Cultura

El paraíso que no pudo ser

  • 30-30
  • El paraíso que no pudo ser
  • Fernando Fabio Sánchez

La semana pasada vivimos con los dioses el mito del nacimiento de Huitzilopochtli. Hoy viviremos el episodio en la dimensión humana, de acuerdo con el relato de fray Diego Durán.

Dice el historiador que, cuando entraron los mexicas en tierra tolteca, se inquietaron los chichimecas y serranos de la región, en especial los otomíes. 

Con enojo y pesadumbre, dijeron:

"Quiénes son esta gente. Parece atrevida y desvergonzada, pues se atreve a ocupar nuestros sitios y lugares sin nuestro permiso. No es posible que esta sea buena gente".

Los mexicas, ignorando esta murmuración, edificaron un tabernáculo (un templo portátil) con un propiciatorio (un altar) y un sacrificadero.

También asentaron sus tiendas alrededor del tabernáculo.

Luego, el dios y sacerdote que los guiaba —Huitzilopochtli— ordenó en sueños —trance chamánico— que exploraran los cuatro puntos cardinales y que encontraran un río.

La intención era inundar el llano que rodeaba el cerro de la serpiente. Así les mostraría el rostro de la tierra que les había prometido.

Y así lo hicieron. Atajaron el agua y fabricaron una gran laguna, que cercaron con sauces, sabinos y álamos.

Quién iba a decir que los mexicas —en su peregrinación desde el desierto— tendrían el poder de transformar el entorno y que en el sur encontrarían, por fin, agua en abundancia.

Llenaron el espejo de agua con juncias y árboles de tule, y pronto la vida reclamó el sitio.

Peces de todo género poblaron las profundidades.

Llegaron patos, ánsares, garzas y gallaretas.

Entre los carrizales y flores marinas, anidaron tordos y urracas de plumajes rojos y amarillos.

Con su canto y chirrido, alegraron tanto la región que los mexicas se enamoraron de aquella nueva laguna.

Y rechazaron así aquel adelanto divino, afirmando que no querían buscar más deleite de aquel que ya tenían.

Empezaron a cantar y bailar, inspirados en la frescura y lindeza del lugar.

El grupo, identificado como los Huitznahuas, seguía el liderazgo de una señora llamada Coyolxauh, es decir, la que está adornada de cascabeles.

Orgullosos, dijeron:

“Aquí es tu morada Huitzilopochtli. A este lugar eres enviado. Aquí, en este cerro de Coatepec, te conviene ensalzar tu nombre.

”Aquí te será concedido gozar del oro y de la plata y de todos los demás metales.

”Disfrutarás de las piedras preciosas y de las plumas de diversos colores, ricas y resplandecientes, y de las preciosas mantas, y del cacao y de todo lo demás que en este nuevo mundo existe.

”Aquí has de ganar lo que resta de las cuatro partes del mundo, con la fuerza de tu pecho, tu cabeza y brazo.

”Este es el lugar donde has de alcanzar la gloria y ensalzamiento de tu nombre.

”Esta es la cabecera de tu reino.

”Manda a tus sacerdotes y custodios —los teomamas— que realicen una junta y que concluyan el andar, para no buscar más descanso del que aquí tenemos.

”Que descansen ya los aztecas y mexicas, y que terminen ahora sus trabajos”.

Esto dijo Coyolxauh y los Huitznahuas, sus hermanos.

Pero Huitzilopochtli escuchó escondido en el color, y airado por la conformidad de sus vasallos, respondió como dios solar y de la guerra, tal como veremos en la siguiente entrega.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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