Cultura

La trampa de la libertad

Hay una idea que circula con comodidad en las tertulias y en los prólogos entusiastas: la literatura es ese último refugio donde la libertad creativa se ejerce sin ataduras, como si la página en blanco fuera un territorio ajeno a las leyes del mercado, a los prejuicios de clase o a las urgencias de la historia.

La imagen es hermosa, pero profundamente ingenua, por lo menos desde hace más de tres décadas, cuando el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002), presto a reflexionar sobre los mecanismos de reproducción social, se encargó de demostrar —con la paciencia de un entomólogo y la ironía de un moralista— que esa presunta autonomía es, en realidad, el más efectivo de los disfraces. La literatura se produce en un campo de fuerzas donde cada gesto de rebeldía, cada opción estética y cada silencio cómplice responden a una lógica de distinción, de acumulación de capital simbólico y, sobre todo, de reproducción de jerarquías.

En “Las reglas del arte: génesis y estructura del arte literario” (1992), escribe: “El campo literario es un campo de fuerzas que actúa sobre todos los que entran en él, de manera diferencial según la posición que en él ocupan, diciendo, por ejemplo, que no se puede ser un verdadero intelectual —un escritor o un artista— si no se cumple con ciertas condiciones, la primera de las cuales es estar en condiciones de olvidar que se lo es. La ilusión de la autonomía más absoluta es el privilegio de quienes poseen el monopolio de los instrumentos de producción de la creencia en el valor del arte, y de esa manera contribuyen a producir el valor de los artistas y de las obras”.

Por eso, cuando un escritor proclama que escribe solo para sí mismo o para la posteridad, lo que está haciendo es exhibir su pertenencia a una clase que puede darse el lujo de ignorar al público. Esa es la violencia simbólica más sutil: hacernos creer que la obra más pura es la que mejor esconde sus condiciones de producción.

Para Bourdieu, el campo literario funciona como un microcosmos donde los agentes luchan por imponer su definición de lo que es “buena” literatura; en esa lucha, los consagrados —en los 90 del siglo XX eran blancos, varones, metropolitanos, de educación privilegiada— definen las reglas del juego y luego olvidan que fueron ellos quienes las escribieron. El resultado es un canon que se presenta como universal pero que excluye, descalifica o reduce a anécdota todo aquello que huela a necesidad, a urgencia social o a disidencia política. La novela escrita por una mujer sobre la maternidad no deseada será leída como confesión íntima; la escrita por un obrero sobre la fábrica, como documento sociológico; el género, el origen y el habitus del autor funcionan como filtros invisibles que determinan de antemano el lugar de su obra en la jerarquía de lo “verdaderamente literario”. Las personas lectoras comunes, formadas en ese mismo sistema escolar que consagra la distancia estética como virtud suprema, interiorizan esas distinciones como si fueran gustos naturales.

Lo inquietante de este diagnóstico es que nos enfrenta a una pregunta incómoda: si la literatura siempre ha sido, también, un dispositivo de exclusión y de naturalización del orden social, ¿qué queda de su promesa emancipadora? Algunos críticos sostienen que la conciencia de esta violencia simbólica puede volverse contra sí misma: leer hoy a Jane Austen sabiendo cómo fue despreciada por coetáneos como Carlyle, o releer a Kafka no como el profeta existencialista sino como el burócrata judío de Praga que escribía bajo la sombra del padre y del Imperio austrohúngaro, es practicar una lectura desenmascaradora, aunque también corremos el riesgo de convertir el análisis sociológico en un nuevo puritanismo, donde la obra valga menos por su textura estética que por su grado de complicidad con el orden dominante.

El futuro de la literatura —y el nuestro como lectores— quizás dependa de cómo abordar esa tensión: saber que el arte no es inocente, pero decidir amarlo de todas maneras; desconfiar del canon sin caer en la tentación de quemarlo, y aceptar que la libertad creativa, aunque sea una ficción necesaria, sigue siendo la única utopía que vale la pena defender, a condición, claro, de no creernos nunca del todo su mentira.


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Porfirio Hernández
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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