En el barrio y en la escuela el chiste iba más o menos así. Están un gringo, un ruso y un mexicano en una competencia para ver quién entiende el lenguaje de señas del filósofo Sócrates. Gana el mexicano. Le preguntan a Sócrates, explica: “Primero alcé un dedo para decirle que había un Dios; él alzó dos dedos para añadir una persona más, yo alcé tres dedos para concluir que eran tres personas; él cerró el puño para indicar: ‘todas las personas, unidas’. Me llevé un dedo a la sien para indicar que los hombres están hechos de inteligencia, y él dobló su brazo derecho, colocó su mano izquierda sobre el bíceps, y con eso quería decir que los hombres también estaban hechos de fuerza. Por eso ganó”. Sus amigos le preguntan al mexicano cómo le hizo y él responde: “Sócrates primero alzó el índice para decirme: ‘Te meto un dedo’, yo alcé otro: ‘Te meto dos’; él, otro: ‘Te meto tres’; yo cerré la mano para decirle: ‘Te meto el puño entero’. Él se llevó un dedo a la sien para decirme que era yo un pendejo, y yo doblé el brazo derecho y lo corté con la mano izquierda para mandarlo a chiflar a su máuser”.
“Así no va, el Arcipreste no se lo sabía”, me dije en sonriente silencio cuando tiempo después me encontré en la primera edición que tuve de El libro del buen amor del Arcipreste de Hita (Bruguera, 1971) un subtítulo que iba “… DE LA DISPUTA QUE LOS GRIEGOS Y LOS ROMANOS TUVIERON ENTRE SÍ”. Ahí un “vellaco romano” es quien se encarga de “debatir por signos y señas”. El representante griego muestra el índice; el vellaco romano enseña dos dedos, y el pulgar. El griego enseña la palma de una mano y el vellaco un puño cerrado.
La interpretación es la misma salvo que el vellaco habla de romper ojos y dientes con los dedos, y el puño final promete golpiza si el otro sigue con la amenaza de darle una “palmada que le haría resonar los oídos”. Y hasta ahí. No sé si lo del índice en la sien y lo del bíceps aparecen en otras variaciones o si naaah, qué: son mera parte del relajo nacional.