Política

La fascinación del poder

Poseer la capacidad para hacer algo es sin duda atractivo. Poder jugar, trabajar, hacer algo útil o que guste… es atractivo, es decir, el poder resulta algo apetecible. Lo mismo sucede con el poder político, es algo apetecible y una de sus características distintivas es que se ejerce mandando que algo se haga o se deje de hacer. Pero si todo poder es atractivo, el poder político es fascinante, ejerce una atracción irresistible, o al menos poco resistible, especialmente para quienes ya lo han probado.

Se cuenta que el político romano Lucio Quincio Cincinato (519-43 a. C.) se distinguió por su honradez y falta de interés personal por mantenerse en el poder. Lo sobresaliente de este hombre fue precisamente que no cedió a la fascinación del poder, sino que se mantuvo siempre en la virtud. Sin embargo, no todos los seres humanos son capaces de resistir a la atracción que puede ejercer la capacidad de mandar.

Ya en la antigüedad, Aristóteles notaba que las formas de gobierno podían corromperse y dejar de buscar el bien común y, en cambio, perseguir el interés particular. El poder político fascina porque por una parte permite a quien lo detenta sentirse de algún modo superior, y porque le permite también beneficiarse en proporciones que serían o imposibles o sumamente difíciles sin ese poder.

En quienes lo detentan, la fascinación del poder genera la tendencia a incrementarlo y a ampliarlo lo más posible. Si bien parecería que la concentración indebida del poder correspondería sobre todo a los regímenes monárquicos, de hecho también sucede en los que hoy suelen llamarse democráticos, de cualquier signo que sea o sean los que están o acceden al poder. Lógicamente quienes se hallan en esos lugares se justificarán de acuerdo a la ideología que sostengan o pretendan sostener. Por ejemplo, dirán que actúan según la voluntad del pueblo, aunque finalmente resulte que el pueblo, para ellos, lo forman quienes están de acuerdo con sus propuestas.

Viviendo en un régimen que se presenta como democrático conviene que los ciudadanos sean conscientes de los riesgos de que se desplace el bien común por el interés particular y que quienes accedieron de forma democrática al poder no jueguen con leyes e instituciones con el fin de evitar la participación de quienes no piensan como ellos.

Desde el punto de vista cristiano puede decirse que existe una tentación del poder, no porque en sí el poder sea malo, sino porque puede usarse indebidamente. Ahora bien, la tentación se vence por la virtud, por la recta conciencia y por la gracia.


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Pedro Miguel Funes Díaz
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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