El personaje que llevaba las riendas de la nación en el pasado sexenio no quiso, a diferencia de sus antecesores, que su retrato apareciera por todos lados, detrás de cada escritorio y en cada despacho público. A estas alturas, parece que tampoco pretende que calles y avenidas sean bautizadas con su nombre ni mucho menos que se levanten estatuas ecuestres o monumentos para glorificar su figura.
Un tanto paradójico el tema porque el hombre deseaba, a la vez, que todos los reflectores se centraran en su persona y ejerció el cargo de manera tan discrecional como para disponer la paulatina demolición de la estructura que asegura el equilibrio de los poderes en la República.
Lo suyo era llegar a ejercer sus facultades sin cortapisa alguna, más allá de que, globalmente, el propósito primigenio fuere implementar un modelo de importación, patentado por la dictadura castrista, el mismo que impusieron los caudillos bolivarianos en la sufrida Venezuela y que en estos pagos se encuentra aún en una etapa germinal, en espera de ser dinamitado desde dentro a causa del nefario maridaje de sectores enteros del oficialismo con el crimen organizado.
La propaganda era una parte consustancial de la estrategia, desde luego, y la oportunidad de utilizar, cada día del Señor, la máxima tribuna del territorio patrio para promulgar la buena palabra era simplemente imposible de dejar pasar. Así se instauró el ritual cotidiano de las conferencias matutinas — con el perdón de ustedes, el término “mañaneras” se le atraviesa en el pescuezo a este escribidor— en el cual el líder supremo hablaba, a sus anchas, de todo lo que le viniere en gana.
En lo referente a las preguntas que pudieren soltarle los señores periodistas –estamos hablando, después de todo, de una conferencia de prensa— las cosas fueron oportuna y ventajosamente arregladas para que no hubiere cuestionamientos directos, desde luego que no, sino alabanzas y encomios apenas disfrazados, lisonjas, embelecos y muy sesgadas interpelaciones formuladas por lacayunos gacetilleros.
Pues bien, la presidenta Sheinbaum intentó, en un primer momento, no seguir con esa liturgia populista pero, en tanto que hubiere significado un radical distanciamiento con su primerísimo valedor, se abstuvo prontamente de cancelarla.
Podemos preguntarnos ahora si no es una herencia envenenada. Al tiempo…