¿Qué ocurre cuando una pregunta pesa más que una respuesta?
Empezar un texto o una conversación con una pregunta es un acto de poder. En primer lugar, porque a pesar de que uno intente evitarlo, la mente empieza a buscar una respuesta incluso antes de preguntarse si esa era, en realidad, una pregunta importante. Todos lo hacemos, es un principio humano de colaboración y entendimiento. También es un ejercicio de poder porque el que pregunta establece el territorio de la conversación. Decide de qué se hablará y obliga a todos los demás a caminar dentro de los límites que él mismo trazó. Convertirnos en súbditos de una lógica de pensamiento.
Así comenzó nuestra Presidenta su argumentación sobre las nuevas revelaciones en torno a la captura del Mayo. Dos años después de que el tema pareciera agotado, el periodista Luis Chaparro reveló en Pie de Nota que había encontrado, en un museo de Nuevo México, el avión en el que Ismael El Mayo Zambada salió de México rumbo a Estados Unidos, y fue entregado al FBI. En fotografías y video, presentó la ficha técnica de la misión, incluido el nombre: “Air Kings”, el registro del aparato y hasta las papas, los chicharrones y los refrescos que se comieron durante el vuelo. La respuesta de la Presidenta frente a toda la información fue una pregunta. ¿Quién mintió?
Por cierto, empezar con una pregunta tiene una virtud adicional. Y es que desplaza, por lo menos de entrada, la responsabilidad de quien formula la pregunta. ¿Quién se robó el dinero? ¿Quién es el asesino? ¿Quién se comió el pastel? Supondría que todos son sospechosos menos el que hace la pregunta. La atención abandona al interrogador para concentrarse exclusivamente en los interrogados.
Y, aún algo más poderoso. Una pregunta como “¿quién mintió?” no sólo busca una respuesta, sino que introduce una categoría moral. Antes de conocer los hechos, la mente deja de preguntarse qué ocurrió o cómo ocurrió y empieza a buscar un culpable. La conversación deja de ser una investigación para convertirse, de inmediato, en un juicio a alguien que ha cometido una falta, en este caso: mentir.
Sin embargo, ¿qué pasa si le damos la vuelta a la pregunta y se la devolvemos a nuestra mandataria? Es decir: ¿por qué después de dos años, señora Presidenta, en lugar de darnos respuestas, nos está haciendo preguntas?
Durante 30 años México no pudo atrapar al Mayo. Cuando finalmente alguien lo hizo, el Estado mexicano tampoco pudo averiguar cómo. Y cuando tuvo en sus manos al hombre que podía explicarlo, terminó entregándoselo a quienes hoy acusa de ocultarle la verdad. ¿Por qué? ¿Por qué tanto error? ¿Sabían o no sabían? ¿Por qué están resguardando por tantos años la información?
Lo cual, por fin, nos lleva a una respuesta. Preguntar “¿quién mintió?” no es, en realidad, una pregunta. Es una defensa. Una prueba de inocencia. Un blindaje frente a lo que pudiera venir desde la justicia de Estados Unidos. En la lógica más simple de cualquier relato, quien pregunta ocupa el lugar del bueno; quien tiene las respuestas, el del sospechoso.
Y es que quien pregunta ignora. Y el que ignora, siempre parece inocente.