México carga sobre los hombros una muy pesada condena, una sentencia de atraso dictada por un juez de rancias prácticas y trasnochados conceptos. Un conservador, en los hechos, ofuscado en sus idealizadas evocaciones de un pasado obligadamente glorioso y movido, entonces, a reconstruirlo en el presente, despreciando deliberada y selectivamente los provechos de la modernidad.
En su momento, el motor de combustión interna fue un invento revolucionario y transformador, de la misma manera como la aparición de bombillas eléctricas en las calles modificó para siempre el paisaje urbano. Nadie pretende, en estos tiempos, volver a los carruajes empujados por caballos ni disponer tampoco que cuadrillas de operarios recorran las aceras para encender farolas alimentadas con gas, así sea que hayan desaparecido los oficios que necesitaban esas faenas.
Es más, la perniciosa contaminación de la atmósfera causada por el uso masivo de combustibles fósiles está llevando a que las naciones más desarrolladas de este planeta, con China a la cabeza, emprendan una auténtica mutación tecnológica para generar electricidad a partir de las llamadas energías limpias, recurriendo a fuentes naturales como el propio calor terrestre, el sol, el viento y el agua.
Pues bien, a ese referido enjuiciador, aupado a la silla presidencial gracias a los votos que le ofrendaron millones de mexicanos descontentos, no le gustaba nada que el paisaje de esta nación estuviera poblado de aerogeneradores, esas hélices gigantescas que aprovechan la energía eólica y, en lo que toca a la corriente eléctrica que utilizas para mirar los partidos de futbol en tu pantalla plana los fines de semana, su predilección por el combustóleo y el carbón era tan aguda que, entre otros tantos impedimentos, canceló la puesta en operación de un proyecto ya terminado, un parque de placas fotovoltaicas en Aguascalientes, y le cerró la puerta a los inversores que pudieren, justamente, emprender la construcción de plantas productoras de energías no contaminantes.
Desde los tiempos del priismo cavernario, el discurso oficial ha invocado el manido credo de la “soberanía” para no dejar que nadie, ni de dentro ni de fuera, se atreva a meter una pata en el territorio petrolero de nuestra suave patria. Ocurrió luego que esos mismos priistas, ya de mentes más modernas —aunque los inquisidores de ahora los hayan sentado en el banquillo de los neoliberales acusados— emprendieron unas muy beneficiosas reformas para abrir el sector energético.
Pero, miren ustedes, se apareció en escena doña 4T y todo, lo que se dice todo —no sólo el tema de los hidrocarburos sino la sanidad pública, la educación, la existencia de organismos reguladores autónomos, etcétera, etcétera— fue echado para atrás.
Y, pues esa es la herencia que le tocó a la actual presidenta de la República. Podemos preguntarnos, entreviendo que sí le importa el progreso, a partir de cuándo podrá tomar su propio camino.