Sabemos que muchas veces se usan las palabras amar y amor en un sentido predominantemente pasional pero que, si se profundizan, indican un aspecto humano que más allá de las pasiones apunta a una realidad humana esencial, es decir, apuntan al bien del ser humano como tal que, sin negar su dimensión biológica y animal, descubre el aspecto espiritual y trascendente de todas las personas.
Amar a alguien es sobre todo querer su bien y trabajar eficazmente por él. Hoy, ante las tragedias de los terremotos en Venezuela, por ejemplo, vemos los esfuerzos de tantos que, de diversas partes del mundo, han llegado ahí y no vacilan en arriesgar su vida por salvar la vida de un semejante.
Si la relación del amor con el bien individual nos abre el horizonte a la trascendencia, debe señalarse la existencia de un bien que corresponde a la vida social de las personas, que llamamos el bien común. Se trata de un bien que en cierto modo sobrepasa mi bien, tu bien o su bien, ya que constituye nuestro bien. No se opone al bien individual, ya que en realidad lo posibilita, pues decir nuestro bien supone los individuos, las familias y las muchas realidades sociales que se forman dentro de la gran sociedad.
El bien común es un bien que se busca para quienes forman parte de la comunidad social, ya que en tal comunidad es donde consiguen realmente su bien propio. Enseñaba Benedicto XVI que “trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como ciudad”. Añadía que “se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales”.
Naturalmente el bien común debe ser interés de todos, sean de cualquier credo que sean, precisamente porque se trata de un bien incluyente por naturaleza. Con todo, Benedicto XVI señalaba de manera particular que “todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la sociedad. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la sociedad”. Así pues, para un cristiano “todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno”.