M+.- México amanece esta semana bajo alerta de tsunami.
El peligro es inminente y, a pesar de ello, el ambiente intenta decir lo contrario. Justo como sucede cuando se aproxima un tsunami. El mar no embiste al principio: retrocede. Las olas dejan de llegar. Ya no tocan la arena, no se deshacen en espuma y tampoco regresan con esa respiración que siempre nos pareció tan hermosa y predecible. De pronto, el agua se marcha a un lugar imposible: hacia adentro del mar. Como si el océano caminara hacia atrás para tomar impulso. Como si se retirara no para irse, sino para volver contra nosotros con todo lo que acaba de tragar.
Una gruesa pared de agua se está formando, pero, al principio, todo retrocede. Y eso, de manera absurda, nos tranquiliza.
Desde Tabasco, la Presidenta sonríe y repite que “vamos muy bien”. Luego dice algo más revelador: que ella y Andrés son lo mismo. El mismo proyecto. La misma marea. Le preguntan si, en medio de esta tensión creciente, verá al expresidente. Responde que no. Que para nada. Con la esperanza de que aquellos que piensan que cada día dice más mentiras, le crean. Justo entonces el mar da un nuevo jalón hacia atrás. Se revela un poco más de costa. Y con cada metro de playa que queda al desnudo, la pared de ola que todavía no vemos gana más cuerpo, volviendo el golpe que estamos a punto de recibir más denso. Inevitable.
Todo empezó a ir en reversa a finales de abril, cuando llegó desde Estados Unidos la solicitud de detención provisional con fines de extradición contra el gobernador Rocha Moya y nueve de sus colaboradores. Tembló el gobierno. El mar se detuvo y empezó a ir para atrás.
Alerta de tsunami.
“Pruebas, pruebas”, repitió la Presidenta decenas de veces haciendo que ni una ola más llegara y en su viaje de resaca se fuera tragando miles de cangrejos y una cabeza fría. En reversa como hacen los tsunamis antes de golpear, dejando ver la parte más íntima del mar: el fondo. Piedras cubiertas de lama. Algas tendidas en el piso de arena como cabellos arrancados y un puñado de conversaciones telefónicas con la Casa Blanca que siempre fueron, por supuesto, muy cordiales.
Hay una cosa más que sucede cuando el mar se va antes de un tsunami: el silencio. Desaparece el reventar de las olas y, en su lugar, empieza a oírse el reventar de las voces oficiales contra la realidad. Los analistas del régimen suben el tono. Gritan más. Aplauden más. Desmienten más. Como si el volumen pudiera devolver el agua a la costa. Como si bastara una consigna para impedir que el fondo quedara al descubierto.
Alerta de tsunami habría que repetir.
Y es que además de la ola que se está llenando de todas nuestras desgracias, justo ahora empieza a levantarse otra. Siendo que la guerra contra Irán parece estar terminada, ya no hay nada que distraiga a Trump para dedicarse a Cuba y a México. Imaginemos como toma aliento el mandatario. Como se regresa el mar en el Golfo de México, de América o de Trump. Como va para atrás el mar. Como se convierte en pared de agua el presidente. Alerta de tsunami. El agua se está regresando. Solo quedan los peces gordos brincando desesperados tratando de nadar en la arena de la playa. No hay agua. Alguien está a punto de soltarla toda contra nosotros.
Solo nos queda esperar el golpe.