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Sábado , 16.02.2019 / 10:15 Hoy

Atrevimientos

En defensa de las humanidades

Héctor Raúl Solís Gadea

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Las llamadas ciencias “duras”, las ingenierías, las disciplinas tecnológicas y las matemáticas, se consideran más importantes que las humanidades y las ciencias sociales, no se digan las ideas morales, religiosas o teológicas. Se asume que los cambios históricos relevantes tienen que ver más con los adelantos tecnológicos y científicos, y menos con la evolución del pensamiento filosófico, político, religioso, o estético.

Esta creencia tiene algún fundamento: los avances técnicos han transformado dramáticamente nuestras formas de vida. Expanden nuestro control sobre la realidad y nos dan comodidades maravillosas. ¿Qué sería de nosotros sin los antibióticos y las modernas técnicas quirúrgicas que todos los días salvan vidas? ¿Cómo nos comunicaríamos sin televisión, internet y telefonía? ¿Y qué decir de la producción y distribución contemporánea de bienes y servicios, que debe su increíble eficiencia, entre otras cosas, a la logística y la matemática?

La ciencia y la técnica han tenido éxitos tan deslumbrantes que para muchos son el modelo privilegiado de conocimiento al que deben aspirar las disciplinas sociales y humanísticas. La Ilustración y su heredero, el positivismo, se propusieron unificar todas las disciplinas en torno al método de la ciencia natural. Se pensó que así como las ciencias naturales y las matemáticas han resuelto muchas incógnitas del plano físico, químico y biológico, también podrán esclarecer, de una vez y para siempre, los enigmas sociales, políticos y la psique humana.

Se creyó que la razón técnica puede erradicar males que nos han acompañado desde siempre: la violencia y las guerras, la pobreza y la desigualdad, la ignorancia y el fanatismo, la arbitrariedad y la barbarie, las enfermedades mentales, las opresiones políticas, económicas y de raza. Para hacerlo, basta aplicar el rigor analítico de las ciencias empíricas y lógicas a la comprensión del mundo humano. Con perseverancia, acumulando observaciones y descartando hipótesis correctamente formuladas, podríamos entender y resolver nuestros problemas morales y políticos.

Nos desharíamos de los errores transmitidos por los mitos y los relatos legados por la tradición, las falsas creencias de la religión, la magia y la metafísica. Todo ello sería sustituido por las hipótesis racionales de la ciencia, los experimentos controlados y la observación rigurosa. De esa manera, podríamos tomar las decisiones correctas y superar los desacuerdos morales y los fanatismos ideológicos que están en la base de nuestros conflictos, errores, violencias, opresiones y desencuentros morales y políticos.

En lugar de interminables discusiones políticas, una sólida ciencia administrativa y de gobierno, nos permitiría tomar las mejores decisiones para resolver los conflictos públicos. En vez de los consejos proporcionados por la psicología, la religión y la filosofía, las personas con problemas morales o emocionales podrían recurrir a la moderna psiquiatría y farmacología, o incluso a la ingeniería genética.

Sin embargo, el sueño de la Ilustración no se ha podido realizar. Las personas no sólo actuamos bajo la influencia de reacciones químicas o impulsos nerviosos mensurables. Nuestra conducta no sólo responde a determinadas leyes materiales: tiene que ver con creencias profundas, sentimientos de satisfacción, agravio o reclamos de justicia, amor, libertad, felicidad y otros valores. Vivimos, casi siempre, procurando encontrar sentido y significado en lo que hacemos. Las ensoñaciones y la imaginación tienen su parte en lo que nos motiva a la acción.

No es tan sencillo construir un lenguaje de conceptos claros, es decir, que no den lugar a diferencias de interpretación, cuando se procura describir, comprender y explicar los comportamientos de los seres humanos, ya sea individuales o colectivos, los fenómenos históricos, las creencias religiosas, las ideologías, los sistemas de producción y dominación política, las tendencias estéticas, las doctrinas morales y las maneras de vivir.

La consecuencia de esto es que resulta muy difícil reducir a fórmulas científicas la complejidad de la vida humana y sus creaciones. ¿Cómo explicar con base en las leyes de la ciencia el significado de una obra de arte? ¿Qué método científico utilizar para saber cuándo se es más o menos justo al tomar una decisión que afectará a otras personas?

No es fácil conocer y explicar los motivos últimos de los actos y los sentimientos de las personas. La conclusión, entonces, es que necesitamos un conocimiento diferente al que procuran las ciencias naturales y positivas. Se trata de un saber comprensivo, orientado a interpretar la vida humana y su sentido, sus motivaciones. No es un conocimiento exacto, sino un esfuerzo riguroso y siempre inacabado por entender la condición humana. Pero es tan importante como el que explica la realidad objetiva y exterior.

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