Política

Su majestad el rey Felipe VI en el palacio que construyó Cortés

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La residencia presidencial de Los Pinos la mandó construir Lázaro Cárdenas. El Palacio Nacional, habitado ahora por la Jefa del Estado mexicano, fue edificado en 1522 por Hernán Cortés, el denostado conquistador, y se convirtió luego en la sede oficial de los virreyes de la Nueva España.

Y, bueno, fue ahí, precisamente en esa gran casa solariega, herencia del colonialismo y testimonio del esplendor arquitectónico del virreinato, donde la Presidenta de México recibió anteayer a Su Majestad, el Rey Felipe VI de España.

No excesivamente republicano el episodio, a decir verdad y, en lo que toca a la mudanza de una casa a un palacio, por más pretendidamente fastuosa que haya podido ser la morada ocupada por los anteriores primeros mandatarios de este país, resulta un tanto incoherente al ser decidida por un sujeto que alardeaba de severa sencillez y ejemplificadoras sobriedades.

En fin, la congruencia no es lo suyo de la gente morenista pero al pueblo bueno y sabio parece no importarle que los adalides de doña 4T se comporten como los de antes, o peor, y que las filas de su movimiento rebosen de apóstatas del satanizado priismo (y alguno que otro panista inoculado de muy rentable oportunismo). 

Mientras fluyan las ayudas sociales —tan imperiosas para la vida pública que han sido inscritas ya en el texto de la Carta Magna y garantizada así su perpetua aplicación, gobierne quien gobierne— la gente mirará hacia otro lado.

Pero el tema, justamente, es la herencia que llevamos a cuestas y ocurre, miren ustedes, que una sustancial parte de lo que somos nos viene de España, un cargamento hecho de cultura judeo-cristiana, de Derecho romano, de Aristóteles y Platón, de una lengua surgida del latín y de aportaciones más recientes, como las trompetas, las guitarras y los violines, instrumentos descaradamente occidentales con los que nuestros mariachis interpretan sus muy vernáculas melodías.

Naturalmente, nos enorgullecemos de nuestro pasado mexica, tolteca, purépecha o maya —un tanto menos de esos tlaxcaltecas que se aliaron con el invasor extremeño para sacudirse de encima el yugo tenochca—, el habla mexicana está sabrosamente salpicada de términos de origen náhuatl —tlapalería, achichincle, apapachar, chamaco, tianguis, tejocote, petate, molcajete, etcétera, etcétera—, disfrutamos una de las mejores cocinas del mundo entero y nos enriquecen las tradiciones de los antiguos que poblaron estas tierras antes de que México se constituyera como nación.

Pues bien ¿tiene entonces el menor sentido agitar el avispero de los posibles agravios históricos y exigirle disculpas, 500 años después, a un monarca tan borbónico como ajeno a la casa de Trastámara que regentaba el Reino de Castilla cuando sus naturales desembarcaron en este subcontinente?

Hay batallas que no valen la pena y ésta, la de buscar camorra con un dignatario español que se expresa en nuestro idioma, que profesa la religión que practican millones de mexicanos y que no ha ofrecido otra cosa que generosa amistad, es tan estéril como absurda.

Pero, bueno, la Presidenta de México ha reparado ya el entuerto. Y lo hizo, miren ustedes, ejerciendo la diplomacia en… un palacio virreinal.


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Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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