En nuestros días se comenta ampliamente sobre el tema de la inteligencia artificial, abreviada IA, o AI en inglés. Un tema de interés cuyos usos y repercusiones en el desarrollo humano son de interés creciente por sus vastísimos alcances. Sin embargo, no todos tenemos suficiente claridad para captar la naturaleza de esta herramienta, por lo cual un primer punto que nos podría ser útil es saber cómo suele definirse o describir la IA por aquellos mismos que le han dado impulso. Así, podemos partir de que la IA se ha desarrollado como una tecnología por medio de la cual se imita el funcionamiento de la inteligencia humana.
Si por una parte la IA trata de imitar a la humana, también es cierto que se aspira a una que aspire a superar las capacidades humanas, por eso se habla de IA débil, que es lo que hasta ahora se ha alcanzado, e IA general. Esta imitación de la inteligencia humana nos permite también establecer que la palabra “inteligencia” de la expresión “inteligencia artificial” se entiende ante todo de manera funcional, orientada a la realización de tareas. La inteligencia humana, en cambio, es una facultad integral de la persona, que ha sido tema de estudio desde la Antigüedad hasta nuestros días, desde la filosofía hasta la neurociencia, pasando por la psicología y la biología, por mencionar algunas disciplinas interesadas en ellas.
En la inteligencia humana se puede hallar tanto la intuición de la verdad como el razonamiento discursivo, aspectos que inciden en toda la constitución de nuestro ser, pues se halla inseparablemente unida al cuerpo. Ahora bien, dado que los seres humanos estamos ordenados a la comunión interpersonal, la inteligencia humana se ejercita en el diálogo, la colaboración y el amor. La inteligencia humana en última instancia tiene como sentido la captación de la verdad, que la atrae más allá de lo puramente físico. Vemos con ello su vinculación con el bien, porque la voluntad precisamente tiene como referente fundamental la verdad que la inteligencia le presenta. No existe una “voluntad artificial”, porque somos nosotros los responsables de nuestros actos, aún en el caso de que hayamos consultado, a cualquier nivel, una IA.
Tanto los desarrolladores de la IA como sus usuarios a todos los niveles de acceso a esta impresionante herramienta con variadas ofertas, así como las grandes instituciones científicas y tecnológicas, como los mismos gobiernos, han captado la necesidad de un marco ético y también legal para su uso razonable, en favor de la humanidad. Esto, requiere no solo inteligencia, sino sabiduría.