Después de meses de choque, tuvo lugar la esperada reunión entre el presidente Donald Trump, de los Estados Unidos, y el presidente Gustavo Petro, de Colombia. Ocurrió en el marco de una relación profundamente deteriorada por cruces verbales, amenazas públicas y una desconfianza que parecía insalvable. Apenas hace unos días, Trump todavía llamó a Petro “narcotraficante”, le advirtió que “debía cuidarse” y afirmó que le “sonaba bien” una acción militar en Colombia, similar a la aplicada en Venezuela.
Por su parte, Petro acusó a Estados Unidos de violar la soberanía colombiana y de matar civiles en operativos antidroga, además de llamar a los soldados estadounidenses a la insurrección en una plaza pública de Nueva York. La respuesta fue inmediata: Washington le revocó la visa, lo incluyó en la lista OFAC, que sanciona a personas vinculadas con lavado de dinero y narcotráfico, y por primera vez en cuatro décadas, retiró la certificación a Colombia como socio antidrogas. La relación no podía ser más tensa.
Sin embargo, más allá de ideologías y animadversiones personales, ambos países se necesitan más de lo que sus presidentes pueden confrontarse, y ambos líderes se necesitan más de lo que estaban dispuestos a reconocer. Colombia ha sido históricamente el socio militar y comercial más confiable de Estados Unidos en Sudamérica y el Caribe, un vínculo que Washington no puede perder. Pero, al mismo tiempo, la influencia y el mercado estadounidenses son tan relevantes para Colombia que Bogotá tampoco puede darse ese lujo.
En lo personal, Petro enfrenta en cuatro meses unas elecciones que definirán la supervivencia política de su movimiento. Llegar a ellas enfrentado con Estados Unidos habría sido políticamente suicida en un país mayoritariamente pro-estadounidense. A su vez, Trump necesita a Colombia para cerrar el cerco sobre Venezuela y, sobre todo, para avanzar en su objetivo inmediato de asfixiar a Cuba, sin fisuras ni ambigüedades regionales.
Al final, ambos países y ambos personajes ganaron algo, sin que haya que echar campanas al vuelo. La distensión permite que la alianza histórica entre ellos continúe más allá de los escasos meses que le quedan a Petro, mientras Trump sigue intacto en su estrategia de dominación regional.
Mucho más, sin embargo, quedó pendiente de lo que se resolvió. Petro sigue sin visa, sigue en la lista de los lavadores de dinero y se fue sin la certificación. No hubo comunicado conjunto ni publicaciones de Trump en redes. Trump, eso sí, se quedó con amplia información de inteligencia colombiana proporcionada por Petro y, muy probablemente, con la promesa de que Petro no meterá las manos en las próximas elecciones. Es el análisis continental de tu Sala de Consejo semanal.