Política

Benito

Benito Martínez, “Bad Bunny”, se convirtió en el artista más visto en un espectáculo de Súper Tazón: 142 millones de personas presenciaron su actuación. La cifra es histórica, aunque no excepcional. A diferencia de sus antecesores, hoy hay más población global y una industria digital capaz de amplificar cualquier evento en tiempo real. Sin embargo, y más allá de esto, su presentación fue un espejo sociológico peculiar, que vale la pena analizar.

El espectáculo dejó claro que la cultura pop ya no es sólo entretenimiento: es identidad musical, choque generacional, política y negocio operando de manera simultánea. Hubo entusiasmo, orgullo, irritación y condena, empezando por el presidente Trump. Seis posturas explican cómo se fragmentó la opinión.

En el bloque de apoyo, el primer grupo es el más evidente: su mercado real. Seguidores que se identifican con su música, su estética y su narrativa generacional. Es poder de consumo efectivo. De hecho, son ellos quienes explican su presencia en ese escenario. Las grandes ligas del espectáculo no contratan símbolos: pagan audiencias.

El segundo grupo de respaldo es uno que no necesariamente disfruta su música, pero vio en su actuación una validación de “lo latino” en un escenario emblemático. Para este sector, el momento tuvo un significado identitario y político: una forma de reconocimiento cultural en tiempos de tensión migratoria y rechazo étnico.

El tercer grupo de apoyo es abiertamente ideológico. Sectores anti-Trump y anti-conservadores interpretaron el espectáculo como un gesto de resistencia cultural frente al nacionalismo estadounidense. La mayoría de ellos no consume la música de Benito, pero apoyaron el acto por lo que simbolizó en la arena política.

En la trinchera opuesta, los detractores, hay un primer grupo que simplemente rechaza a Benito desde lo musical. Consideran su propuesta como vulgar y carente de calidad. Es una postura cultural legítima, también masiva, que explica buena parte de la intensidad del debate.

El segundo bloque crítico es el conservador-identitario. Para ellos, el espectáculo fue una provocación política y un desafío a los valores tradicionales estadounidenses y morales. Ellos no vieron entretenimiento, sino una agenda radical.

Al final, sin embargo, los únicos que ganaron, y mucho, fueron Benito y las corporaciones deportivas y musicales. Ellos confirmaron al Súper Tazón como una maquinaria emocional de altísimo rendimiento comercial, en la que la polarización, bien administrada, generó audiencia y rentabilidad. Confirmaron así que, en nuestra era, el poder reside en lograr que millones de personas proyecten en las redes sus propias batallas internas. Y esta es la opinión musical de tu Sala de Consejo semanal.


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Arnulfo Valdivia Machuca
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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