M+.- Estadios rebosantes de aficionados, gran futbol, una auténtica fiesta… No se han vuelto realidad las predicciones de un Mundial deslustrado.
Doña FIFA puso los precios por las nubes. Pero, entonces ¿esas imágenes, el otro día, de una familia alemana, con todo y los pequeños en las gradas, muestran a unos padres teutones que se quemaron unos diez mil euros para disfrutar un partido de la Mannschaft contra un equipo tan menor como Curazao?
Estamos hablando de los encuentros menos interesantes, desestimados por los comentaristas deportivos en tanto que 48 equipos se colaron a la suprema competición, confiriéndole la condición de un auténtico torneo planetario pero, a la vez, restándole glamour en tanto que la mayoría de ellos no son ni lejanamente parte de la élite futbolística mundial.
Se democratizan las cosas, podríamos decir, aunque Infantino y los suyos tienen más bien la mirada puesta en la caja registradora. Ah, y el costo de las entradas no es nada democrático, a contracorriente de la naturaleza intrínsecamente popular del futbol, una práctica que se juega en los barrios, en polvorientas canchas y que, muchas veces, es un trampolín para que los jóvenes dedicados salgan de la pobreza.
Justamente, los sectarios del régimen morenista respaldan la decisión de la jefa del Estado mexicano de no asistir a la magna inauguración del Mundial invocando que el estadio Ciudad de México iba a estar repleto de altaneros ricachones y que no era un lugar para ella. Pues, lo del pasado jueves no sólo fue un acontecimiento trascendente en tanto que se desplegaba la mexicanidad ante el mundo entero sino que en la cancha estaba el equipo nacional y en el recinto resonaron las notas del himno patrio. Hablando de investidura, señoras y señores.
El tema, con todo, es lo excluyente de la competencia y la galopante codicia de la organización que rige el futbol en este planeta, regentada por un señor Infantino que no tiene reparo alguno en que el principal país anfitrión le haya denegado la entrada a Omar Abdulkadir Artan, un árbitro somalí –el mejor del continente africano, ni más ni menos— y que al equipo de Irán se le prive de la debida hospitalidad.
En fin, lo único que les importa a los aficionados, después de todo, es el futbol. Y, miren, el Mundial no es otra cosa que un auténtico regalo de los dioses del balompié.