Igualdad de los seres humanos es el principio por el cual las leyes y normas se consideran generales. Valen para proteger a cualquier persona de las situaciones que los afecten en su vida y en su modo de vida. Por ejemplo, recibir un salario menor al salario mínimo establecido por ley es un acto que afecta el vivir cotidiano y por tanto, la persona en esa circunstancia puede acudir a la autoridad para recibir la protección necesaria, es decir, obligar al patrón a pagar lo establecido en la ley.
Existe desigualdad en las personas cuyas condiciones de vida están afectadas por limitaciones físicas o psíquicas, lo cual les obliga a requerir ayuda y protección especifica y diferente al de una persona en uso completo de sus facultades. Esa protección y ayuda, poco a poco, ha establecido leyes específicas con las cuales se organiza la compensación de las limitaciones producidas por esas condiciones disminuidas.
Las leyes ante las desigualdades entre las personas de una sociedad declarada igualitaria, sea por la forma o modo de vida, sea por la disminución o ausencia de algunas de las condiciones humanas usuales, tratan de compensar y dictar disposiciones para igualar en la práctica lo desigual de esas personas afectadas. Conforme se conoce mejor las causas de las condiciones humanas disminuidas, y las consecuencias productoras de desigualdad, las leyes y sus protocolos ayudan mejor a superar los efectos de las esas discapacidades. Sin embargo, en la práctica de todos los días, estamos lejos de superar esas desigualdades.
Una de las causas prácticas es la desprotección de los cuidadores y cuidadoras de las personas con capacidades disminuidas. Una familia con alguno de sus miembros sufriente de discapacidad ha de hacer muchas cosas para aprovechar las disposiciones legales destinadas a igualar la situación de ese miembro. Médicos, hospitales, clínicas, disputas, declaraciones, salas de espera, medicinas, tensión intrafamiliar, aparatos, terapias, transporte especial, y más, mucho más en múltiples ocasiones.
Y, por si fuera poco, la incomprensión de los “normales”. No los consideran iguales sino enfermos latosos. De ahí a la agresión y el escarnio cotidiano, sólo hay un paso. Eso no lo puede igualar la ley. Sí un mínimo de ética de respeto, la cual nos hace ver en el rostro del otro, el rostro propio.
¿Qué y cuánto nos cuesta?
Miguel Bazdresch Parada