimos. Cualquiera que no los conociera pensaría en su valentía, en su altruismo porque caminaban apresurados para ofrecerse como voluntarios. Nada más alejado de la realidad.

—Ahí van de ratas —dijo uno de mis amigos. Y tenía razón. No iban a remover escombros ni a rescatar personas. Iban a buscar relojes, dinero, joyas, cualquier cosa de valor que hubiera quedado atrapada entre el concreto. Entraban y salían con rapidez, mezclados entre los verdaderos rescatistas.


Pero la tragedia y el dolor eran de tales dimensiones que no había tiempo de ponerles atención a ellos. Sin embargo, los saqueos fueron una realidad. En los días posteriores al terremoto, la policía y el Ejército establecieron cercos de seguridad alrededor de las zonas colapsadas para impedir robos y detener a quienes aprovechaban el caos. Hubo decenas de personas arrestadas por intentar sustraer bienes de edificios destruidos. Nosotros mismos, cuando quisimos volver como voluntarios, ya no pudimos entrar. Nunca supimos si aquellos ladrones quedaron del otro lado del cerco.

Por eso, cuando hace unos días vi el video del policía venezolano cargando una caja fuerte mientras alrededor seguían buscando sobrevivientes, sentí que estaba viendo la misma escena cuarenta años después. Cambiaban el uniforme, el país y el idioma, pero no el impulso.

Después se supo que él y otros integrantes del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas de Venezuela fueron separados de sus cargos, acusados de privilegiar el saqueo sobre las labores de rescate. Los vecinos los enfrentaron. Les recriminaron priorizar el saqueo sobre la búsqueda de sobrevivientes del terremoto ocurrido el 24 de junio y que hasta el momento de escribir estas líneas contaba más de 6 mil muertos y el número de heridos rondaba los 17 mil.


Siempre hay una historia cruel durante una tragedia

Al ver lo de Venezuela, yo no podía dejar de pensar en aquella mujer de Tlatelolco en 1985. En la expresión de alivio que aparecía en su rostro cada vez que lográbamos sacar una fotografía, una cobija o un pequeño mueble. También pensé en el dueño de esa caja de seguridad aplastada. En el alivio que habría sentido si alguien, en vez de robársela, hubiera decidido devolvérsela.

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El paso de huracán Wilma dejó un desastre a su paso, así como uno de las peores olas de saqueos | Especial

Entonces pensé en que el aprovechamiento del dolor ajeno no es la paz y a veces también no es contable. En la vida de contador de historias se recogen anécdotas muchas veces inconfesables que se quedan en la memoria o en la pluma. Durante más de tres décadas cubriendo huracanes, inundaciones, incendios, explosiones y terremotos aprendí que existen historias que prefieres no darles prioridad porque resulta más provechoso escribir de que la gente tiene hambre y roba alimentos de las tiendas, en lugar de que se está apropiando de una pantalla, un sillón o un horno de microondas para soportar la tragedia, como observé poco después y antes del paso del huracán Wilma por Cancún en 2005, donde se experimentó una de las peores olas de saqueos y rapiña jamás antes vista.

Con los años descubrí que, además de la solidaridad, las tragedias también exhiben una zona mucho más incómoda del ser humano. Los editores prefieren publicar –con razón– las imágenes de los rescatistas, de los voluntarios, de las cocinas comunitarias y de las cadenas humanas. La solidaridad es la parte luminosa de una catástrofe. Pero debajo de ésta siempre hay una historia cruel. La de quienes aprovechan el dolor, la tragedia, para robar. La de quienes descubren que el desastre también puede ser una oportunidad.


