“No hayamos cicatriz/, sino diferencia interna”, con este epígrafe entramos en el poemario Sesgo de la saltillense Claudia Berrueto. Los versos vienen de “Hay un sesgo de luz” (There’s a Certain Slant of Light) de Emily Dickinson. El poema de Dickinson continúa y leemos: “Donde el significado yace/ Nadie puede enseñarlo, Nadie/ Es desesperación sellada/ aflicción imperial”. Los versos anteriores bien podrían describir el libro de Claudia, publicado en 2015 (Ediciones sin nombre, Instituto Municipal de Cultura de Saltillo) y que ha ganado el premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2016.
Es un reconocimiento que, como norteños mexicanos, nos orgullece. Como amigo de la seria, verdadera y profesional Berrueto, me llena de alegría.
Argumentaba que el epígrafe podría describir Sesgo. Las experiencias personales —más que una cicatriz— nos empujan a un mundo donde nuestra subjetividad es extrema y ese es, entonces, nuestro significado personal. Pero no es uno que podamos compartir. Sólo aspiramos a explicarlo. “La cicatriz” de la experiencia vendría a ser ese nuevo mundo que se levanta, nos forma y en el cual existimos: “nuestros padres nos midieron los pies/ con desconsuelo en la mirada/ eligiendo los zapatos como quien elige un camino” (34).
Sesgo es un poemario que deslumbra y duele leer. La palabra “sesgo” significa, como adjetivo, “torcido” u “oblicuo”. Como sustantivo identifica algo que se carga hacia un lado, que se tuerce. Berrueto nos propone que somos un sesgo. No obstante, esta forma transversal de existir —que podríamos entender como un defecto— no surge de nuestros peores episodios solamente.
Nace de la necesidad de ascender, de esos momentos en que perseguimos aspiraciones metafísicas y la realidad nos entrega nuestro humano resultado, en fin, nuestra pequeña tragedia: “conozco a dios/ … ahí está él para traerme de nuevo a casa/ con debilidades renovadas/ … porque veo que en las ollas todo se equivoca / comienzo a vaciar recipientes / como cuando vacío mi alma / y ahí está sosteniendo toallas de papel / obligándome a limpiar el minúsculo drama de lo derramado” (47-48).
El premio le dará un impulso al libro de Berrueto. Es justicia y prestigio para una escritora que se dedica a escribir. No tiene Facebook ni Twitter. El tiempo lo dedica a su vida personal, a su trabajo (como editora le debemos tanto) y al silencio de comprender lo que muchos no vemos o no tenemos tiempo de pensar. Canta el sesgo de luz que somos. Un sesgo que es también aquello que nos llega del cielo y que, como en el poema de Dickinson, es una herida que no deja cicatriz, más bien nos hace ser nosotros mismos.
Twitter@fernofabio