Política

Los padres de la patria

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De haber sabido que íbamos a acabar de esta manera, hubiéramos buscado desde el principio a Octavio Paz.

Él se los habría explicado muy bien. Habría puesto los puntos sobre las íes y las tildes sobre las eñes. Habría contado lo del mural ese de Orozco con Hernán Cortés y la Malinche desnudos, tomados de la mano, y con algo que parece ser el pueblo vencido, también desnudo y a sus pies. El mestizaje. La Malinche con los ojos cerrados y Cortés protegiéndola o impidiendo que se levante, no se sabe bien a bien.

Paz seguro hubiera explicado aquello de que los mexicanos no queremos ser hijos de ese padre español ni de esa madre india y que preferimos declararnos “hijos de la nada”.  Y tal vez nos hubiera ayudado a explicarle a Ayuso, la presidenta de la comunidad de Madrid, que a los mexicanos no nos gusta que nos den lecciones sobre nosotros mismos. Que aunque nos hacemos los amables y les sonreímos, no nos caen bien los que nos creen todavía sitiados en Tenochtitlán y mucho menos los que se pasan de lanza y, de una vez, que aunque tengamos tantos problemas con nuestros padres, no andamos buscando una madre en la Madre Patria.

Nos gusta más Cuauhtémoc. Hasta comprábamos estampitas en las papelerías de cuando Cortés le quemó los pies y el noble guerrero no confesó. Y ni cómo explicar lo que sentimos cuando nos enteramos que Cortés fue el que mandó matar a Cuauhtémoc. Qué enredo. Queremos como padre al mártir, pero el verdugo del mártir es también nuestro padre negado. Cortés nos funda y nos avergüenza. Cuauhtémoc nos ennoblece y nos deja huérfanos. Uno nos da origen y el otro dignidad. No, México no tiene ningún tipo de complejo de Edipo: tiene una  encarnizada guerra civil en el árbol genealógico.

Tal vez todo eso Fuentes lo hubiera contado mejor. Quizá León-Portilla nos hubiera revelado nuestra fascinación y capacidad para reconocernos en los vencidos. Tenemos demasiados padres: el noble y valiente, el conquistador, el golpeador, el que se fue por cigarros y no volvió.

Así cómo no íbamos a acabar teniendo tanto  presidente al que le decimos padre, o peor, se cree nuestro padre. Tlatoanis, caciques, caudillos, tatas, apás. Ahí está Andrés Manuel, haciéndose, como decía Luis Espino, el padre severo de la nación: el que abraza al pueblo bueno y castiga a los hijos malos. El que nos regalaba cosas a su nombre aunque ni siquiera  fueran de él. Y el que, como tantos de nuestros padres, nos salió mentiroso. Como esas frutas de cáscara dura que al abrirla nos damos cuenta que nos salió mala, no sirve. Ese padre con tanto hermano, como él mismo los llamaba, que nos dejó la casa llena de tíos ladrones. Y después de todo eso, ese  no se fue por cigarros, ni del otro lado a probar fortuna en el gabacho, ese sencillamente se fue a La Chingada.

Y para colmo ahí tenemos al padrastro continental que anda queriéndonos poner su apellido. Los Estados Unidos. El que nos felicita cuando hablamos buen inglés, o cuando se entera que la Presidenta tomó clases de ballet.  El que nos revisa la tarea. El que nos regaña y nos castiga.

Que tragedia tan grande la del mexicano, quinientos años buscando a un padre, para acabar con uno que nos desprecia y se avergüenza de nosotros. Un güero que a leguas se ve que no lo es.


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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