Cultura

Adiós, cielo del norte

  • 30-30
  • Adiós, cielo del norte
  • Fernando Fabio Sánchez

La semana pasada, los hijos de Meztli vencieron a los cuatrocientos mimixcoas y restauraron el cromatismo del Mundo Flor. Hoy analizaremos el mito y continuaremos el camino de la peregrinación hacia el sur.

El mito contra las estrellas del norte podría ser la memoria de conflictos reales entre grupos nahuatlacas: unos que mantenían la disciplina ritual del sacrificio al Sol, otros que la abandonaban.

Como en el caso de Aztlán, las cuevas de Chicomoztoc y el Sabino que se parte —escenas fundacionales que hemos visto en la serie—, los mexicas atraviesan esta batalla para separarse de otros clanes.

Los hijos de Meztli son ahora los únicos que resguardan —por medio de la guerra misma— el cosmos.

Presenciamos en estas cuatro estaciones de transformación un proceso de migración múltiple y constante desde un origen común.

Los mexicas serían uno más de los grupos yutoaztecas que migraron hacia el sur desde lo que ahora es el suroeste de los Estados Unidos.

La causa fue un cambio climático que, alrededor del 1100 d. C., interrumpió el cultivo del maíz.

Los clanes se vieron forzados a migrar, llevando consigo el náhuatl, el conocimiento tecnológico y el chamanismo ancestral.

Utilizaron la recolección y la caza ante las sequías y la imposibilidad de la agricultura.

Esta contingencia quedó impresa en su carácter. Ante la hostilidad del clima y, en particular, al confrontar la fertilidad delicada del desierto, comprendieron la tiranía del equilibrio.

El mito codifica esta realidad: el Sol les otorga a los cinco hermanos flechas de agave (planta del desierto) y escudos sin color (austeridad).

Pelean en torno a un mezquite —árbol del desierto— para resguardar el cromatismo (la continuidad) de las flores, las aves y el cielo.

De hecho, la lucha de los mexicas —como la de todos nosotros— es en contra de los elementos: el sol, el viento, la noche, el agua, el alimento.

La diferencia es que ellos convirtieron esta lucha en religión, transformando la supervivencia en acto sagrado.

Así, este grupo elegido —autoelegido— se despide del cielo norteño, clausurando el espacio.

El norte —el lugar del origen— se llamará Mictlampa, que significa literalmente ‘hacia el lugar de los muertos’.

Al sellar el septentrión, los mexicas buscan un destino en el sur, famoso por antiguas civilizaciones abuelas.

Y avanzaron hacia Mesoamérica los hijos de Meztli.

Los teomamas cargaban el tlaquimilolli —el envoltorio sagrado— que contenía los huesos de Huitzitl y el Huitzitzilnahualli (el atuendo de colibrí), entonando canciones floridas que despertaban respeto y miedo.

Llegaban a veces como huéspedes de otros grupos chichimecas, habitando sus ciudades: la Quemada en Zacatecas, la Cañada de la Virgen en Guanajuato, entre otras.

Realizaban rituales, practicaban el juego de pelota y libraban guerras acordadas o impuestas.

O se establecían en áreas donde debían cazar, sufrir hambre y sed, para luego continuar con los hijos sobre las espaldas, tal como lo narra el “Códice Chimalpopoca”.

Probablemente eran precedidos por su reputación de guerreros del sol y del desierto.

Aunque no eran los únicos que realizaban sacrificios humanos, se distinguían por sostener una disciplina ritual que los volvía superiores.

“Vagaron” por décadas —como hebreos en el Sinaí— hasta llegar a una ciudad que habitaron aquellos chichimecas que alcanzaron el esplendor ejemplar: Tula, la gran maravilla de los abuelos toltecas.

Allí, precisamente, los mexicas aprenderán a levantar grandes ciudades. 

Y Huitzilopochtli volverá a nacer, como veremos en la siguiente entrega.


fernandofsanchez@gmail.com

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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