Después del huracán Wilma, en Cancún, en octubre de 2005, vi personas salir de centros comerciales con pantallas, hornos de microondas, sillones, ropa, zapatos y electrodomésticos. La ciudad permanecía incomunicada, sin electricidad, sin agua potable y con escasez de alimentos. El dinero casi no servía para nada. Incluso observé un cajero automático violentado a golpes cuando el sistema bancario llevaba días sin funcionar. Las autoridades desplegaron al Ejército, la Marina y a corporaciones policiacas para contener los saqueos. En varias colonias fueron los propios vecinos quienes levantaron barricadas y organizaron guardias nocturnas alrededor de fogatas para impedir la entrada de desconocidos y de saqueadores.

Son historias que no se piensan que ocurren, pero se incrustan en el dolor de la tragedia. Una vez en una plática de banqueta con un bombero retirado, le pregunté qué era lo que más recordaba de su vida cómo sofocador de incendios y me contó algo que me dejó muy sorprendido. Nunca olvidaré lo que me confesó:

Fue mi primera vez, me dijo, apenas estaba yo con la idea de ser bombero y por falta de personal me ocuparon. En la estación de bomberos de Tijuana, se escuchaba fuerte la alarma, continuó. Se estaba quemando un almacén grande que tenía varias tiendas. Y alguien vino y me dijo ponte el traje, te vienes con nosotros. Yo no sabía ni agarrar una manguera. El traje de bombero que me dieron me quedaba muy grande, pero de todos modos me lo puse.

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El altruismo y el despojo conviven con la tragedia, especialmente después de un desastre natural | Especial

Dice que como pudo se subió al autobús contraincendios y al llegar al lugar todo estaba en llamas. Entraron. Él recordó que lo primero que hizo, porque alguien se lo pidió, fue agarrar la manguera y llevarla hacia adentro del lugar en llamas. Luego le abrieron la llave y la presión fue tan fuerte que lo derribó. Después vino otro y le dijo cómo agarrarla, pero también le dio la orden de apuntar hacia otro lado no directo hacía las llamas. Así lo hizo porque pensó que se trataba de una estrategia contraincendios. Pero no se trataba de ninguna estrategia.

El exbombero me respondió algo que no esperaba. Aún recuerdo perfectamente sus palabras: “No era eso, lo que querían era ganar tiempo para saquear lo más que pudieran, se llenaban las bolsas de todo lo que podían”. Recuerdo que sorprendido contó que no sabía cómo había ocurrido pero, de un momento a otro, todos incluso él estaban saqueando. “Todos. Todos”, me repitió reflexivo, apenado. “Pudimos haber controlado el incendio, concentrarnos en sofocarlo y controlarlo, pero no lo hicimos”.

En aquel momento dijo que para él era nuevo descubrir por qué los trajes de los bomberos tenían tantas bolsas. Sirven para muchas cosas, explicó, pero también para guardarse lo que vas encontrando. “Esa vez, vi cómo todos llenaban sus bolsas. Yo también. Ibas al camión, vaciabas lo que habías agarrado y regresabas por más”, finalizó. Quería contarme, quería quitarse eso que lo acompañó por años. Quizás había llegado a la edad del arrepentimiento.


Los que hicieron negocio con el dolor ajeno

Las tragedias llevan a las personas a sus límites. Sacan lo mejor de millones de seres humanos, pero también dejan al descubierto aquello que preferimos no mirar. En México, la memoria colectiva del terremoto de 1985 está construida, con justicia, sobre la solidaridad ciudadana. Gracias a ella nacieron brigadas espontáneas, organizaciones civiles y una nueva conciencia social frente a los desastres. Esa es la historia que merece ser contada. Pero debajo de esos mismos escombros también quedaron enterradas otras historias: las de los saqueadores, las de quienes hicieron negocio con el dolor ajeno y las de quienes confundieron una tragedia con una oportunidad. Tal vez nadie quiera recordarlas pero ocurrieron. Y entenderlas también forma parte de contar la verdad completa.


GSC


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Alejandro Suverza
  • Alejandro Suverza
  • Relator callejero. Cronista mental y grafológico. Productor de contenido para documentales.
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