Tortuoso el camino verbal que ha ido de Khomeini a Jamenei. Pasaron años antes de que la prensa y los medios entendieran que los despachos extranjeros, sobre todo estadunidenses, usaban la kh porque es la única forma de crear el sonido j en la lengua inglesa. Leímos Khomeini por lo menos desde el comienzo de su revolución en 1979 hasta la pena de muerte contra Salman Rushdie en 1989. Y más allá.
Y más aún: se nos pedía que donde estábamos leyendo “ayatollah” pronunciáramos la ll como ele sola y que a la a antes de la hache muda le pusiéramos un acento. Algunos explicábamos por qué Khomeini debía ir con J: si quieres que un angloparlante diga México y no Mécsicou escríbele “Mékhiko”. Buena noticia que Khamenei ya sea con J.
Y había otro problema absurdo con la j. Nos pedían que dijéramos “Sarayevo” donde decía Sarajevo. O yihad donde decía jihad. Yo encabecé una pequeña rebelión personal y aún la sostengo. No solo me negué a leer “Beiyín” donde me estaban poniendo “Beijing” sino que desde entonces leo Pekín y a otra cosa.
Y luego la aparición de nuevos países como Sri Lanka y Myanmar. Cómo rayos saber que se referían a Ceilán y Birmania. Pablo Neruda de seguro se revolcó en su tumba cuando fui a su libro de memorias Confieso que he vivido y pensé en “actualizar” una frase: “Sri Lanka, la más bella isla grande del mundo, tenía hacia 1929 la misma estructura colonial que Myanmar”. Y Neruda tendría que referirse a “mi amor myanmarano” en vez de “mi amor birmano Josie Bliss”, una loca fatal y memorable que le inspiró el gran poema “Tango del viudo”, luego de abandonarla por el miedo literal a la muerte: “Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde/ el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras”.
En Vislumbres de la India (1995) Octavio Paz escribe: “Muchos de estos nombres aparecen en mis poemas de esos años. Y el salto, los saltos a Ceilán, que hoy llaman Sri Lanka”. Luego vuelve a escribir “Ceilán”.
Con Neruda y Paz, me quedo en Ceilán y Birmania.