La semana pasada leímos que Huitzilopochtli, el colibrí zurdo, ordenó a los mexicas separarse de sus calpullis hermanos cuando se partió el sabino.
En este relato tendríamos que aceptar la directa intervención del dios, pero no como un acto de fe —como en el cristianismo—, sino como una manifestación mágica.
Pero ¿a qué nos referimos con magia? Para comprenderlo, debemos adentrarnos en la tradición chamánica ancestral.
Imaginemos la existencia de tres planos cósmicos interconectados.
La realidad ordinaria: el mundo tangible, todo lo que percibimos por los sentidos.
El Mundo Flor o Tierra de los Espíritus: eterno, paralelo y cromático, donde reside la esencia espiritual o “teotl” de todo lo terrestre.
El inframundo o reino de los muertos (el Mictlán), la región subterránea y a menudo acuática, a la que se entra por cuevas, grutas y sumideros sagrados. Recordemos Chicomoztoc o las siete cuevas.
Ahora concentrémonos en el Mundo Flor (también llamado Tierra Florida).
En ese espacio metafísico, la fuerza vital o “teotl” se manifiesta en cromatismo; por ejemplo, el alba, el crepúsculo, el arcoíris.
Vive dentro de la fauna sagrada y vuela en colibríes, mariposas, libélulas, cuyas alas brillan con iridiscencia.
Objetos sagrados como la turquesa, el jade y las conchas, que emiten resplandor, muestran su presencia.
Esta geografía divina aparece en nuestro mundo. Reside en los hongos, el peyote, el nenúfar blanco, la amapola, entre otras flores y semillas de color brillante.
Y estas pequeñas erupciones de color sirven como puntos de acceso a ese plano superior de la conciencia.
Por eso, en las ceremonias, el chamán-sacerdote ingería uno de estos copos cromáticos (sustancias psicoactivas), mientras un coro interpretaba “flores para los oídos”, como llamaban los antiguos a los cantos sagrados.
El ritual requeriría ayuno, abstinencia sexual, insomnio y autosacrificio; todo, para alcanzar el éxtasis.
Solo así se liberaría el espíritu y podría adentrarse en esas dimensiones de color y dialogar con los seres que ahí habitan.
Veríamos ese mundo superior: caminos floridos o senderos de plumas (asociados con la Vía Láctea o el trayecto del sol); casas floridas, patios y templos espirituales; valles cubiertos de neblina azul, montañas que se vuelven rojas con la luz solar y campos de flores que nunca se marchitan.
Dentro de la piel del chamán, restituiríamos nuestra conexión animal.
Seríamos humano-jaguar, humano-serpiente, o humano-colibrí con alas multicolores y patrones geométricos, con los ojos redondos. Volaríamos y acecharíamos como un depredador.
Este ser híbrido ha logrado canalizar la energía suprema en la tierra, le ha dado forma en el aquí y ahora.
Se ha transformado, momentáneamente, en el dios.
Eso ocurrió con el histórico Huitzitl, el chamán que hablaba con Tetzauhteotl, dios de la pesca y de la casa, en el originario Aztlán.
Hombre y dios se fusionaron, como una actualización sagrada, y configuraron a Huitzilopochtli.
Este nuevo dios cuidaría en la tierra el sol (su vitalidad y su color) por medio de la guerra.
¿Cuál es el significado del fuego, la sangre y el corazón humano en este escenario? ¿Cuál es el sentido de la guerra?
Continuemos en este ritual de creación divina en la siguiente entrega, mientras los colores nos rodean como una manifestación —ahora chamánica— del Mundo Flor.
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