Política

La araña, la estrella de mar y el crimen

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Decapitar es quizá la estrategia militar más antigua del mundo. La idea es simple: identificar al líder, capturar al cabecilla —que justo por eso lleva ese nombre— y arrancarlo del cuerpo que coordina. Una premisa anatómica indiscutible: si el cerebro ordena, los brazos ejecutan y la columna sostiene, al caer la cabeza se desarticula todo.

La organización queda acéfala. Promesa quirúrgica escrita con bisturí. Se descabeza el cártel.

Claro, todo la anterior funciona siempre y cuando se cumpla una con premisa fundamental: que usted se esté enfrentando a una araña.

La idea es una distinción clásica de Ori Brafman y Rod Beckston, especialistas en liderazgo y organización, quienes establecen dos tipos de estructura primaria: la araña y la estrella de mar. La araña es la metáfora perfecta de una organización centralizada, rígida y vertical. Su poder reside en un solo punto: la cabeza. Ahí está su cerebro, la decisión, la identidad y la coordinación.  Si alguien decapita a la araña, el cuerpo entero queda inútil. Con esta lógica primaria, la estrategia de descabezar ha servido contra organizaciones de esa misma especie: simples, jerárquicas y lineales. Las viejas mafias, los cárteles de los 80 y buena parte de los antiguos ejércitos insurgentes.

De hecho, pensar de esa manera tiene sentido: nosotros mismos compartimos esa anatomía. Por eso, confundir el tipo de animal al que uno se enfrenta ha sido un error recurrente a lo largo de la historia.

Cuando los españoles monárquicos llegaron en el siglo XVII al norte de América y quisieron someter a los apaches, decidieron hacerlo con la misma estrategia con la que tantas batallas habían ganado: decapitar para desarticular. El problema es que los apaches no eran arañas, eran redes. Los españoles mataban a un cacique y surgía otro. Quemaban una aldea y nacía una nueva. El poder apache no residía en un líder, sino en un entramado de nodos autónomos que se protegían mutuamente. Vivían en un ecosistema económico que los hacía autosuficientes: sus reses, sus corrales, su forma descentralizada de sobrevivir. Eran, en términos modernos, una estrella de mar.

Las estrellas de mar no tienen cabeza. Ni siquiera su centro es su cabeza. Cada brazo contiene órganos capaces de reproducirse. Si la estrella de mar pierde un pedazo de su brazo, lo regenera. Es más, si se corta a la mitad, la estrella de mar no morirá y muy pronto habrá dos estrellas de mar contra las cuales habrá que luchar.

La guerra entre los españoles y los apaches duró más de 170 años. España nunca pudo ganar.

La muerte de El Mencho cierra un capítulo, pero no la historia. En el mejor de los casos su organización era híbrida. El operativo fue impecable, pero ahora viene la parte que bien conocemos: la regeneración de la estrella, la multiplicación silenciosa de sus brazos.

Las estrellas de mar no se derrotan decapitándolas. Se derrotan secándoles el mar. Vaciar su ecosistema, secar sus rutas, apagar el clima económico y político que las hace criaturas tan resistentes.

No basta decapitar a la araña, hay que evitar que la estrella llegue al mar. 


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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