Una de las virtudes del dinero es que necesita de la eficiencia para ser generado. Se pueden cosechar fortunas enteras de manera tramposa, desde luego, pero las empresas florecen en su mayoría gracias a la competitividad, la innovación tecnológica y la productividad de sus empleados.
El ámbito de la política es bien diferente: es perfectamente posible ganar una elección a punta de promesas y mentiras. Y, una vez en el poder, los administradores de la cosa pública pueden ejercer sus cargos sin rendir cuentas durante periodos larguísimos. Afrontan, en todo caso y si es que llega a darse, el castigo de unos ciudadanos que votarán por el de enfrente en las siguientes elecciones.
En la mitad de ese tiempo, un simple consumidor habrá cambiado ya de marca de coche si es que al recién adquirido le falla la trasmisión o el encendido, por no hablar de los compradores de productos menos costosos y más fácilmente reemplazables.
En lo que toca a los responsables de la fabricación de bienes de consumo, deben producir objetos de calidad para conquistar a una clientela cada vez más exigente y deseosa de disfrutar las adquisiciones pagadas con la plata de sus bolsillos.
Por eso, por la implacable competencia que enfrentan los productores y los vendedores de servicios, por eso es que el mercado es fundamentalmente eficiente. Pero también por esa razón es que a los izquierdosos les espanta la economía liberal: la perciben como un hábitat poblado de individuos esencialmente egoístas movidos tan sólo por el pecaminoso e insaciable impulso de ganar dinero.
El capitalista no sería entonces más que un sujeto despiadado que, por si fuera poco, se beneficia del trabajo ajeno. Es la “explotación del hombre por el hombre”, como sentencian todavía los comunistas resucitados que no dudan en confiscarle sus riquezas al “burgués implacable y cruel” (con el perdón de ustedes, estoy reciclando la terminología aprendida en mis años tempranos) para que sea el Estado —improductivo y burocratizado— el que se encargue de oprimir en mucho mayor medida al ciudadano que anteriormente laboraba para un patrón particular.
El asunto, justamente, es que los fondos del erario no llovían del cielo sino que se generaban en un primer momento por el impulso de… ganar dinero. Las personas emprendedoras, al imaginar esquemas de negocios y llevarlos luego a la realidad, terminaban por pagarle al fisco un porcentaje de sus ingresos. Impuestos, es el inquietante vocablo que se usa para calificar ese cobro que realizan los gobiernos del mundo.
Y, qué caray, cuando a ese sector de la sociedad, el que genera riqueza, le quitas los medios de producción y te olvidas de la eficacia, lo que ocurre al final es que ya no hay… dinero. Ni para gobernar ni para repartir ni para construir ni para nada.
Lo único que hay es pobreza, en todos lados y todo el tiempo. Bueno, los jerarcas comunistas viven como reyes. Pero, todos los demás…