Personas de principios del siglo XXI, podrían ser testigos del fin del imperio que construyó Estados Unidos, según estudio del escritor inglés John Glubb, quien después de estudiar el desarrollo y fin de otros que registra la Historia, concluyó que ellos no duran más de 250 años, tales como el persa, romano, otomanos, español, inglés y otros. El que nos ocupa ahora está en el límite.
De acuerdo con el diccionario, un imperio es una unidad política estatal que ejerce control sobre un extenso territorio y diversas poblaciones sobre las cuales aplica su poder. Precisamente la era cristiana nació en una región bajo el control romano, y en los textos sagrados hay numerosas menciones a ese poder que se ejercía en el Medio Oriente y llegaba hasta el Mediterráneo, incluyendo la península ibérica.
El libro de Glubb editado en 1976, se titula en español “El destino de los imperios” y a búsqueda de la supervivencia, en el cual desglosa el estudio de 11 imperios y llega a la conclusión de que cada uno de ellos pasaron por las mismas 6 etapas: I.- Pioneros; II.- Conquistas; III.- Comercio; IV.- Riqueza; V.- Intelecto y VI.- Decadencia, describiendo que en esta última prevalece como causa el hedonismo, el pesimismo y el estado de bienestar.
Son pocos los autores que se propusieron esta investigación tan especializada, con el valor implícito de poder vislumbrar el futuro que le espera, en este caso, a la poderosa nación vecina del norte, que tanta influencia ha tenido sobre el desarrollo de la sociedad mexicana, no siempre positiva por su constante intromisión en la política y su permanente apetito por nuestras riquezas.
Los intereses que impulsan a los países o capitales imperialistas son básicamente las causas económicas que requieren de invertir capital en la búsqueda de tierras, materias primeras y metales para obtener finalmente mejores precios, usando la mano de obra barata o esclavizada, para luego tener un mercado amplio en el territorio conquistado, todo ello gracias a la superioridad militar y tecnológica que permitieran el dominio y el prestigio de país de dominio e influencia y establecer sus propias reglas.
Fueron la competencia racial que impulsaba al ideal darwiniano y la presunción de la superioridad de la raza blanca sobre el autóctono, a la que debían “civilizar” para con docilidad, servir al imperio.
Glubb afirma que los Estados Unidos después de conquistar un nivel superior gracias a su sistema educativo, centros militares y productividad, empezó a decaer por su excesos y la molicie, proclive al hedonismo, espectáculos y otros distractores, agregando consecuencias negativas por belicosa política exterior, productiva industria militar y militarismo obediente.
Parece que ya asoman esas señales que aconsejan evitar ser arrastrados.