Misterio es algo en gran parte desconocido pero que de alguna manera se nos hace presente sin que sepamos explicarlo suficientemente. A veces lo relacionamos con obras literarias o películas en las que el manejo de lo desconocido provoca ciertas emociones en el público atraído por este tipo de obras. Suele calificarse de misterioso también lo que tiene que ver con realidades o supuestas realidades que escapan al conocimiento tanto general como científico.
En el cristianismo, misterio es una verdad o un hecho en el que se manifiesta el poder de Dios para la salvación de los hombres y que, por su origen divino, rebasa la capacidad de explicación natural. Los misterios capitales del cristianismo (no solamente de los católicos) son dos: 1. El misterio de la Trinidad y 2. el de la divinidad y humanidad de Cristo. En otras palabras, se confiesa que hay un solo Dios en tres personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y que Jesucristo es Dios y hombre verdadero.
La cuestión social se relaciona con estos misterios porque la reflexión y debates históricos sobe los mismos condujo a destacar la importancia de la persona. En efecto, para sostener el misterio trinitario había que resaltar las relaciones en la divinidad, es decir, las personas, y para sostener la divinidad y la humanidad de Cristo era necesario poner énfasis en su unidad como persona.
Destacar la importancia de la persona llevó, a través de la historia, con sus progresos y regresos, a notar el valor peculiar de cada individuo humano y a reconocerlo no solamente como individuo, sino como persona, así como a destacar la importancia de las demás personas en la perfección de cada uno, porque el ser humano es social por naturaleza.
El reconocimiento y el respeto de la dignidad de la persona humana, profundizado en la reflexión cristiana de sus principales misterios, constituye especialmente una importante aportación al desarrollo de la humanidad.
Pedro Miguel Funes Díaz