Después de Grecia, Roma, el imperio español, España, la Italia del Renacimiento, la Ilustración y todo eso, ocuparse de la Europa contemporánea, la que conocemos y vivimos, da mucha pereza. Pero no puedo liquidar el asunto por la cara. Sin contar algo de ahora. Como vimos durante ciento veinticinco capítulos, hubo un tiempo en que este continente discutía a Dios, inventaba la imprenta, trazaba mapas del mundo y, cuando se cansaba de pensar, conquistaba medio planeta y se convertía en árbitro del otro medio. Produjo catedrales, sinfonías, teorías científicas y sistemas políticos que hoy otros imitan. Fue capaz de engendrar a Miguel Ángel, Vitrubio, Newton, Lutero, Velázquez, Napoleón y Beethoven. Tenía ideas y, cuando era preciso, mano dura. La decadencia no vino con invasiones bárbaras ni con ejércitos extranjeros, sino con PowerPoint, lenguaje inclusivo y regulaciones sobre el tapón de las botellas de agua mineral. La Europa que antaño dictó leyes al mundo asume ahora con naturalidad que otros hagan el trabajo serio. Incapaz de competir, se conforma con establecer normativas, a veces minuciosamente absurdas, para lo que otros inventan, fabrican y venden.
Mientras en Pekín estudian ingeniería y geopolítica (aplicando sin complejos disciplinas que aquí se han vuelto sospechosas) y en Silicon Valley levantan imperios que controlan a millones de personas, los europeos, patéticos herederos de Homero, Cervantes, Montaigne y Voltaire, nos limitamos a reglamentar lo que otros inventan: la cuna de la Revolución Industrial, convertida en oficina de control de calidad del mundo. Los fulanos que nos rigen y los empresarios que nos trajinan externalizaron la producción, abarataron costes, celebraron dividendos y vaciaron de industria sus propios países. Era más cómodo fabricar en Asia y dar lecciones morales en Bruselas que mantener una base productiva eficaz. El resultado es una Europa muy activa redactando reglamentos, pero nula cuando se trata de chips, baterías, coches o lo que sea.
La clase política tampoco se queda atrás en mediocridad y vagancia: nadie tiene ya ni puta idea de quiénes fueron Churchill, De Gaulle, Adenauer y el resto de la peña. En vez de explicar a los ciudadanos que el mundo es cada vez más cabrón y que la prosperidad necesita trabajo y claridad, se optó por infantilizarlos: bienestar sin esfuerzo, derechos sin deberes, seguridad sin defensa. Y para guinda del pastel llegó la inmigración masiva, hecho histórico inevitable que exigía cabeza fría y visión larga. ¿Qué hicieron nuestros responsables? Pues lo que mejor hacen: discursos sobre humanidad, solidaridad y diversidad entendida como fin en sí misma. Todo bien regado con una suicida falta de planificación. Se abrió de par en par la puerta (convicción moral, necesidad laboral y demográfica, miedo al qué dirán) sin explicar que el asunto no consiste en repartir ayudas y esperar que la convivencia surja sola, sino en dejar claro que aquí no mandan los clérigos, ni los tiranos, ni los fanáticos, ni los más bestias; que hay libertades y obligaciones no negociables que costaron dolor, sacrificio y sangre. O sea, que se eludió exigir (palabra que tiene mala prensa) el debido respeto a la igualdad entre hombres y mujeres, a la libertad de expresión, a la primacía del derecho civil sobre cualquier norma religiosa. Y cuando la realidad disparó las primeras tensiones, la reacción de quienes viven en barrios homogéneos y seguros, lejos de los experimentos sociales que promueven, fue previsible: negar, ningunear, etiquetar de fascista a quien señalara el problema. Así se alimentó la eterna bestia de los extremos.
A todo eso se vino a sumar la burocracia europea, eficaz para legislar chorradas, ideal para el eufemismo administrativo y la puntita nada más por delante o por detrás, pero lenta y cobarde en lo demás: casta parásita que asfixia a pequeñas y medianas empresas con cargas administrativas mientras gigantes extranjeros operan con chulería tecnológica y financiera. Una burocracia idiota que regula hasta el tamaño de las aceitunas, pero se cisca viva ante los desafíos serios (Putin, Trump, el fanatismo islámico, el petróleo del Golfo, la franja de Gaza, Groenlandia y la puta que los parió). Tampoco olvidemos a los cretinos académicos y mediáticos, siempre dispuestos a teorizar sobre la superación de las identidades nacionales desde la comodidad de sus cátedras, que proclamaron el fin de las fronteras en un mundo que nunca dejó de tenerlas, anunciando el advenimiento de una ciudadanía universal mientras otros, más pegados a la realidad, consolidaban estados fuertes y orgullosos de serlo. Y así, en manos de cantamañanas retóricos y de una banda de gilipollas con dietas en Bruselas, la vieja Europa perdió el respeto del mundo. No porque los de afuera se volvieran malvados de repente, sino porque en política internacional el respeto se basa en eficacia, prestigio y coherencia. Y si dependes de aquel a quien criticas, si compras tecnología a quien insultas, si necesitas protección militar de uno al que desprecias ideológicamente, el mensaje que envías resulta clarinete: eres un puto payaso.
Continuará