Aparece (The Times-Culture-19/4/26) un libro de Rebecca Lee sobre “clásicos rechazados” y otras historias similares. La reseña me hizo volver al libro Rotten Rejections (Ed. André Bernard, Pushcart Press, NY, 1990). Creo que pueden traducirse como “rechazos malaleche”. Van algunos. La clasificación es mía.
El rechazo malaleche más burdo, para Granja de animales de George Orwell: “Es imposible vender historias de animales en Estados Unidos”. El más pedante, para un libro sin título de Rudyard Kipling: “Lo siento, señor Kipling, usted simplemente no sabe cómo usar la lengua inglesa”. El más absurdo, para Madame Bovary de Gustave Flaubert: “Usted ha sepultado a su novela bajo un montón de detalles que están bien hechos pero que son por completo superfluos”.
El más fariseo, para El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence: “Por su propio bien no publique este libro”. El más impune, para Moby Dick de Herman Melville: “Es muy largo, más bien pasado de moda, y en nuestra opinión no merece la reputación de la que al parecer goza”. El más previsible, para La máquina del tiempo de H. G. Wells: “No tiene ni el suficiente interés para el lector común ni la profundidad suficiente para el lector científico”. El más previsible, 2, para Estudio en escarlata de Arthur Conan Doyle: “Ni lo bastante largo para fascículos ni lo bastante corto para una sola historia”.
El más haragán, para El laberinto de la soledad de Octavio Paz: “No veo que el libro en su totalidad pueda interesarles a los lectores estadunidenses. Esto se debe a que está dirigido a los mexicanos”.
El más ignorante, para el poema “Portrait d’une femme” de Ezra Pound: “El verso inicial contiene demasiadas ‘erres’”. El más ignorante, 2, para un manuscrito con poemas de Emily Dickinson: “Raro: las rimas estaban todas mal”.
El más comprensible, desarmado, incluso tierno, para Santuario (donde ocurre una violación con un elote) de William Faulkner: “Dios mío. Yo no puedo publicar esto. Usted y yo iríamos a la cárcel”.