El juego del ajedrez es uno de los más antiguos de la Humanidad, cuyo origen que se pierde en el tiempo, afirman fue inventado por los árabes.
En algunos países se considera el juego nacional como en Rusia, y en otros es parte del programa educativo, como en el Japón, tejiéndose a su alrededor historias, biografías y anécdotas.
Una de ellas se refiere al origen de una jugada que se llama “jaque al pastor”, que significa ganar la partida en un mínimo de movimientos, cuando se ha dejado al rey sin protección, derribado simbólicamente del tablero.
Según la leyenda, existió un rey aficionado a ese juego, al cual invitaba a sus ministros a compartirlo, los cuales por complacencia lo hacían ganar, felicitándolo aunque no fuera hábil para ganarle a ninguno de los zalameros “contrincantes”.
En una ocasión el rey viajaba en un carruaje por el campo, cuando se presentó una descompostura en las ruedas, que obligaba a esperar su reparación; el rey bajó y se protegió del sol bajo un árbol, llevando consigo su inseparable tablero de ajedrez, cuyas piezas desplegó en soledad. En eso estaba cuando pasó un pastor quien se acercó curioso al rey, y éste le preguntó si sabían jugar.
Para su sorpresa, la respuesta fue positiva lo que alegró al condescendiente monarca invitándole a sentarse y jugar, iniciándose la partida.
La sorpresa del monarca fue mayúscula al perder la pieza principal que cayó con el fatal jaque mate en menos del diez jugadas; el pastor hizo una reverencia y se alejó con sus ovejas, dejando al perdedor entre estupefacto y furioso… pero su furia surgió contra sus ministros.
Comprendió que ellos al dejarse ganar, “quedaban bien con su jefe”, sin posibilidad de aprender de las derrotas que se merecía; a ellos les esperaba una andanada de reales insultos y su probable despido .
La anécdota es válida en cualquier época y lugar del mundo: los consejeros experimentados pero sin dignidad y valor no son capaces de contradecir, corregir o pronosticar consecuencias.
En México se acuñó la escena que refleja a ese tipo de sumisión de personas al responder al jefe: “Es la hora es la que usted indique, señor Presidente”.
La metáfora del “jaque al pastor” sigue prevaleciendo en nuestro medio, porque el contradecir, aclarar, ilustrar, pronosticar consecuencias negativas, da lugar a graves problemas que no sólo cuestan dinero, sino también vidas.
Pero, ¿qué jefe tiene la madurez de aceptar que está equivocado? ¿Qué le espera a quien le afirme que el proyecto -cuando lo da a conocer- causará un desastre? ¿Acaso los obedientes asesores no son corresponsables de los problemas que ocasionan las ocurrencias? Los profesionales cuyas opiniones no son escuchadas, renuncian… ante un lava-manos.