M+.- Qué más quisiera uno que no fuera así. Pero no. La gente se equivoca, se arrepiente y, aún más triste, se desenamora. Así pasa. Toma decisiones que al principio parecían correctas y después no le convencen. O, aún peor, las encuentra intolerables. Entonces la gente corrige, desanda, vuelve. Todos lo hemos hecho. Es humano. Es la forma más elemental de aprender.
Por eso, juzga mal nuestra Presidenta cuando dice que regresar al pasado es equivocado. La propia Claudia Sheinbaum sabe que volver no siempre significa retroceder: décadas después, regresó a un amor de juventud para construir con él su presente. No regresó a la juventud. Recuperó de ella algo que todavía tenía valor. Eso mismo hacen las sociedades: no restauran su pasado entero, rescatan aquello que el presente destruyó o no supo sustituir.
Nadie debería quedar condenado a sostener una decisión sólo por no admitir que dejó de servir. La democracia es, justamente, el derecho institucionalizado a arrepentirse: cambiar de gobierno, corregir el rumbo, el derecho a volver a lo que funcionaba. Y es que muchas veces, el verdadero retroceso consiste en caminar largos trayectos hacia adelante en la dirección equivocada.
¿Volver al neoliberalismo? A ciertas cosas que funcionaban mejor que las de ahora sí, ¿por qué no? No hay nada más neoliberal que el Tratado de Libre Comercio y qué más quisiera Marcelo Ebrard y la Presidenta que mantener el mismo trato que negoció hace 30 años Carlos Salinas de Gortari. No, no son palabras prohibidas ni malditas las que escribo. Son verdad.
Retroceder de la decisión equivocada que significó la costrucción del AIFA o del Tren Maya o, aún peor, de la Reforma Judicial que hoy nuestro gobierno está intentanto desandar y con ello lograr enderezarla. A tal grado llega la reflexión que ya pospuso la segunda elección para repensar y, si acaso es posible todavía, corregir sin que se note.
Y es que ése es el defecto más hondo de cierta izquierda: confundir una victoria electoral con un título de propiedad. Creer que, cuando llega al poder, la historia por fin llega a su fin y vivieron felices para siempre. Que mantenerse a costa de lo que sea es lo correcto y que sustituir es retroceder. Como si el elector hubiera firmado un contrato para toda la vida, sin importar los resultados y sin cláusula de salida. Sin embargo, la democracia es precisamente
esa cláusula.
América Latina está utilizando justamente esa salida. Argentina, Chile, Colombia y Perú abandonaron la izquierda y giraron a la derecha. Uruguay hizo el camino contrario y le devolvió el poder a la izquierda. Ninguna de las dos direcciones es una palabra maldita ni un estigma. Ambas son opciones democráticas. El péndulo no tiene ideología: se mueve con el sentir de la gente y no está obligado a detenerse en donde a un partido más le gusta o
le conviene.
Aún más. Tanto Perú como Colombia resolvieron sus elecciones con márgenes mínimos. Similares al que le dio el triunfo a Calderón frente a AMLO en 2006. La diferencia —aunque pocos lo hubieran imaginado— es que ambos países pudieron avanzar mientras aquí, veinte años después, Morena sigue llamando fraude a una elección que fue cuestionada, revisada y validada por el Tribunal Electoral.
Así es la democracia. ¿Nos gusta, o estamos pensando en cambiar de sistema?