Se llama Miguel Hidalgo Peña y es florista; un oficio que aprendió de niño, a partir de la prueba de fuego planeada por sus padres, quienes tenían un puesto en el Palacio de las Flores, donde un día lo dejaron encargado del negocio mientras ellos iban al cine, no muy lejos de la zona.


Después de cincuenta y tantos años, Miguel cuenta la anécdota y sonríe al recordar que esa vez llegaron dos muchachas por un ramo de rosas rojas que él, nervioso, tuvo que hacer, para después mirar la aprobación de ellas mientras, preocupado, se frotaba las manos.

El Palacio de Flores también es conocido como mercado San Juan, que en 1955 formó parte de cuatro unidades — carnes, flores y dos de abasto— en el centro de la capital, donde los papás de Miguel Hidalgo eran empleados y con el tiempo se hicieron de un local.
Miguel nació en 1953 a una cuadra de la calle Luis Moya, conocida después como Los Sanjuanes, en referencia a los mercados, uno de los cuales quedaría como Palacio de las Flores San Juan, cuyo conjunto tiene alrededor de 180 años, de acuerdo a sus cálculos.
Miguel, el ocupante con más antigüedad en este mercado público, conformado por 76 locales, recuerda a padre y madre como una pareja laboriosa; dice que se conocieron aquí, en San Juan, donde eran empleados de florerías. Su papá se vino muy joven del estado de Hidalgo.
“Imagínese —dice Miguel—, mi papá entraba a las seis de la mañana y salía a las diez de la noche, por cincuenta centavos diarios”.
El trabajo de su padre consistía en cambiar agua a los jarrones, podar y vender flores. Después, con ahorros, adquirió un puesto. Y con el tiempo procrearon seis hijos, uno de ellos ya fallecido, pero solo Miguel se interesó por ser florista, oficio que ejerce desde hace 55 años.
Miguel Hidalgo Peña recuerda con nitidez la anécdota de cuando sus padres se ausentaron aquel día para ir al cine, quizás al Orfeón o al Metropolitan, entre otros cercanos a la zona, todos ya desaparecidos.
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Y aquí está María Colín, que trabaja desde los 15 años, junto a su esposo, Esteban Magdaleno Corona, que inició a los 12; ofrecen una variedad de flores mexicanas y de otros países, como el tulipán, Casablanca, Lilis, Acapulco, orquídeas, astromelia, claveles, girasoles, tulipanes, aves del paraíso, margaritas, alcatraces, perritos, nardos, gladiolas, así como la Rosa eterna, de origen colombiano, que dura más de diez años.

“Yo empecé siendo empleada, después me casé y más tarde nos hicimos de negocios y aquí estamos vendiendo flores, muy contentos”, dice María Colín, en el local número 50, situado del lado derecho de la entrada.

En aquella época solo había flores mexicanas, precisa Esteban, que tiene cincuenta años trabajando en este mercado. “Las traían de Xochimilco y de Villa Guerrero, Estado de México”, añade.

—¿Cómo era antes?
—Todo era de campo. Unos alcatraces preciosos. Venían de Xochimilco, de San Jerónimo, de San Bernabé, de Querétaro, de Puebla. Que siguen llegando, pero puro invernadero.
—Y ahora venden la Rosa Eterna.

—Le llaman así porque dura más de diez años. Y dura todo ese tiempo porque está tratada. De tal manera que así queda: eterna.
—¿Y el precio?
—Sin capelo, quinientos pesos; y de ahí nos vamos hasta mil quinientos, que es la que lleva cuatro rosas; y la que está en su caja de madera, y bla, bla, blá, le sale en mil pesos.

—¿Y los colores?
—De todos; desde negras hasta azules.
—Y también hay de otros países.

—Aquí encuentra usted flores exóticas de todo el mundo; nacionales, no se diga. De Holanda viene el tulipán, que también en México lo tenemos; el tulipán es el que importamos más. Ahora, también importamos orquídeas, que vienen principalmente de Colombia.

—Como la Rosa Eterna.
—Sí, acuérdese que de Colombia vienen las orquídeas más bonitas.
—Hay una película que se llama La vendedora de rosas.
—Sí, de allá viene la orquídea Catleya; es una orquídea grandísima, preciosa, color lila, que aquí en México también tenemos.
Esteban Magdaleno Corona, ahora de 62 años, llegó a los 12 en este mercado, donde la única rosa fina era la catleya, misma que vendían en un famoso bar llamado La taberna del Greco, y en el hotel Capri, en Juárez y Balderas, desaparecidos con los sismos de 1985.
Esteban recuerda:
—La Taberna del Greco era un lugar de puros tríos musicales; entonces ahí llevábamos nuestras orquídeas.
—¿A qué edad las llevaba?
—Tenía yo 12 años, me iba caminando de aquí, de Luis Moya, a la Taberna del Greco, sobre avenida Juárez, que estaba como en un sótano.
—¿Y a qué hora las pedían?
—A las nueve de la noche, después de cerrar el puesto, porque a esa hora empezaba la fiesta. Ahí conocí a Lyn May, que estaba jovencita.
—¿Y a quién le entregaba las flores?
—Las entregaba en la caja del Capri, porque ellos las revendían. Imagínese, llegaban con sus parejas y regalaban las orquídeas.

Años después, a los 28 de edad, Esteban Magdaleno y su esposa se hicieron de un local, donde también trabajaron sus hijos, dos de ellos dedicados a los arreglos florales en salones de hoteles.
Pero no les ha ido bien en sus negocios, pues año y medio estuvieron cerrados por la pandemia.

El horario normal, de lunes a viernes, era de 8 de la mañana a 9 de la noche; domingos y días festivos, de ocho a cuatro de la tarde.
“Pero en la reapertura nos acondicionaron”, dice Esteban. “Teníamos que abrir a las diez y cerrar a las seis”.
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Las protestas masivas sí son un problema, coinciden comerciantes, pues cuando suceden tienen que cerrar desde la calle Arcos de Belén hasta Luis Moya, pero eso no desmoraliza tanto a Miguel Hidalgo, cuyo puesto está en la parte de arriba del mercado.
Dice Miguel que él creció entre flores y que desde aquí ha visto pasar el tiempo y las modificaciones. En los años setenta el mercado tuvo que ser remodelado, pues se escurría el agua, ya que los tres niveles eran de lámina.

Ahora, con flores de todo el mundo, luce limpio y colorido, aunque con escasa clientela. Algunos locatarios han migrado a otros estados, comenta Miguel, quien recuerda que el Palacio de las Flores también fue conocido como La universidad de los floristas.

—¿Y qué ofrecen para este mes del amor y la amistad?
—De todo, como siempre: pura flor de primera. Y le digo una cosa: aquí hay presupuesto para todo el mundo: una flor, una rosa, un ramo de novia, para evento, todo tenemos aquí.
Humberto Ríos Navarrete