Política

Claudia y Bukele

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“Les voy a presumir algo”, dijo la Presidenta el día que presentó la gráfica en donde aparecía en primer lugar de los presidentes de América Latina. Tuve que congelar la pantalla y acercarme lo más que pude para ver qué era exactamente lo que estaba pasando. Claudia Sheinbaum aparecía arriba, sí. Pero había algo extraño. Justo debajo de ella había otra barra casi idéntica, pegada, respirándole en la nuca. Más allá de un segundo lugar, un reflejo. Como si la gráfica hubiera decidido duplicar el poder.  

Me acerqué un poco más. No, no era ella repetida.

Era Nayib Bukele. 

La Presidenta de México, 72.3% de aprobación, y el mandatario de El Salvador, 71.8%. Una diferencia de apenas 0.5%. Busqué los archivos de la encuesta. ¿Y el mes pasado? Al revés. Él arriba con 72 y ella abajo con 68. Eso no era una variación estadística, era un quiebre del sistema, una pista.

Dos proyectos que, en teoría, deberían repelerse, ahora resultaban intercambiables. Dos formas de ejercer el poder que no sólo no coinciden, sino que se desmienten: la izquierda y la derecha siendo votados como iguales.

¿En qué se parecen entonces?

Bukele respalda la promesa de seguridad, siendo capaz de llegar a los extremos que resulten necesarios. Sheinbaum respalda la promesa de los apoyos sociales en las mismas condiciones. Uno contiene el miedo a la violencia y la otra el miedo a

la intemperie.

Dos países con culturas y problemas similares respondiendo con igual emoción a soluciones divergentes. Proyectos distintos operando como sustitutos emocionales. Y es que eso parece que está pasando: no ya una transacción política, sino una transacción emocional. No se trata de derecha e izquierda y tampoco de una revolución de las conciencias. Es una competencia más emotiva: apostar por quién administra mejor la ansiedad colectiva.

El ciudadano entrega algo muy importante —tolerancia, flexibilidad, incluso silencio— a cambio de una cosa muy específica: que la realidad deje de sentirse fuera de control. En el caso de Bukele, consiste en no mirar los excesos, desentenderse de  los derechos humanos. En el de Sheinbaum, en recibir la ayuda y mirar para otro lado. No mirar los excesos de autoritarismo, la propaganda o la corrupción.

No hay ideología en ese desentendimiento. Hay alivio.

Por eso pueden turnarse el primer lugar sin que nada esencial cambie. El mes pasado uno, este mes la otra. No es el proyecto político, consiste en una competencia por algo más elemental: quién logra que la realidad pese un poco menos. Y eso también explica algo incómodo. Cuando lo que se premia es la capacidad de calmar en un mundo cada vez más tenso e incierto, los límites se vuelven negociables. Se puede tolerar, hacer como que no pasa nada. El juicio no es legal y ni siquiera político, sino emocional. El empate es fisiológico.

Cuando la realidad se vuelve intratable, la ideología no sirve para nada. No elegimos entre izquierda y derecha, ya dejamos de procesar el mundo en esos términos. La política parece haberse convertido en algo más primario: un sistema de regulación emocional.

No elegimos al que tiene razón, sino a aquel que nos permite dormir. Y si ese es el criterio, cualquiera puede ganar.


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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