Política

Sí mentir, sí robar, sí traicionar

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No era sólo un lema. Era la pieza central de una superioridad moral cuidadosamente construida. No mentir, no robar, no traicionar. Una manera de decir: nosotros no somos como los otros. Nosotros no venimos a administrar el poder, sino a purificarlo. Y durante años esa frase funcionó como blindaje, como mantra, como amuleto y como absolución anticipada. Bastaba repetirla para que muchos perdonaran la ineptitud, pospusieran sus dudas y hasta los defendieran. Pero los lemas morales tienen un problema: no admiten excepciones. Se desgastan más rápido que los programas de gobierno porque no prometen eficacia. Prometen virtud. Y la virtud, cuando se rompe, hace un ruido escandaloso.

El primer pedazo en caer fue el más importante: no mentir. Lo de Pemex en el Golfo no fue sólo un derrame ambiental. Fue un derrame verbal. Primero dijeron que no era Pemex. Luego que había sido un barco privado.  Después que apenas eran unas gotas, acaso emanaciones naturales, chapopoteras, cosas del subsuelo. Antes ya habían llamado “iridiscencia” a otro derrame. Ahora le llamaron “lagrimeo”. Qué precisión tan reveladora: no petróleo, sino espejismo; no fuga, sino sollozo. No realidad, sino eufemismo. La maniobra no era explicar el hecho, sino hacerlo ajeno. Quitarle gravedad a punta de lenguaje. Hasta que ya no pudieron más y terminaron aceptando lo que desde el principio la prensa y los especialistas dijeron: sí era Pemex, sí era suyo y sí mintieron.

El problema es que al caer la primera consigna, las demás ya no funcionan igual.

Porque no robar tampoco suena limpio cuando alrededor flotan sobres amarillos llenos de dinero, carruseles en los bancos, videos, barcos con carga sospechosa y un huachicol fiscal tan grande que el propio gobierno ha titubeado con las cifras. Se habló de hasta 600 mil millones de pesos. El robo más grande en la historia de México. Luego dijeron que no, que aún no había cifra definitiva, que seguían contando, investigando, afinando. Puede ser. Pero el problema ya no es sólo el tamaño del boquete. El problema es que después de tantas mentiras, ya nadie sabe cuánto creer cuando juran que no robaron. La palabra perdió valor. Y cuando la palabra pierde valor, la honestidad deja de ser atributo y se convierte en propaganda.

Con no traicionar pasa algo parecido. Tal vez ya ni siquiera haga falta probarlo por separado. Porque también se traiciona así: mintiéndole al país, robándole al país o administrándole la verdad como si la ciudadanía fuera un público infantil al que se le puede entretener con versiones, culpables menores y explicaciones sustitutas. Se traiciona cuando se presume una ética superior mientras se repiten los viejos reflejos del poder: negar, minimizar, desviar, culpar a otro, corregir sólo cuando ya no queda salida. No traicionar no era una frase ornamental. Era una promesa de diferencia que hoy está perdida.

Los gobiernos no pierden sus lemas cuando la oposición se burla de ellos. Los pierden cuando la realidad los deja sin voz para repetirlos. Eso es lo que está pasando con esta triada. Ya no suena a brújula moral. Suena a expediente abierto. A frase bajo sospecha.

La gente puede perdonar que se equivoquen, que pierdan tiempo, perdonar hasta que pierdan dinero, pero no que pierdan la palabra.


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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