Cultura

Camus, escritor sin bando

Tengo a la vista la traducción al español de un capítulo de un libro del profesor e investigador literario Jeanyves Guérin (1947), publicado bajo el título general Albert Camus / Littérature et politique (Honoré Champion, 2013), enfocado a examinar la trayectoria intelectual del existencialista francés en el campo del periodismo y el ensayo político, ámbitos poco abordados por la crítica. La lectura del capítulo IX “Los justos: ética y política”, me encendió ideas en torno de la controversia en boga sobre el papel del escritor literario frente a los asuntos públicos, especialmente de cara a los regímenes totalitarios que se ciernen en diversos países de América. Me refiero, enfáticamente, a la posición política reflejada en la obra de un escritor.

Me explico. A mediados del siglo pasado, París fue el escenario de una de esas disputas intelectuales que definen una época: el Mayo francés fue no solo un episodio de revuelta social, sino el corolario de un escenario ideológico en disputa iniciado décadas antes sobre el papel del escritor en la sociedad. De un lado, Jean-Paul Sartre (1905-1980), el filósofo del compromiso total, defendía que escribir era ya un acto político —lo escribió en aquel famoso opúsculo de 1948 ¿Qué es la literatura?—; del otro, Albert Camus (1913-1960), su amigo convertido en adversario, desconfiaba en cambio de las ideologías cerradas y preconizaba la revuelta como límite y freno a cualquier dogma dispuesto a aplastar vidas concretas en nombre del futuro. La pregunta que los separaba era simple: ¿debe el escritor alinearse siempre con un bando? Sartre decía que sí, porque no hacerlo es ya una forma de colaboración; Camus respondía que hay lealtades más altas que la militancia, empezando por la dignidad humana.

Al estudiar la obra de Camus especialmente, el investigador Guérin propuso una distinción que aclara casi todo: Sartre fue un escritor político, en el sentido de que su literatura ilustraba doctrinas; Camus, en cambio, fue un escritor de lo político; es decir, no tradujo sus ideas a la ficción como quien vierte un líquido en un molde, usó la ficción desde una distancia estratégica para investigar la política, sobre todo para pensar el totalitarismo sin quedar atrapado en sus bandos; las obras donde plantea sus conclusiones se suceden en la Roma imperial (Calígula, 1944) y en la Rusia zarista (Los justos,1949), no en el París ocupado o en la Argelia en guerra.

El ejemplo más claro está en Los justos, esa obra de teatro sobre el atentado real perpetrado por el grupo socialista Narodnaya Volya contra el Gran Duque Sergio Alexandrovich en 1905, en la que la tensión no es entre matar o no matar al tirano, sino entre matar o no a un niño, el sobrino del Gran Duque, un daño colateral. Camus, según lee Guérin, no ofrece una respuesta ideológica: ofrece un límite, porque la política debe parar ahí; ninguna revolución, ninguna causa sagrada, justifica ese sufrimiento concreto. Para Guérin, ese es el núcleo de la ética de Camus, y razón por la cual resultó incómodo para la izquierda ortodoxa que justificaba los gulags (el sistema penal soviético de campos de trabajo forzado), y para la derecha colonial que no admitía críticas.

Lo que queda después de leer a Guérin es una idea incómoda pero necesaria: no es cierto que el silencio o la ambivalencia del escritor en su obra sean formas encubiertas de complicidad con el poder; los filósofos de la acción condenan desde su tribuna: la literatura debe tomar partido, cualquier texto que no lo haga resulta sospechoso.

Guérin invierte la premisa; al mostrarnos cómo Camus aborda el totalitarismo desde el distanciamiento de la ficción, demuestra que la negativa a simplificar no es una evasión, sino una forma más rigurosa de pensar; la literatura que se pliega a las consignas del día, por muy justas que parezcan, termina siendo prisionera de su propia época; en cambio, la que se permite la pausa, la ironía, la puesta en escena de todas las voces, gana una extraña vigencia: se vuelve incómoda para todos los poderes, incluidos aquellos que se creen del lado correcto de la historia.

Para mí, esa es la necesidad actual de su apuesta literaria: vivimos tiempos que exigen posicionamiento inmediato, declaraciones firmes, adhesiones públicas, definiciones dicotómicas, ¡porque resulta que la complejidad se ha vuelto sospechosa! Contra esa urgente simpleza, Camus y Guérin proponen una lentitud obstinada: la de la ficción que no clausura el debate sino que lo abre, que no ofrece respuestas sino que formula mejor las preguntas.

La política necesita certezas para movilizar; la literatura, para ser política de verdad, necesita conservar la duda. ¿Apoliticismo? No, compromiso de otro orden: negarse a que la crueldad del mundo tenga la última palabra sobre la forma en que la se hace literatura. Paradójicamente, ese es el gesto más político de todos.

Leyendo a Camus lo entendemos un poco mejor.


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Porfirio Hernández
  • Porfirio Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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