Cultura

El desierto dentro de una laguna

  • 30-30
  • El desierto dentro de una laguna
  • Fernando Fabio Sánchez

La semana pasada conocimos a Coyolxauh, la mujer de carne y hueso que inspiró el mito de la diosa lunar. Hoy presenciaremos la respuesta de Huitzilopochtli.

El dios, luego de escuchar a los Huitznahuas y su líder, dijo a los sacerdotes con sonora ira:

“¡¿Quiénes son estos que rechazan mis órdenes e intentan ponerles fin?! ¡¿Son acaso más que yo?!

”Díganles ahora mismo que tomaré venganza en contra de ellos antes del amanecer, para que no se atrevan a opinar sobre lo que ya determiné y para lo que fui enviado.

”Así sabrán todos que solo a mí me habrán de obedecer”.

Al terminar, el dios mostró su verdadero rostro y los mexicas cayeron aterrorizados ante el sacerdote con el atuendo de colibrí.

Sus movimientos emulaban al fuego; la voz, a la furia de un demonio.

Así llegó el atardecer y se hundió el sol en un cielo enrojecido. La luna alumbraba en lo alto.

Pero dicen que, a medianoche, estando todos en sosiego, oyeron en el Tzompantli (el altar de cráneos) un terrible estruendo.

Al amanecer, encontraron muertos a los principales caudillos de aquella rebelión, en especial a la señora llamada Coyolxauh.

Los cuerpos estaban tendidos boca arriba, con el pecho abierto y les faltaba el corazón.

Así empezó la creencia de que Huitzilopochtli no comía más que corazones.

Y los mexicas —según Durán— comenzaron a sacrificar hombres y mujeres como ofrenda a su dios.

Luego de este castigo ejemplar, mientras los mexicas todavía temblaban por el espantoso ruido de la noche, Huitzilopochtli ordenó que deshicieran la laguna.

Mandó que abrieran los muros que habían construido y que el agua apresada siguiera su cauce, revelando en ese mismo espacio el desierto que habían dejado atrás.

Los mexicas, sin atreverse a desobedecer, cavaron la tierra, cortaron las sogas y quebraron los troncos.

El agua empujó con toda su fuerza, derramándose como una cascada.

Aquellos ríos inundaron sus lechos resecos y ansiosos de humedad, como tierra sedienta tras las primeras lluvias.

Pero no fue fácil. Los hijos de Meztli vieron el agua correr “contra todo el torrente de su voluntad”.

Sabían que en aquel espejo del cielo habían encontrado el descanso y la frescura que tanto buscaran.

Pero, para no incurrir en la ira de su dios, decidieron posponer cualquier consuelo.

Deshecha la laguna, se empezaron a secar los carrizales y espadaños.

Se marchitaron los árboles, el verdor de las plantas.

Se murieron los peces y las ranas y demás animales que el agua engendra y que ellos utilizaban para vivir.

Se fueron las aves marinas y, con ellas, el cromatismo del Mundo Flor. Al fin, quedó aquel lugar tan desolado y sombrío, como antes había estado.

Pero ¿algo había quedado? Sí, el camino y la visión de un dios que les había prometido la grandeza.

Por él debían continuar su peregrinación hacia el valle de México, como lo haremos nosotros en la siguiente entrega.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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