Tras asistir a la exposición “Procesos”, de Francisco Toledo (1940–2019), exhibiéndose en la Galería Universitaria de la Universidad Autónoma del Estado de México, pude constatar una vez más el proceso de creación gráfica del maestro nacido en Oaxaca, especialmente en el ámbito de la calcografía, ya que la exposición constituye un testimonio fascinante de cómo la maestría técnica puede subvertir la ortodoxia para dar paso a una libertad creativa absoluta.
Tanto en el documental que se transmite en la sala como en las pruebas de estado expuestas, se comprende por qué el artista transformaba la matriz en un ente vivo, mutable y en constante evolución, a diferencia de los métodos tradicionales, en los que la placa de metal suele concebirse como un soporte estático destinado a transferir fielmente un diseño previamente planificado.
Toledo desafiaba la resistencia natural de los metales, al trabajarlos con una agilidad sorprendente, manipulándolos con la misma soltura con la que se maneja una hoja de papel y utilizando la punta de acero con la fluidez gestual de un lápiz. Esta soltura le permitía alterar radicalmente la narrativa de una misma obra a mitad del proceso, borrando motivos enteros y redibujando otros nuevos sobre la misma superficie —como cuando transmutaba la figura de un sapo en una tortuga, o un grillo en un perro—, con lo que rompía la rigidez del grabado convencional para abrazar el dinamismo del dibujo.
Esta aproximación orgánica se reflejaba con igual intensidad en el tratamiento químico del metal, donde Toledo modulaba las texturas y los volúmenes mediante una relación yo diría intuitiva con los ácidos, como se deja ver en el documental patrocinado por el taller de gráfica de Fernando Sandoval. Para estructurar la escala tonal de sus piezas, el maestro solía trabajar de manera sistemática con tres tiempos diferenciados de mordida, pues así lograba un control preciso sobre las profundidades suave, media y oscura de la línea.
Sin embargo, esta meticulosidad convivía con arranques de experimentación extrema; en proyectos específicos, como sus interpretaciones de la obra de Franz Kafka, por ejemplo, el maestro optaba por someter las placas a corrosiones sumamente agresivas y profundas, y devoraba el metal de una sola intención para obtener superficies de una densidad y dramatismo sobrecogedores. Las técnicas indirectas y directas ―como la tinta de azúcar y la punta seca― se convertían en sus mejores aliadas, al permitir que la inmediatez de su trazo quedara registrada de forma casi instantánea en la materia.
No obstante, tengo para mí que el verdadero núcleo de su heterodoxia radicaba en el estatus que otorgaba a la prueba de estado. Mientras que en el método ortodoxo este paso es meramente de control técnico, para Toledo representaba un fin estético en sí mismo: al trabajar de manera simultánea con múltiples placas, alternando e hibridando el blanco y negro con la policromía, el maestro multiplicaba de forma exponencial las variables de cada estampa. El resultado era una producción masiva de variaciones que, lejos de ser simples pasos hacia una edición final numerada, eran validadas y firmadas por él como piezas únicas.
Al suspender el proceso a voluntad, almacenar las placas y retomarlas tiempo después, o al dar por concluida una obra en su fase germinal sin llegar jamás a un tiraje definitivo, Francisco Toledo convirtió la prueba de estado en el registro más puro de su pensamiento, demostrando que para él la riqueza del grabado no residía en la multiplicidad de la copia, sino en la infinita metamorfosis del proceso creativo.
Muy pronto concluye la exposición Procesos en la Galería Universitaria en la capital del Estado de México. No dejes de ir a verla.