Echarse un brinco al inmenso océano de los insectos, casi un mundo sideral, es un acontecimiento revelador, por lo menos para mí que por lo general leo libros y revistas de cultura, arte, cuestiones sociales o políticas y demás temas, como el de la economía, casi de rutina.
Pero en esta ocasión un artículo aparecido en un diario de la capital me despertó un súbito sentimiento de curiosidad, pues decía el autor: “la observación y el estudio de las sociedades animales a lo mejor clarifican el dilema de por qué el mundo es como es, aunque a lo mejor lo acaban de complicar”.
“Somos tan pequeños en el horizonte del universo que prácticamente no sabemos nada, y, tal vez los insectos saben más que uno, por su probada capacidad de organización y su grado de adelanto en la división del trabajo y el reparto de las obligaciones comunitarias”. El enjambre es un prodigio de la naturaleza y en su interior se encierran muchas de las claves del inicio del universo.
Las abejas practican el sistema monárquico y la Reina tiene los poderes, pero es justa y equitativa. Las hormigas, por su parte, no son monárquicas sino demócratas, pues sus líderes son los mas aptos para dirigir el trabajo.
Fue el escritor Maurice Maeterlinck quien además de sus obras de teatro escribió tres pequeñas obras maestras: La vida de las abejas, La vida de las termitas y La vida de las hormigas, y con su trabajo de varias décadas de observación de las colmenas, los hormigueros y las moradas de las termitas, documentó que estos minúsculos insectos desarrollan comunidades que dan envidia, pues cuentan con estructuras asombrosas; paradójicamente mejores que la de muchas especies de animales mayores. No se diga comparadas con las instituciones de nosotros, los humanos.
Hay quien sostiene, por ejemplo, que una abeja no es propiamente un individuo, sino que constituye una “célula” de ese organismo mucho más grande y complejo que es el enjambre. Según esta óptica sería el enjambre quien encarnaría a ese ser vivo inaudito cuyas partes no están unidas por ningún tipo de tejido sino por el propósito de mantenerse, crecer y sobrevivir como un todo.
De ahí que la pregunta central es si una comunidad de individuos libres y gozosos puede, al mismo tiempo, ser eficiente y participativa, es decir, una democracia funcional. No es una pregunta fácil. Más bien lo que no es fácil es la respuesta.
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