Cultura

A la cabeza del primer lago

  • 30-30
  • A la cabeza del primer lago
  • Fernando Fabio Sánchez

Con la promesa de su dios, los hijos de Meztli continuaron su peregrinación hacia el valle de México.

Llegaron hacia la mitad del siglo XIII, después de décadas, o quizá siglos, de haber partido de Aztlán.

La generación que inició el viaje había muerto ya. Pero sus sucesores se habían mantenido fieles a su dios disciplinario y celoso.

Desde Tula, avanzaron al este y luego al oeste, hacia un valle flanqueado por volcanes que aprisionaban cuerpos de agua naturales —diferentes a la presa que Huitzilopochtli les había mandado formar y deshacer en Coatepec.

El área era fértil por su elevación y su textura volcánica, aunque se parecía a aquella región de las lagunas del norte que servía de centro ceremonial y entrada al inframundo.

Allí el agua tampoco desembocaba en el océano, sino que se acumulaba en mares interiores, gracias a una serie de ríos endorreicos.

El primer cuerpo de agua que pisaron fue el lago de Atenco, ‘en la orilla del agua’, ubicado en el norte del valle, y que ahora conocemos como lago de Zumpango.

Los mexicas rebautizarían la región como resultado de su actividad primaria: la guerra.

Otros grupos chichimecas —de quienes se habían separado y consideraban ajenos a su credo— los recibieron con hostilidad.

Según la “Historia de los mexicanos por sus pinturas”, atribuida a fray Andrés de Olmos, el señor Tlavizcal Potongui, ‘el que realiza el rito del alba’, los confrontó.

Como un gesto de conciliación mandó sacrificar a un prisionero de una guerra anterior.

Lo ofreció a Huitzilopochtli, reconociendo así su poder y dominio.

Pero los mexicas no cedieron.

El “Códice Azcatitlán” menciona que hubo una batalla entre los mexicas y los habitantes previos del lago.

El encuentro fue tan brutal y violento como sugiere el mito de los Cuatrocientos Mimixcoas alrededor del mezquite.

Diestros en su arte, los mexicas resultaron vencedores.

Pero ese no sería precisamente su fin. La verdadera muestra de poder vendría después.

Tomaron prisioneros y los llevaron al templo improvisado de su dios.

Allí les sacaron el corazón, ofreciendo la llama de carne al cielo.

Luego los decapitaron con herramientas de piedra volcánica altamente afiladas.

Ya separada la cabeza, utilizaron navajas de obsidiana para remover el tejido blando, los músculos y la piel del cráneo.

Con taladros o buriles de pedernal perforaron los huesos parietales. Y a través de las perforaciones ensartaron varas horizontales.

Luego colocaron las varas en postes verticales, para armar una pared de cráneos.

A este altar biológico le llamaron tzompantli.

Por eso al lugar se le dio el nombre de Zumpango, “que quiere decir ‘palo donde se insertan cabezas de hombres’”.

La manifestación ritual de poder quedó a la vista de todos, en la cabeza del lago.

Fue tan tajante aquella expresión de la guerra, que sus efectos han llegado hasta hoy.

Recientemente, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, cuestionó al gobierno mexicano y a los mexicanos mismos sobre lo que está debajo de la calle Guatemala 24, en la Ciudad de México: el “Huey Tzompantli”.

Su pregunta, que pretendía incitar al horror, manifestó otra vez la incomprensión y la ignorancia hacia las culturas indígenas americanas, desarrolladas por siglos en otra noción de lo sagrado.

Pero ¿qué significaba realmente aquella exposición de muerte? ¿Cuál fue su verdadero propósito? ¿Era solo terror o escondía una petición política?

Responderemos estas preguntas en la siguiente entrega.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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