Vi en una plataforma la libérrima Las mil y una noches (1974) de Pasolini. Vi en los créditos que parcialmente se filmó en Irán y la conclusión fue obvia: fue posible porque aún gobernaba el sha, Jomeini no la habría permitido.
Aparece el poeta Abu Nuwas, cuyas aventuras improbables con el califa Harún al-Rashid le dan varias noches de diversión al libro. Curioso que Abu Nuwas (muerto en el año 814) naciera en lo que hoy es Irán pero muy joven se desplazó a Bagdad, entonces la Roma del mundo árabe. Urbanísimo, bebedor libérrimo y libérrimo explorador de la sexualidad, ironizador de la Arabia del desierto y del camello, Abu Nuwas (“Pelos Chinos”) escribió poemas como este: “A la pregunta: ¿quieres peregrinar a la Meca?/ respondí: ‘Sí, cuando se agoten los placeres en Bagdad’./ ¿Si no salgo de casa de la alcahueta o el vinatero/ cómo voy a peregrinar?”.
El poeta Adonis (Poesía y poética árabes, 1997) cifra la presencia del vino en su obra. “El vino es en Abu Nuwas un manatial de transformaciones que se revisten de la forma deseada por la pasión del poeta y el desafío de su imaginación. Es lámpara y alborada, lenguaje primigenio. El vino tiene ojos. Y es el conocimiento. Las mismas copas en las que se sirve son estrellas que por el cielo marchan; las manos que los sirven, sus constelaciones. Por todo lo anterior el vino es tiempo extraño: un tiempo de luz y sol que no conoce la noche”.
Una historia bastaría para no olvidar a Abu Nuwas. De varias versiones hice una.
Los mil poemas. De joven, el poeta árabe Abu Nuwas le pidió permiso a su maestro para escribir un poema propio.
—Cómo no—dijo el maestro—. Pero antes debes aprenderte de memoria o conocer mil poemas.
Abu Nuwas fue a aprenderlos y a familiarizarse con ellos. Cuando volvió, largo tiempo después, durante días y días pasó la prueba de repetir o mostrar que conocía los mil poemas. Al cabo le preguntó a su maestro si podía escribir ya un poema propio.
—Cómo no—dijo el maestro—. Pero antes olvida los mil poemas.