Cultura

Huitzilopochtli o el reino sagrado del color (2)

  • 30-30
  • Huitzilopochtli o el reino sagrado del color (2)
  • Fernando Fabio Sánchez

La semana pasada entramos en el mundo chamánico ancestral y presenciamos la creación mágica de Huitzilopochtli.

Los nahuas llamaban a esta fusión sagrada teixiptla: la encarnación de la energía divina teotl en una forma concreta del mundo físico.

Para comprender este concepto, debemos marcar una diferencia entre la tradición grecolatina que heredamos y la tradición chamánica.

Para los griegos y romanos, los dioses tenían una existencia permanente y autónoma, como seres con historia, residencia y personalidad.

En contraste, las deidades mexicas no poseían un estatus ontológico cerrado; es decir, no existían de manera fija, constante.

Solo adquirían un rostro —solo “eran”— durante el ritual chamánico, cuando un teixiptla las encarnaba.

Por eso, los teomamas mexicas o portadores de dioses llevaban sobre sus espaldas el envoltorio sagrado o tlaquimilolli, que conocimos en las entregas pasadas.

Adentro del envoltorio resguardaban los huesos de Huitzitl y los objetos específicos que canalizaban la presencia del dios.

Para la etnohistoriadora Elizabeth H. Boone, Huitzilopochtli podía configurarse a través del Huitzitzilnahualli o disfraz de colibrí.

Se componía de un yelmo con pico de colibrí y un traje completo de plumas de la misma ave.

Una cresta de plumas de garza, con plumas de quetzal intercaladas, junto con un lanzadardos de turquesa con aspecto de serpiente.

Un teixiptla o sustituto (el chamán-sacerdote) animaba esta armadura, vistiéndola.

En el rostro, le pintaban rayas azules en patrón horizontal, de tono turquesa y del cielo diurno.

Le calaban un antifaz azul o negro, decorado con puntos blancos, que eran las estrellas.

Y por último, sujetaba una bandera de papel o tela llamada pamitl, insignia de la guerra y el sacrificio.

Este atuendo cromático —síntesis del día y la noche— erigía al dios en la tierra, abriendo una brecha entre el Mundo Flor y el mundo físico, manifestando así la eterna guerra entre la vida y la muerte.

Los mexicas, procedentes de una mentalidad de cazadores y recolectores, escenificaban el intercambio sagrado de cuerpos por cuerpos, de almas por almas.

El cazador tomaba animales para su subsistencia, pero debía restablecer el equilibrio.

Así, los mexicas ofrecían color: sangre humana —agua preciosa— y el corazón que se abría como flor al ser arrancado de la caja torácica.

Y alimentaban al sol, asegurando la vitalidad del teotl, para que el orden cromático de la Tierra Florida continuara.

Esta es la esencia guerrera del pueblo mexica. Ellos —los elegidos—, eran cazadores de energía divina, y no solo soldados que buscaran imponerse por poder.

En nuestra próxima entrega, presenciaremos el sacrificio de la guerra fundacional mexica.

En el Mito de los Mimixcoa o las cuatrocientas estrellas del norte, los mexicas se transformaron de nómadas norteños a una casta de guerreros que marchaba al sur.

Será una erupción de violencia y color que cambiaría para siempre el rostro del México antiguo.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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